Rabelais y el vino compartido

El autor de Gargantúa y Pantagruel y las tres reglas fundamentales del arte del buen beber.

Maximiliano Crespi

El último Flaubert solía remarcarle con cierta tenacidad a sus amigos la importancia de llegar a contar con una buena cava y/o con una buena biblioteca. No porque la una y la otra mejoren nuestra relación con el vino o con la literatura; sino porque sin duda ambas mejoran nuestra relación con la vida, al darnos un marco de referencia para ajustar las formas del presente en función de las del porvenir.  

En el Tratado del buen uso del vino de François Rabelais, que se conoció por la traducción checa realizada por Martin Kraus de Krausenthal en 1622, y cuya edición al español publicó Melusina hace tan sólo unos años (seguido de Los sueños raríficos de Pantagruel), se adscribe al vino una facultad que también solía atribuirse a la literatura: “entretener cuerpo y alma, alterar estados tanto en el plano exterior como en el interior”. Pero también se le asigna la facultad de potenciar la comprensión. El vino libera la verdad y hace temblar las carnes de inquietud. Y es en razón de eso es que Alcofribas Nasier, “filósofo de la quinta esencia” (bajo cuyo seudónimo Rabelais publicó Gargantúa y la primera parte de Pantagruel), prescribe a sus discípulos “una botella de espumoso contra el desaliento, contra la bilis negra, contra la contrición, la tristeza, la pena, la añoranza, la melancolía, el fastidio, el sorbonismo, el secamiento de sesos y el desengaño”.

El amplio espectro curativo del vino es tal que el tratado que Pantagruel había dedicado al tema, “compuesto por más de un millón y medio de folios” e impreso bajo el título de De las enfermedades en las regiones de Dipsodia & Utopía & de su vigoroso & infalible tratamiento por el uso diligente del vino & con la ayuda de Dios, estaba siempre a mano en la biblioteca secreta de los médicos de la época. Pero, luego de recomendar con especial énfasis el “no mezclar ni rebajar la noble bebida” (el primero y más pernicioso de los “elementos terribles” es el agua, “¡espantajo de la vida!”), y, tras de subrayar el virtuoso poder afrodisíaco del orujo, illa bonis consilietur amice, Rabelais se dirige a la tribu de los bebedores ilustres, de los nobles, de los rústicos, los venerables, los infames, los rastreadores de damajuanas, los empinadores de botella, los amantes de la bota, sabios del macerado barril, a los santos beodos, a los borrachines anónimos y a los más distinguidos catadores para recordarles una vez más las tres reglas fundamentales del buen beber para conservar —por siempre y al mismo tiempo— la salud y la gracia. Ellas son: 1. jamás beber en soledad: hacer siempre de la ocasión de beber un motivo para la celebración y el brindis con quienes nos hacen felices; 2. beber siempre lo mejor: en la medida de lo posible, elegir el vino con la misma atención y la misma dedicación con que elegimos los deseos para quienes amamos y sentimos imprescindibles en nuestras vidas; y 3. jamás beber para olvidar las penas si no se bebe a la vez para alimentar los sueños: recordar con nostalgia lo perdido pero dejar siempre abierto un último brindis por lo que nos queda todavía por vivir.

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