La destrucción de los sentidos

El amor nos detrozará, una novela que hace cuerpo el espíritu del rock

Luján Stasevicius

Casi llegando a la mitad (quizás menos, quizás más, eso depende de cada lectura) de El amor nos destrozará, nos damos cuenta de que la novela no nos va a dar respuesta, cualquiera sea el interrogante que íntimamente carguemos hasta ese entonces. Como cuando entendemos algo a destiempo, tomamos conciencia de que el libro, en rigor, tampoco nos traicionó por eso, sino que se mantuvo cabal a su promesa, mostrándose siempre como lo que era: una deriva. La primera novela de Diego Erlan transcurre, palpita, escupe, sangra y eyacula. Vive. La trama crece, pero no avanza —dice Maximiliano Crespi en su lectura publicada en Tres realismos. Literatura argentina del siglo 21. A través de las décadas, asistimos en dudosa primera fila a un proceso que nos cuenta cómo se manifiestan los hongos, la pobreza, la precariedad y la podredumbre.

En efecto, la trama busca seguir a un narrador en un bildungsroman rengo, que paradójicamente alcanza sus momentos más fuertes cuando más debilita su estructura. A contrapelo de las apuestas de pretensión genérica, no hay una teleología que nos abrigue, ni tampoco un quiebre abrupto que nos salve. Llega una página y la novela nos deja, nos abandona, luego de despertarnos, a algunos, nostalgias de cosas que hasta ese momento no dábamos por perdidas, como la educación sónico-sentimental a fuerza de casetes robados al tiempo. Cualquiera que sea hermano menor se reconoce en ese gesto de intentar una épica siempre fallida a través de canciones que no nos pertenecen y con letras inventadas. El letargo de esa formación, definido además por la lejanía de Argentina del resto del mundo musical durante las décadas previas a internet, se profundiza en el contexto provinciano. Años pasan antes del regalo de Adrián —finalmente la letra escrita en papel de la canción de Joy Division que marca metanarrativamente a todo el libro—, años en los que, como no puede ser de otra manera, no se resuelve nada. El dictamen de sentido llega, como todo en el contexto de la novela, demasiado tarde, y en vano. Su pretendida autoridad se desmantela cuando se prueba imposible erosionar la memoria que ya estableció, a fuego, otro significado. Esa es una de las lógicas primordiales de la novela; aunque la verdad esté allá afuera, ya no importa, casi como en una relectura paródica del lema de Los Expedientes Secretos X, que Slavoj Žižek también reversiona en su primer velo de El acoso de las fantasías. La verdad está allá afuera; las respuestas también. El orden y la limpieza que darían brillo al libro son los mismos que lo privarían de toda su razón de existir. La novela encuentra así su transcurrir en tanto se arrastra, como una babosa, entre las expectativas del lector.

Y es que El amor nos destrozará nos incluye, amorosamente, pero sólo como cómplices de ese narrador soluble, intimados a completar esa historia que la infancia deja, por definición, incompleta. ¿Es el tío Luis el detonante del suicidio de la hermana?, ¿se suicida acaso la hermana?, y, aún más relevante, ¿importa?
“Realismo infame”, se dice en Tres realismos: una poética que insiste en “eludir la narración directa, establecer la sospecha bajo la técnica de la insinuación”. Es justo: si bien la novela hiede, lejos está de ser naturalista, con la carga moral que el género le pide. Aquí el juicio siempre está sucio. La memoria funciona como las mareas, continua, fragmentaria, siempre en movimiento hacia otro lado. El narrador se narra sin saberse narrado, y a la vez se siente responsable de hurgar en su trauma: “quiero acordarme”, dice ¿para quién? ¿para qué?
La trama de la novela atraviesa los años ochenta y los noventa en Argentina poniendo en escena una miseria sostenida que nunca eclosiona. Faltan todavía algunos años para el 2001, y aun las economías informales producen un cierto halo de esperanza. Sin embargo, la precariedad se vive en sordina. Los cuerpos deformes —la calvicie de la madre, la abulia del padre, la obesidad de la prima, la mugre constitutiva del protagonista, las limitaciones de Alonso, tan bellamente narradas a través de la óptica de la amistad— subsisten a la ausencia de ingresos consistentes, estableciendo una rutina en base a películas de videoclubs, recitales en la tele, tabaco y música pasada de moda.

El amor inunda, satura y rebalsa la novela, particularmente presente en sus consecuencias: lo destrozado. La sentencia es clara: el amor nos destroza, nos desmiembra, literalmente. Es ésta una novela protagonizada no por personajes sino por retazos de seres a los que ya nadie valora, pero persisten. Estertores de una pureza para siempre perdida. La novela de Erlan nos pellizca, nos pone incómodos, nos interpela desde un relato cuya autoridad reside no en observar, asépticamente, los hechos, sino en atravesarlos, embarrarse con ellos, chapotear en el pantano, quizás regodeándose.  Rutinas que desgarran, resentimientos en alza, afectos que han perdido toda esperanza de prosperar. De todo eso habla la inolvidable canción de Joy Division que presta título a la novela, y de todo eso va la novela misma. El amor, el mejor tipo de amor, siempre nos descuartiza. Es su destino y su razón de ser. En una época de finales felices por decreto, y de anestesia obligatoria frente a la más mínima idea de rebelión de los sentidos, El amor nos destrozará nos recuerda que siempre y después de todo queda algo vivo, latente y repugnante que nos da sentido.

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