Las canciones de tu vida

Un libro del crítico Marc Myers reconstruye las historias ocultas detrás de algunos de los temas más importantes de la música contemporánea.

DIEGO ERLAN

A principios de diciembre, cuando Spotify envió un correo para contarles a sus usuarios cómo había sido el año musical de cada uno, supe que había escuchado casi dieciocho mil minutos de música en la plataforma. No es mucho. Tan sólo doce días si no hubiera dejado de escuchar ni un minuto desde ese espacio. Faltaban todas las horas que le había dedicado a los discos que desempolvé de un placard luego de una separación, los que saqué de sus cajas correspondientes para escucharlos con mi hijo, y también las escasas canciones que por estos días pueden escucharse en las emisoras de radio. De todos modos, uno de los datos más interesantes era saber cuál había sido la canción que había sonado más veces. La mía fue “Viento helado”. No me sorprendió. Desde marzo que la venía escuchando una y otra vez y esa obsesión se acrecentó aún más después de la muerte de Rosario Bléfari: entonces necesitaba escucharla cada mañana al despertar y en cada momento que el ánimo flaqueaba como si esa canción contuviera una emoción especial que a pesar de la pérdida iluminaba toda nuestra vida. ¿Hacia dónde me llevaba la canción?

Es posible que hacia aquella noche en Bariloche tres años antes, la última vez que la escuché en vivo cantada por ella y en la que me pregunté cómo lo había hecho: cómo había compuesto una canción  tan hermosa, tan emocionante, a la vez tan frágil y poderosa. Bléfari alguna vez dijo que todas las canciones, de alguna manera, son canciones de amor, porque eso a lo que llamamos amor es un sentimiento muy complejo e ilusorio, que se trata de la relación que establecemos con nuestro propio deseo, y eso afecta nuestra relación con el mundo; no sólo con personas sino también con animales, objetos, memorias, ideas, lugares.” Las canciones son maneras de decir, maneras entonadas, entendía ella explicando que las palabras ya vienen con un tono que es la melodía y un ritmo, un tiempo, y eso hace que sean muy útiles para comunicar lo complejo de cualquier mirada o sentimiento. Una vez se lo confesó a Martín Pérez con motivo de la salida de Privilegio:componer los temas de su primer disco solista, Estaciones, “había sido como mirar a la gente sentada en un bar y decir: ‘Voy a enamorarme de cada uno de ellos’. Y hacer una canción de amor para cada uno. Abrir el abanico de las personas a las que uno les puede estar hablando.” Y luego, con esa delicadez tan punk de ella definía lo que significaba el rock, una definición que dista tanto de esa acumulación de lugares comunes que se escuchan en las declaraciones del documental Rompan todo. “Para mí el rock nunca fue sexo, droga y rock’n’roll –explicaba Rosario– sino una cultura propia, en la que circulan todas las otras artes. De una manera tal vez algo desmañada, el rock no hace gala de la cultura como museo. Sigue teniendo algo de despreciado y marginal, pero eso es lo que le sigue dando su libertad.”
Lo que sigue quizás haya sido efecto de una coincidencia aunque prefiero pensarla en clave de sincronicidad. La segunda canción que le seguía en mi ránking personal de las más escuchadas había sido una de Andrés Calamaro, del disco Bohemio: “Una canción te nombra dentro de una canción –canta Calamaro–. Dentro de la propia sombra de una canción está la vida.”

Al promediar La historia del rock and roll en 10 canciones, Greil Marcus, con su afición de hacer historia a partir de elementos laterales y persistencias poco advertidas, plantea que la canción, como a Louise Brooks le gustaba citar de un viejo diccionario de la novela, es una composición épica subjetiva en la que el autor pide permiso para tratar el mundo en función de su punto de vista, pero la canción, según cobra forma, hace que ciertas cosas sean rítmicamente verdaderas y, otras, falsas; convierte ciertas frases en verosímiles y otras en falsas (y alguien que habla al mundo solo o sola no es nunca exclusivamente eso). Otras voces, las de la familia de uno y los antepasados musicales, otros cantantes de las listas de éxitos, personajes de películas, poetas, personajes históricos, actores políticos del momento, forman parte del reparto al que la canción evoca y apela.
Hace un tiempo, en estas mismas páginas, hablamos de la fascinación que nos produce espiar el instante epifánico de la creación. Y a ese instante llega Marcus cuando cita a Keith Richards al decir: “Compuse Gimme Shelter un día de tormenta”. El guitarrista de los Rolling Stones estaba sentado mirando por la ventana del marchant Robert Fraser, uno de los responsables del Swinging London, fijándose cómo los paraguas de toda la gente salían volando y desaparecían a toda velocidad en la calle.

“Ooh, a storm is threatening
My very life today
If I don’t get some shelter
Ooh yeah I’m gonna fade away”

Richards no pensaba en otra cosa más que en tormentas en la mente de otra gente y no en la suya. Dice Marcus que era un año en que la imagen de los paraguas escapándose de las manos de las personas podía utilizarse como metáfora de las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, y a un nivel más profundo contra la vida como se vivía y administraba entonces, desde Estados Unidos al Reino Unido. En Francia y Checoslovaquia, los gobiernos, la misma legitimidad del poder estatal, flaqueaban, y muchos estaban seguros de que en pocos días caerían. “Todo eso lo encontramos en Gimme Shelter, tal como se hizo, como se oyó. Lo que ha quedado en la radio durante más de cuarenta y cinco años es su música, y la historia insatisfecha que lleva consigo.”

Durante años, en las páginas del Wall Street Journal, el crítico neoyorkino Marc Myers se propuso contar las historias que se agazapan tras la composición y la grabación de algunas de las canciones más significativas del rock, el soul, el country, el R & B, el reggae o la música disco. Parte de ese resultado puede encontrarse en Anatomía de la canción, una recopilación de cuarenta y cinco canciones de todos los tiempos, un arco  temporal que empieza en 1952 con “Lawdy Miss Clawdy”, de Lloyd Price y concluye en 1991 con la salida de “Losing My Religion”, de R.E.M. Myers se ataja al decir que este conjunto de canciones no pretende ser una lista de las mejores ni que la selección cubra todos los sucesos más importantes de la historia del rock. Es, más bien, un compendio subjetivo que según Myers ayuda a entender mejor esas obras y a los artistas que las crearon y a su vez la historia de la música. Cada canción es una historia oral relatada por sus protagonistas. Así, por ejemplo, sabemos que “Light My Fire”, de los Doors surgió cuando la banda se estaba quedando sin canciones nuevas y un fin de semana se propusieron componer algo y el único que llegó con algo luego de dos días fue Robby Krieger: “Se me ocurrió la melodía en mi cuarto, en la casa de mis padres, inspirado por el “Hey Joe” de los Leaves”. Cuando tocó la canción, a la banda le pareció un sonido demasiado folk rock, en boga por entonces, pero no querían nada de eso, así que Ray Manzarek incorporó un compás de bossa nova porque le encantaba “Garota de Ipanema” y mientras Jim Morrison inventaba la letra modificaba la línea melódica para que tuviera un toque más de blues.

Así es la historia de la música: una sucesión de deudas, robos, préstamos e influencias que pueden referirse a un amor fugaz y malhumorado en una isla hippie de Grecia (“Carey” de Joni Mitchell), la distancia entre el artista y su público (“Another brick in the wall”, Pink Floyd) o el pánico por morir ahogados (“London Calling”, The Clash). Inglaterra, a fines de los setenta, estaba acechada por huelgas constantes y fragilidad económica y aunque lo parezca, para “London Calling” los Clash no se inspiraron en la política de Gran Bretaña sino en el titular de un diario de 1979, donde advertía sobre la subida del Mar del Norte que provocaría una crecida del Támesis. Ensayaban todos los días y descansaban por la tarde cuando cruzaban el puente y se iban a un campo vallado a jugar al fútbol. Joe Strummer era más asustado por la posibilidad de subida del río. Cuando Mick Jones terminó un borrador de la letra se la pasó a Strummer para que la completara y este le amplió el sentido para que la canción fuera un aviso general sobre la calamidad de la vida cotidiana. Quizás lo más interesante del libro sea, justamente, esa serie de detalles de backstage y pensar de qué manera una canción que por la potencia de su melodía o las referencias de la letra puede hacerse universal siendo particular. O saber, por ejemplo, que cuando Janis Joplin terminaba la letra de “Mercedes Benz” en un bar sonaba “Hey Jude” de los Beatles, que en 1966 Jim Morrison escuchaba todos los días “Stranger in the Night” de Frank Sinatra o que “White Rabbit” de Jefferson Airplane surgió de las lecturas de Grace Slick sobre la Alicia de Lewis Carroll pero la música estaba inspirada en una marcha española o un bolero que crecía en intensidad hipnotizada siempre por el Sketches of Spain de Miles Davis.

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