El amante del suspenso

El ensayista y psicoanalista Juan Bautista Ritvo lee Freud maestro & amigo de Hanns Sachs, recientemente publicado por Nube Negra ediciones.

Juan Bautista Ritvo
Juan Bautista Ritvo, ensayista.

En este libro difícil de clasificar (ni autobiografía, aunque lo pretenda; menos biografía de Freud, aunque el narrador diga que el encuentro con él fue el acontecimiento central de su vida), Hanns Sachs dice de entrada que su texto no se basa en investigación alguna; pretende contar lo que sucedió antes sus ojos, “especialmente qué dijo Freud, cómo y cuándo”, como si se tratase de un diálogo platónico. “El hombre y su obra se iluminan mutuamente”,agrega. Este es un camino extremadamente empedrado… Ya sabemos que mientras más grande es la obra, con mayor premura queda el autor excluido. Al contrario: es la obra la que reclama, vampiro discreto, aquí y allá, rasgos del hombre que la alumbró para que el lector pueda dramatizar su lectura.
Una es la intención, otra la realización. Lo que ha realizado Sachs es el testimonio de un amante cuyo amado es tan grande que ya no queda espacio para la decepción, pero sí para acoger como una gracia —en el sentido teológico del vocablo— el título de amigo que Freud le concede.

“Nuestra relación —dice Sachs— se prolongó durante más de treinta años. Durante ese período, primero fui miembro de su reducida audiencia, luego su discípulo, participé de su círculo íntimo, fui un invitado regular en su casa y finalmente fui su colaborador y compañero. ¿Es suficiente?”. ¿Es suficiente? La pregunta atraviesa todo el libro y lo torna sintomáticamente interesante. Interesante en virtud del contexto: el denominado “comité secreto” —sorprendente recurso de Freud al espíritu de las sociedades secretas, que reclaman, frente al mundo hostil y en nombre de la hermandad, un compromiso y una servidumbre extremas— tenía que preservar el psicoanálisis frente a la deserción “aria” de Adler y de Jung; allí estuvieron durante muchos años, hasta su alejamiento, Ferenczi y Rank, los preferidos, y Sachs, atrás de ellos, pero bendecido por su irrenunciable lealtad. (“Es la razón por la cual fui elegido”, dice Sachs quien en varios momentos señala que había otros que tenían virtudes de las cuales él carecía: “En nuestro vínculo faltaba algo, aquello que lleva a una intimidad espontánea entre caracteres que comparten el tono y el tipo. No estoy hablando aquí de la diferencia entre nuestros niveles intelectuales ni del abismo que separa al genio de las mentes ordinarias. Estuve advertido de esto todo el tiempo, pero lo di por sentado, como una parte necesaria de la relación entre el maestro y su eterno discípulo. Pero aquellas cualidades específicas, que yo mismo no poseía, él las encontró en otros que también ocuparon el lugar de discípulos: en Ferenczi, en Abraham y ciertamente también en Rank, hasta que un cambio en su posición rompió todos sus antiguos lazos”).

Cuando Rank se alejó, Sachs sufrió muchísimo y Freud le dijo que quizá “su amistad había sido unilateral”. (Al margen, pero motivado por el comentario de Sachs: toda amistad es unilateral. En las mejores, el lugar de amante y de amado circula de manera incesante; en las peores, los lugares están cristalizados.) Y Sachs recuerda el Lysis de Platón, diálogo donde el filósofo discrimina, en la amistad, el amante del amado. Es don divino poder diferenciar bajo el nombre común quién ama y quién es amado. Freud, dice Sachs, poseía ese don… Freud es el amado supremo del grupo y los hermanos, poseídos por lo que los franceses llaman neológica y plásticamente “frerocité”, buscan la devoración del Maestro quien conservó la distancia a lo largo de su vida.
Sachs llegó a Freud por una doble y fructífera vía, vía que muchos hoy abandonaron: por Dostoieswki con su visión demónica del alma humana y por el deslumbrante descubrimiento que le cambió la vida: la lectura de La interpretación de los sueños. Y aunque declaró que su abandono de los intereses “puramente literarios” (la “lápida”, dijo) fue la entrega a Freud de un ejemplar de su traducción de las “Baladas de cuartel” de Kipling, la verdad es que este texto muestra a las claras que la literatura nunca lo abandonó a él. Y no se trata tan solo de las referencias o alusiones a la literatura —Shakespeare, Karl Kraus, Ibsen, entre otros— sino de la trama de las referencias; esperaba del psicoanálisis que revelase la oscura y laberíntica trama de la pasión, en consonancia con la luminosa soberanía de la literatura que privilegia los detalles aparentemente más contingentes.

Este gusto literario aparece nítidamente en uno de los mejores capítulos del libro, llamado, simplemente, “Viena”. Quien quiera una clara y aguda visión de la Viena finisecular, esa que Freud amó y odió tan intensamente, esa que fue tan remisa con Freud al punto de concederle tardíamente el reconocimiento una vez que el psicoanálisis había estremecido la mentalidad victoriana de los países líderes, deberá leer este capítulo escrito por un intelectual marginal y judío, jurista sin ejercicio, literato por fascinación, finalmente psicoanalista por decisión. La casta nobiliaria —ochenta familias— a diferencia de otras castas guerreras, particularmente la alemana, carecía de brutalidad, pero sí tenía (y esta frase es un hallazgo muy “vienés”) una gran dosis de complaciente y agraciada insensibilidad (esta expresión resume aspectos que bien puede encontrar el lector en Musil y en von Doderer). Los “caballeros” de la pequeña y de la gran burguesía recibían y daban títulos gratuitos; Sachs cuenta que mientras estudiaba derecho se lo llamaba Herr Doktor y que cuando se recibió se le decía von Sachs. Viena era la capital feudal de las propinas: Trinkgeld, literalmente “dinero para beber”. Quien no daba propinas no era un cabal caballero. Sachs transcribe una anécdota de Karl Kraus, mordaz como siempre. El Día de la Resurrección, el que levante la tapa del ataúd, tenderá su mano para recibir la propina.

Sachs vuelve a mostrar —no es el único, desde luego— la manera coherente, no exenta de discreción e incluso de amabilidad, con la que Freud se sustraía a los compromisos sociales, administrativos y hasta sentimentales, para dedicarse a su pasión excluyente con energía y disciplina sorprendente.  “Había eliminado casi todo lo que lo no encajaba con lo que planeaba para su vida”, dice Sachs, sin interrogar, discípulo integral y por lo tanto lúcidamente ciego, ese adverbio, ese casi. Uno puede entrever algo de ese “casi” en el cuidado que ponía en que no le faltara su ración de cigarros, en las reuniones de los sábados con sus amigos para jugar a las cartas, un complicado juego llamado Tarock, en la atracción que ejercían sobre él las exposiciones de antigüedades egipcias; o en el aire abstraído que adoptaba cuando un interlocutor le reclamaba demasiada atención. Si un amigo estaba enfermo, no dejaba de visitarlo, pero rara vez se quedaba más de quince minutos. Sachs parece contradecirse cuando cita las palabras de Cromwell citadas a menudo por el propio Freud: “Un hombre nunca llega tan alto como cuando no sabe hacia dónde se dirige”. ¿No sabía Freud adónde se dirigía? En un cierto y literal sentido, sí, desde luego…  Pero creo entender que Freud se refería a que el descubrimiento del inconsciente —descubrimiento e invención cuya acta de nacimiento nos cuesta ya tanto revivir en su intensidad— se abría a perspectivas ilimitadas e incalculables de antemano.

Los expertos han alabado en Freud la obstinada perfección gramatical, la que para este era un recinto, un orden preestablecido donde contener, con eficacia, multitud de planos, de desarrollos en potencia, de inversión de lo esperado y de saltos discursivos en los que se anudaban, del modo más estrecho, el gusto por lo ancestral, la sabiduría mitológica y nombres nuevos para nuevas especies psíquicas. Y todo vertido en un alemán que tomaba su modelo en Goethe, de un alemán flexible e intemporal, cuyo “hilo rojo” sitúa Sachs en una evocación circunstancial de Las afinidades electivas. Sachs reitera la fórmula de Schopenhauer: “Di cosas extraordinarias sirviéndote de palabras sencillas”.
En el capítulo final, Sachs recuerda su llegada a Inglaterra desde Boston para despedirse de Freud quien ya estaba en sus últimos días. Enfermo de tuberculosis, tuvo que pasar unos días en la habitación de un hotel cerca de Ascot; en las proximidades, vio en el medio de un hermoso césped inglés una fosa en zigzag, señal de los tiempos de guerra cuyos peligros los ingleses parecían minimizar; ya en Londres, vio en Hyde Park un gran cañón antiaéreo. En la última página del libro, dice: “La mayor parte del tiempo nosotros —la familia y la princesa Marie, quien era en esos días la otra visitante frecuente— nos quedábamos en el jardín y mirábamos alrededor del césped donde Freud descansaba, a veces ligeramente dormido, otras mientras acariciaba a su chow, el cual no lo abandonaba ni un momento. Ni una sola vez lo oí quejarse, ninguna protesta o lamento salió de sus labios. Luego llegó el momento de despedirse. Sabía cómo se sentía respecto de cualquier manifestación de sentimentalismo, entonces solo le dije algunas indiferentes palabras concernientes a mi viaje y sobre algunos asuntos vinculados al psicoanálisis que me aguardaban a mi regreso. Él apretó mi mano y dijo: ‘Sé que al menos tengo un amigo en América’. Aquellas fueron las últimas palabras que escuché salir de sus labios.”

Last but no least: Vale la pena resaltar la traducción, edición y anotación de Carlos Prina, que es en extremo cuidadosa. Las abundantes notas son, al igual que el prólogo, precisas y sumamente esclarecedoras.

Compartir