El primer día del año

Lo que Benjamin, Woolf, Mann, Lowry, Sartre, Brecht, Kerouac, Pavese, Eliade, Cheever, Barthes y Sontag escribieron un 1° de enero.

Martina Carvajal

El primer día del año es siempre motivo de racapitulaciones y análisis del año pasado pero también lo es de proyección y expresión de deseos para el que se abre. A continuación, compilamos las páginas escritas por Walter Benjamin, Virginia Woolf, Thomas Mann, Malcolm Lowy, Jean-Paul Sartre, Bertolt Brecht, Jack Kerouac, Cesare Pavese, Mircea Eliade, John Cheever, Roland Barthes y Susan Sontag en diarios y cartas en esta fecha tan particular.


En 1926, tras la muerte de su padre, Walter Benjamin viajó a Moscú. El 1° de enero de 1927, escribió esta larga entrada en su diario:

«En las calles venden ramos de Año Nuevo. Pasando por la Plaza Strasnoi vi a alguien que en sus manos llevaba unas varas muy largas con pimpollos de papel (verdes, blancas, azules y rojas), pegadas en la punta; cada rama era de un color diferente. Me gustaría escribir sobre las “flores” de Moscú, refiriéndome no sólo a las heroicas rosas de Navidad, sino también a las inmensas malvas reales de las tulipas de las lámparas que los vendedores transportan con mucho orgullo por la ciudad. También hay tartas con forma de cornucopias de las que salen bombones y pralinés envueltos en papel de diversos colores. Tortas en forma de lira. El “repostero” típico de la antigua literatura infantil parece haber sobrevivido sólo en Móscú, porque en ningún otro lugar se encuentran imágenes hechas exclusivamente de azúcar hilada, conos de caramelo con los que la lengua se toma revancha del horrible frío. También habría que mencionar a la escarcha como fuente de inspiración; los pañuelos de las campesinas, con sus diseños tejidos con lana azul, reproducen las rosetas de hielo de las ventanas. El inventario de las calles es inagotable. A través de los anteojos de las ópticas divisé cómo de repente el cielo se tiñe de color meridional al anochecer. Y los anchos trineos, divididos en tres casilleros para los maníes, las avellanas y las semechki (semillas de girasol que, por un decreto del Soviet, ya no se pueden vender en lugares públicos). Luego vi a un hombre que vendía patinetas para muñecas. Y, por último, los cestos de basura de aluminio: está prohibido tirar nada a la calle. Algo más acerca de los carteles de los negocios: hay algunos escritos en alfabeto romano: café, tailleur. Todas las cervecerías indican lo mismo: Pivnaya, pintado sobre un fondo en el que un verde descolorido en el borde superior se desvanece paulatinamente en un amarillo sucio. Muchos de los carteles de los negocios dan hacia la calle en ángulo recto. Permanecí en la cama durante buena parte de la mañana de Año Nuevo. Reich no se levantó tarde. Debimos haber hablado por más de dos horas, pero ya no recuerdo de qué. Salimos hacia el mediodía. Al encontrar cerrada la pequeña taberna en la que solemos comer los días festivos, fuimos al hotel Liverpool. Ese día hacía muchísimo frío, a punto tal que me costaba desplazarme. Conseguí un buen lugar en la mesa, en la esquina, donde tenía a mi derecha una ventana que daba a un patio cubierto de nieve. Ya he logrado no echar de menos la bebida en la mesa. Pedimos el menú corto. Lástima que lo sirviesen tan rápido, pues me hubiera gustado quedarme un rato más sentado en aquel lugar recubierto de madera y con pocas mesas. En el establecimiento no había ni una sola mujer, hecho que encontré bastante tranquilizador. Descubro cómo esa gran necesidad de calma que ahora me invade al librarme de la agonizante dependencia de Asja encuentra fuentes donde saciarse en todas partes. Y por supuesto, comida y bebida por sobre todas las cosas. Incluso la idea de mi largo viaje de regreso ha adquirido un efecto tranquilizador en mí (siempre y cuando no empiece a preocuparme por las cosas de casa, como me ha ocurrido durante los últimos días), como también lo hacen la idea de leer una novela policial (algo que ya casi no hago, pero que tengo en mente) y la partida diaria de dominó en el sanatorio, que de vez en cuando me ayuda a eliminar la tensión que siento cuando estoy frente a Asja. Partida que hoy, que yo recuerde, no sucedió. Le pedí a Reich que me comprara unas mandarinas que le quería llevar a Asja. No tanto porque me las hubiera pedido la noche anterior (en aquel momento, incluso me había negado) sino por tener una excusa que me permitiera tomar un poco de aire en medio de nuestra apresurada marcha a través del frío. Pero Asja tomó la bolsa (sobre la que, sin decírselo, yo había escrito “Feliz Año Nuevo”) a regañadientes (y sin fijarse en la inscripción). Por la noche, en casa, escribiendo y hablando. Reich comenzó a leer el libro sobre el Barroco.»


En enero de 1929 Virginia Woolf escribe en su Diario, recientemente traducido en edición completa por Olivia de Miguel para el sello español Tres Hermanas:

«¿Es la vida muy sólida o muy cambiante? Me acechan dos contradicciones. Esto me ha sucedido desde siempre; durará por siempre; este momento en el que estoy desciende hasta el fondo del mundo, pero también es transitorio, volátil, diáfano. Yo pasaré como una nube sobre las olas. Talvez sea que, aunque los seres humanos cambiemos, un vuelo tras otro de forma tan rápida, somos en cierto modo y continuos, y dejamos pasar la luz a través nuestro. Pero ¿qué es la luz? Me impresiona hasta tal punto la transitoriedad de la vida humana que a menudo me descubro despidiéndome para siempre, por ejemplo, después de cenar con Roger, o preguntándome cuántas veces más veré a Nessa.»


La noche del 1° de enero de 1937, Thomas Mann escribe en su Diario:

«Me levanté a las ocho, pese a lo tarde que me acosté ayer. Mañana gris, nubosa y fría. Desayuné solo, pero justo cuando estaba por levantarme apareció Katia y pude darle los buenos días; estuvimos de acuerdo en que estas Navidades y esta Noche Vieja han sido las más alegres desde hace muchos años. Realmente me siento muy animado; el mensaje de año nuevo, que fue posible gracias a esa “expatriación” que tanto temí otrora, es un paso importante que me hace feliz, un documento del cual espero profundas repercusiones dentro de mi ser. — Al colocar ayer el nuevo calendario sentí un cierto regocijo y una gran confianza teñida de curiosidad. — El editor Klein me envió desde Berlín, a través de una filial en Zurich, un nuevo libro de plata, con hermosas reproducciones de Miguel Ángel. — Los rusos me mandaron de nuevo 1.100 francos en concepto de derechos de autor, en los que han tenido en cuenta las ediciones navideñas. Hoy, durante el desayuno, recibí un telegrama de saludo desde Moscú, con motivo de las fiestas, firmado por un tal Annenkova. — Trabajé un poco en la novela corta. — Al mediodía recibí la visita del Dr. Hahnhart que venía a saludarme por el año nuevo. Luego llegó Lion. Salí a pasear con él, con Katia y con Reisiger; caminamos un rato entre la niebla espesa. Lion se quedó a comer. Para el té, llegaron Leonhard Frank y su amiga. Recibí a las visitas en el piso superior. Cuando se fueron escribí algunas breves cartas. — Recibí una invitación de la New School for Social Research de Nueva York para dar cinco conferencias a quinientos dólares cada una. — Dejé para mañana el resto del correo. Por la noche escuché música. Ahora, leo revistas.»


En las ultimas horas del 1° de enero de 1938, antes de decidirse a comenzar la segunda versión de Bajo el volcán, Malcolm Lowry escribe a su amigo el escritor Conrad Aiken:

«Querido pajarraco:
He llegado a un estado de amnesia, depresión, angustia, consunción, ira, alcoholismo, y sabe Dios qué otras cosas (en caso de que le interese, lo que es muy dudoso).
Todos cambian aquí, todos cambian aquí, para Oakshot, para Cockshot, Poxshot; que se joda todo ese cagado montón de gente. Mi único amigo aquí es miembro de una orden terciaria. Me cuelga con un imperdible una medalla de la Virgen de Guadalupe en la chaqueta, me sigue por la calle (cuando no estoy en la cárcel, y también allí ha seguido ya varias veces), y está convencido de que soy Jesucristo, lo cual —como sabes— aun no es cierto, aunque quizá ya empiezo a creérmelo.
Vivo en antro subterráneo. Me encarcelaron acusándome de espía en un calabozo que, comparado con él, el Chateau d’If —en las películas— es una casita en el campo con vistas al mar.
Pasé las Navidades, el aniversario de mi matrimonio y el Año Nuevo encerrado allí. Toda mi correspondencia llega con retraso. O se pierde. Y cuando finalmente llega, todo lo que leo son contradicciones —como en tus cartas, que están llenas de agujeros.
No creo que pueda continuar. Me encuentro en un lugar oscuro. Perdido. Feliz Año Nuevo.»


La tarde del 1° de enero de 1940, antes de ser capturado por tropas alemanas en Padoux (tras lo cual pasaría nueve meses como prisionero de guerra en Nancy y luego en Stalag XII-D, en Tréveris), Jean-Paul Sartre escribió a Simone de Beauvoir:

«Mi querido Castor:
Le escribo al calor de la lumbre, cerca de la estufa, aunque ahora el clima es mucho más clemente. Esta noche incluso hubo deshielo. Pero como la antenoche explotaron las cañerías, estamos casi sin agua. Lo más fastidioso es que no podemos limpiar los retretes, en los que excrementos de diversas procedencias se mezclan unos con otros, al capricho de las heladas y los deshielos, empastados en un budín inmundo y voluminoso. “Hacemos” en el campo y Paul sufre las consecuencias: está estreñido por vergüenza a mostrar el culo.
Hoy es Año Nuevo. Pero eso no se tradujo en nada fuera de lo común, salvo que hubo un excelente choucrotue y mucha gente en el comedor de la estación. Y ayer, Nochevieja, tampoco sucedió gran cosa, excepto porque una ignota bestia puso a todo volumen la radio de los oficiales (tras marcharse éstos) y acompañó la música aporreando al azar el teclado del piano hasta medianoche. Yo, por mi parte, escribía tranquilamente en una mesa.
El paisaje es siempre el mismo; un tenue polvillo de nieve, un poco de blanco por todas partes, bastaría apenas con pasar la uña para hacer aparecer el negro de la tierra helada. Estuve todo el día retocando pasajes de la novela; en cuanto acabe, me pondré a trabajar en Septembre. Espero poder publicar los dos volúmenes a la vez, para que pueda entenderse con mayor claridad a dónde apunta mi proyecto. Aquí el mundo es idéntico a sí mismo: Paul siempre alarmado, Mistler me ayuda a cambio de mis enseñanzas. Fue él quien armó los paquetes de libros que les enviaré a Bost y a usted en cuanto me haya mandado algún dinero. Además, hará que me envíen los Nocturnos y los Preludios de Chopin para que los estudie en piano. Entre los secretarios y nosotros hay envidias de familia. Por supuesto, los envidiados somos nosotros. Parece que es mi suerte despertar envidias en todas partes, desde la ciudad universitaria hasta aquí. Pero, sobre todo, hablan. Es una clase de envidia débil e impotente, que sólo conocía de oídas y que ni siquiera llega a la maledicencia. Les parece una ofensa que yo suela desayunar en el café. No difiere de la constatación de hecho más que en la intención de censura amistosa que le ponen; pero en el fondo es simple constatación fáctica, porque no consiguen determinar exactamente lo que hay que censurar: ¿Qué yo disponga de suficiente dinero, tiempo, puerilidad para permitirme un desayuno en el café? Todas las mañanas el hecho les parece vagamente escandaloso; y todas las mañanas lo señalan al pasar, sin más, se ha vuelto un menudo escándalo cotidiano del que no podrían prescindir. Están en el grado inferior de la escala. Naturalmente, no me hubiera percatado de ello si no fuera por el aviso de Mistler, quien preferiría que yo dé un rodeo para no darles el gusto. Pero eso es todo. El Diario de Stendhal me encanta; estoy leyendo el tercer tomo, su historia con la señora Daru; es realmente muy divertido. También leo el libro de Rauschning: sumamente instructivo; incluso haré un resumen en mis cuadernos. Y además leo un poco las Provinciales y un poco también Jacques Le Fataliste. Tania me escribe: “Estoy leyendo un libro estupendo que debo enviarte”. Me pierdo en conjeturas. ¿Será El diablo enamorado


El 1° de enero de 1948, el año en que se estrenará El círculo de tiza caucasiano, Bertolt Brecht escribe en su Diario de trabajo:

«“Desnazificar” a la burguesía alemana significa desaburguesarla. Como clase, no tiene un camino ante sí; sólo escapatorias, ni sus condiciones elementales de vida ni las circunstancias especiales que atraviesa le permiten dejar de lado los medios bárbaros, aun cuando el perro salchicha que ha probado una vez sangre de paloma pueda volver a fuerza de azotes a su alimento para perros. No sólo los vicios de la clase, sino también sus virtudes, han adoptado forma nazi; piense o no piense, sea decente o no, sea idealista o trepador, el burgués es nazi. Si dejara de ser nazi, no podría ser burgués; sólo cuando deje de ser burgués dejará de ser nazi.»


Ese mismo día, casi al atardecer, Jack Kerouac escribe en su Diario:

«Seguimos bebiendo con Fizt, pero ahora en casa. Qué tipo maravilloso es; sin duda, el mejor. El más grande del mundo. Si no bebiera hasta morir, sería un gran escritor americano.
Más tarde tuve una larga y dulce conversación con mi madre.»


La madrugada del 1° de enero de 1950, el año en que finalmente se suicidaría, Cesare Pavese escribió en su extraordinario diario:

«Roma es una tertulia de jóvenes que esperan hacerse lustrar los zapatos.
Paseo matinal. Hermoso sol. Pero, ¿dónde están las impresiones de 1945-46? Laboriosamente volví a encontrar algunos atisbos, pero nada nuevo.
Roma calla. Ni sus piedras ni sus plantas dicen ya gran cosa. Aquel invierno estupendo: bajo el cielo sereno, excitante, las bayas de Leucò. Historia conocida. Hasta el dolor y el suicidio se transformaban en vida, estupor, tensión. En el fondo, en los grandes periodos siempre sentiste tentaciones suicidas. Te habías abandonado. Te habías despojado de la armadura. Eras —o volvías a ser— niño.
La idea del suicidio es una protesta de vida. Nada de muerte… no querer morir nunca.»


El 1 de enero de 1960, en el exilio, Mircea Eliade escribe en su Diario:

«Cada exiliado es un Ulises camino de Ítaca. Toda existencia real reproduce la Odisea. El camino hacia Ítaca, hacia el Centro. Sabía todo esto desde hace mucho tiempo. Lo que descubro de repente es que a cualquier exiliado se le ofrece la oportunidad de convertirse en un nuevo Ulises (justamente porque ha sido condenado por los “dioses”, es decir, por las Potencias que deciden los destinos históricos, terrenales). Pero, para darse cuenta de ello, el exiliado debe ser capaz de descifrar el sentido oculto de sus vagabundeos, y comprenderlos como una larga serie de pruebas iniciáticas (queridas por los “dioses”) y como otros tantos obstáculos en el camino que le vuelve a llevar a casa (hacia el Centro). Esto quiere decir: ver signos, sentidos ocultos, símbolos en los sufrimientos, en las depresiones, en los agotamientos de todos los días. Verlos y leerlos incluso si no están ahí; si se los ve, se puede construir una estructura y leer un mensaje en el transcurrir amorfo de las cosas y el flujo monótono de los hechos históricos.»


El 1° de enero de 1970, el novelista John Cheever escribe en su Diario:

«Primer día del nuevo año. Sin dolor de muelas, me despierto con una alegre sensación de lujuria. Espero que el año termine así.
Vamos a casa de los F., que nos enseñan las películas caseras que han filmado en el bazar de El Cairo y donde mucho de lo que se dice parece haberse dicho anteriormente. La pequeña cámara en mi memoria, etcétera. Más tarde, poco antes del anochecer, visito a S., una mujer agradable que me sirve whisky. Una escena de borracho, que lamento sinceramente.
Digo nuevamente que el Times del domingo me fastidia. Paleo la nieve y llevo los perros a pasear por la ladera. Llama la hermana de Mary y, cuando le digo que está en Chappaqua, dice: ‘Cuánto lo siento. ¿No la han dejado salir para Navidad?’. Resondo que Chappaqua es un municipio cerrado. ‘Ah —dice—, creí que era una clínica de recuperación.»


El 1 de enero de 1977, una semana antes de su memorable Leçon en el Collège de France y aun envuelto en el luto por la pérdida de su madre, Roland Barthes escribe estas líneas en su diario:

«Urt, aflicción intensa y continua; incesantemente desollado. El duelo empeora; se profundiza. Al principio, cosa extraña, tenía una especie de interés en explotar la nueva situación (la soledad).»


El 1 de enero de 1979, mientras pasa unos días de descans en Asolo, “la perla de Treviso”, Susan Sontag escribe en su cuaderno de notas:

«Ensayo sobre Hans-Jürgen Syberberg. Empiezo con la idea de “Trauerarbeit” [“trabajo del duelo”].
“Es peor que ser un niño”.
La estatua de San Sebastián en el Duomo de Vicenza. (En el altar más próximo a la izquierda de la entrada). La tradición del hermoso joven desnudo llevada del arte grecoromano al cristianismo — fue homoerótica — es hoy objeto de contemplación erótica de muchas mujeres y de algunos hombres. Es el primer san Sebastián de tres dimensiones que he visto. El erotismo de esta figura es aún más flagrante por tratarse de una escultura y no de una pintura […] El número de flechas (he visto tan pocas como dos y tantas como diez) y su disposición.
Una y otra vez me impresionan las obsesiones eróticas del cristianismo tan evidentemente expuestas. La Virgen —el pecho de la Virgen / madre — la mujer que se desvanece — el amado discípulo sobre el regazo de Jesús — el cuerpo masculino torturado, casi desnudo (Jesús, Sebastián).
La palabra de Browning «asolare».
¿Cuál era el grado de modernidad de los placeres de Ruskin? No se asemejan a nuestra mezcla de entusiasmo y nostalgia (casi luto) cuando vemos Venecia, Florencia, Verona, etcétera. Fue un descubridor. ¿Para quién? ¿Qué significa descubrir algo que ya es conocido? ¿Conocido por quién?
El círculo de plástico extraíble colocado en cada una de las dos ventanas (Hotel Cipriani, Asolo). Parecido a la placa de cristal removible en las ventanas del siglo XIX divididas por un parteluz — pero esto es feo, porque es un solo cristal continuo — no dividido.»

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