“Un libro contra la idealización del cuerpo”

El escritor Andrés Neuman acaba de publicar “Anatomía sensible”, un recorrido crítico por las partes del cuerpo, lleno de humor y lucidez. En esta entrevista habla de cómo la pandemia y la virtualidad puso en carne viva estas cuestiones del contacto físico.

DOLORES CAVIGLIA

En la pantalla, en su fondo, a la manera de un escenario, la biblioteca blanca pero repleta de Andrés Neuman aparece en perspectiva, como un infinito, y en algún punto da sentido a lo que dice. Con el pelo atado en una cola de caballo, algo canoso, los ojos oscuros y una sonrisa al final de cada frase, el escritor nacido en Argentina, radicado en España, dice por videollamada que este tiempo de pandemia es un bucle interesante, aleccionador: “El brote de coronavirus es atroz pero muestra que somos un solo ecosistema y que nuestra especie es viral para lo mejor y lo peor. De Estocolmo hasta Madrid estamos igual. Todo el prójimo es un reflejo de tu pasado y de tu futuro. Es terrible pero es interesante porque ya no podemos trazar una línea entre lo que le pasa al otro y lo que le pasa a uno. Ojalá no nos olvidemos demasiado rápido. Se naufraga o se navega todos juntos”.
Andrés Neuman tiene 43 años, el acento sudamericano no del todo alterado y varios libros publicados, tanto de poesía como cuentos, novelas y no ficción. Entre ellos se destacan Una vez Argentina, Fractura, Hacerse el muerto, La canción del antílope, Década, Mística abajo y No sé por qué. Fue reconocido con el Premio de la Crítica, el Premio Alfaguara, el Premio Hiperión y el Firecracker Award, y formó parte de la primera lista Bogotá 39. Su último libro, Anatomía sensible, es un repaso minucioso del cuerpo con otra mirada, muy crítica y muy humorística para, como él mismo dice, no levantar el dedo sino generar empatía, inclusión.

¿Te afectó mucho como autor la pandemia?
Se dieron varias paradojas respecto de las presuntas virtudes del confinamiento. Vi distintas reacciones literarias. Y todas agudizan posturas que ya existían. Hay algo de exacerbación brutal. Está el modelo del escritor que necesita el silencio total, la burbuja, y el otro modelo de escritura más de café, con ruido. Yo fui pasando por las dos fases, sentí que podía trabajar con concentración casi desesperada y en otros momentos me vi paralizado. Y los fui alternando. Antes nuestra casa era la imagen del refugio pero en el momento en que se transforma también en lugar de trabajo, necesitás una casa dentro de la casa, algo que te salve. No era tan simple como creíamos al principio de la pandemia. Se trastocó toda la relación con el espacio y el tiempo. Si no lo estuviéramos padeciendo, sería interesante.

“Anatomía sensible” se publicó el año pasado en España y ahora llega a Argentina, en un momento muy distinto al de la escritura…
Sí, ahora la relectura se agudiza aún más. Nuestra vivencia del cuerpo propio y ajeno se trastocó muchísimo. Este es un libro contra la idealización del cuerpo, un concepto con filtro de la realidad física, y ahora eso se volvió una cuestión delicada porque nuestra vivencia es casi exclusivamente digital, por lo que los problemas que plantea el libro están muy en carne viva. Pero antes de que este virus lo releyera, el presente era un presente muy photoshopeado, una especie de incapacidad progresiva por respetar la realidad del cuerpo y construir un discurso del deseo desde los cuerpos tal cual son. Sentí la opresión de los discursos canónicos. Libros con gente linda en la tapa, series con gente joven y perfecta, redes sociales también. Hay una sensación de asepsia muy fuerte. Nada es huella real y gozosa del cuerpo. La saturación fue tanta que me di cuenta de que quería escribir sobre eso, con el principio de que lo que el Photoshop elimina la palabra literaria lo resalta. Como la tapa, la cicatriz, que es lo primero que sacaríamos al postear una foto, en el libro es el foco. 

Y está escrito con humor.
Es un libro muy fiestero. Que aborda temas políticos festivamente. Desdramatiza partes saturadas de significados y les saca responsabilidad histórica para poner en el centro los lugares periféricos, como el codo, el párpado, la sien. La denuncia con el dedo levantado tiene poco interés y poca eficacia. Pero el humor a veces te pone en frente de conflictos de manera amable y por eso inevitable. El discurso hostil lo podés rechazar, pero cuando el humor te hace cómplice ya no se puede salir. Te incluye y te compromete. La gerontofobia, la gordofobia, la misoginia son temas en el libro pero se tratan de modo festivo.

¿Hay un borramiento de la persona en el texto?
La intención es hacer hablar cada parte del cuerpo, que es protagonista de una posible historia estética, cultural, literaria, política, emocional. Hay algo colectivo también en la voz narradora, en esa primera persona del plural. No se trata de lo que yo pienso sobre el cuerpo, no es tan importante, pero sí cuáles son los procesos colectivos en torno a cada parte. Es un ejercicio coral, es una voz de género y de generación fluidas. Una reunión de todos los cuerpos posibles y de las formas de enfocar cada parte. Una especie de poliedro para pensar todo desde todos los ángulos. ¿Qué es la rodilla en la infancia? ¿Y en la vejez? ¿Y en un alguien que hace deportes?  

Es un planteo de diversidad y de mucha libertad…
De eso se trataba. Hay varias consecuencias del canon clásico y heteronormativo del cuerpo. Y algunas son efectos secundarios que simulan solucionar pero ahondan el problema. Como la tolerancia, una palabra que detesto. Tolerancia no, respeto o comprensión. Se trata de asumir la libertad ajena no de tolerar. La tolerancia es un ejercicio de poder. Es intolerante. Te pone en el lugar de patovica y no quería que fuera un libro que tolerase los cuerpos que llamamos diferentes. Yo quería que en el libro la norma fuese tener cuerpos distintos. Quería un carnaval de cuerpos, todos superpuestos, y que apareciese una pierna obesa al lado de una atlética y que las dos se divirtiesen mucho. Incluso hay una intención de parodia de lo canónico y de reconocimiento de lo otro. De la diversidad, que es la norma. Los cuerpos arrugados y fofos son los normales. Son los perfectamente normales. El libro trata de reorganizar la norma. O de discutirla al menos.

También trabaja con las elecciones de las palabras que describen las partes. ¿Cómo se define la que por fin va a imprenta?
La palabra literaria fue tradicionalmente muy cómplice del canon opresivo. Y del imaginario. A veces dictaba talleres para niños y niñas y pedía descripciones físicas y me decían  sistemáticamente que la nariz es respingada, los cabellos son dorados, las piernas, torneadas. Y eso me alarmó. La visión colonizada por el imaginario cosmético. Quise escribir el libro tratando de que fuera un arsenal metafórico alternativo, que tiende a ser lo contrario de esos ejemplos. Buscar imágenes bellas de cuerpos envejecidos, degradados. Quise subvertir las prioridades del lenguaje poético. Este es un lenguaje trabajado hacia la rareza. Y una aproximación con los cinco sentidos al cuerpo. Busqué rimas absurdas, repeticiones pegajosas, para que se sintiera en el frase que en la sintaxis se formaban capas de piel y de sentido.

Aún es incómodo hablar del cuerpo, ¿fue para vos incómodo escribir?
Sí, por suerte. Tuve que navegar contra mis incomodidades. Hablar del ombligo, de los pelos en el ombligo. Los momentos que más me costaron fueron los de mis propias imperfecciones del canon pero fue una incomodidad que disfruté. Después estaban las otras, las incomodidades del aprendizaje de género, que no termina nunca. Las partes del cuerpo de las mujeres, como el capítulo de la vagina. Al hablar de estas zonas que yo no tengo tuve mucho miedo. No quería incurrir en ningún apropiacionismo patriarcal pero entonces me di cuenta de que toda escritura es colectiva y aprendí de compañeras y leí y les pregunté. Consulté mucho. Sentía que no tenía derecho pero al mismo tiempo me contestaba que sí, que yo tuve madre, que convivo con alguien que amamanta, que estoy atravesado por esa experiencia desde mi lugar. Todos los cuerpos son gozosa o violentamente colectivos y compartidos. Por eso en este libro todos los cuerpos son bienvenidos, no hay una voz anfitriona, todo el mundo es huésped y nadie.

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