Un mundo en contraste

La escritora boliviana Giovanna Rivero despliega en los cuentos de “Tierra fresca de su tumba” un universo extraño construido con los descartes de una invasión cultural.

FERNANDO KRAPP

El universo reflejado por Giovanna Rivero en Tierra fresca de su tumba (Marciana) es muy particular. Podríamos pensar sus cuentos en sintonía con otras escrituras que han aparecido y aflorado gracias a la tenaz insistencia de las editoriales independientes y de los festivales de literatura; escrituras más riesgosas (aunque, ¿qué no es riesgo en literatura?) y alejadas de las convenciones de las casas editoriales más grandes. Una literatura despegada de algunas de las convenciones más acartonadas del realismo y más cercana al trabajo con otros materiales de descarte y de resto.

Rivero trabaja sus cuentos en un territorio flotante cuyo mapeo y territorio fluctúan desde las ruinas de la modernidad periférica. Es aquello que crece y queda cuando un avance tecnológico o científico baja a tierra y rápidamente vuelve a levantar vuelo; lo que crece a su alrededor, salvaje y sin planificar, muchas veces a espaldas del Estado. Son los descartes de la invasión cultural que tejen historias en la imaginación vernácula de una comunidad generando una nueva construcción de identidad; así, el mundo de los zombis se puede confundir con la mitología quechua, el territorio de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, se mezcla con una maldición propia del universo cultural ajeno, los menonitas afloran como una flor salvaje en el medio de la selva. El mundo de Rivero funciona por contraste, por el choque de universos; en una comunidad menonita ocurren varios abusos sexuales en niñas hasta convertirse en eufemismos (Rivero se basó en un caso real ocurrido en la localidad de Manitoba, Bolivia); en un barco a la deriva dos pescadores salvadoreños tienen hambre; en un pueblo aislado dos chicos huérfanos son dejados a merced de una tía alcohólica; un jardín japonés se convierte en una extensión melancólica de lo perdido hasta volverse un espejo; y un hombre es sometido por voluntad propia a extraños experimentos farmacológicos.

El tránsito es para Rivero una forma de metamorfosis y la identidad que crea ese cambio es siempre incierta. Los cuentos de Tierra fresca de su tumba se sitúan y funcionan por desplazamiento pero el movimiento que genera la escritura es lento y moroso; son cuentos largos que se deslizan sobre el papel como un caracol, dejando un rastro gótico debajo. Benedict Anderson desarrolló el concepto de “comunidades imaginadas” para repensar la idea de nacionalismo. Así, los movimientos y los desplazamientos, propios de los tiempos globalizados, mantienen la idea de comunidad en tanto se piensan como un constructo social. En los cuentos de Rivero, los movimientos de sus personajes, desde Bolivia hasta Canadá, desde Japón hasta El Salvador, son movimientos que se tejen desde la imaginación y el descarte; lo que queda de lo perdido es lo que produce relato. Y aquello que se pierde y se pudre al costado del camino mientras se avanza hacia un destino incierto, es lo que que produce sentido.

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