Lihn for ever

El chileno Enrique Lihn fue un personaje multifacético y provocador cuya poesía articula preguntas sobre el lenguaje y la política. La antología “Sólo sé que seremos destruidos” es un recorrido por toda su obra poética.

DIEGO ERLAN

Habría que imaginarse la escena: un hombre de unos cincuenta años, con megáfono y un puñado de páginas en las manos, rodeado de un pequeño grupo de seguidores y curiosos en la esquina de Paseo Ahumada y Alameda O’Higgins. Es el perfil de un predicador cuya prédica reza “Su limosna es mi sueldo/ Dios se lo pague/ Un millón de subempleados mendigos suscribirían el lema/ si los dejaran chillar como a éste y a otros tantos pocos en el Paseo Ahumada”. Es un miércoles de 1983. Es el Santiago de Chile de Augusto Pinochet. Y el hombre se llama Enrique Lihn. Las crónicas dicen que en cuanto la pequeña multitud empezó a rodearlo, carabineros armados interrumpieron a ese hombre porque consideraban “improcedente perturbar a los vendedores ambulantes con tales desvaríos” y lo llevaron a la comisaría de la calle Santo Domingo bajo cargos de perturbar el orden público. Luego de entregar las veintiocho páginas sin foliar al teniente de guardia, Lihn fue liberado y terminó su performance en la Feria del Libro que se estaba realizando en el Parque Forestal. Así se presentó su libro El Paseo Ahumada.

Roberto Bolaño consideraba a Enrique Lihn el mejor poeta de la llamada generación del cincuenta y su poesía significa enfrentarse a una voz que lo cuestiona todo. Por sentencias como esta es que para escritores como Diego Zúñiga, que alcanzaron a leer a Bolaño con cierta devoción hace más de diez años, hubo una generación obsesionada con Lihn: la generación de Alejandro Zambra, Álvaro Bisama y Nona Fernández. En el prólogo a El Paseo Ahumada (UDP), Zambra arriesga que éste quizás sea uno de los libros más fotocopiados de la poesía chilena y también uno de los libros que más aguas divide entre sus lectores: hay quienes prefieren la poesía temprana de Lihn porque El Paseo Ahumada les resulta un texto demasiado disperso mientras que sus defensores valoran, justamente, esa dispersión aspecto que lo convierte en una pieza clave de la poesía chilena de la segunda mitad del siglo xx. Tales discusiones, sostiene Zambra, confirman que Lihn es una personalidad literaria que aún resulta misteriosa: “Tengo la impresión de que estamos recién empezando a leerlo, y no me refiero al desconocimiento masivo de sus otras facetas artísticas –dibujante, cuentista, novelista, actor, crítico de literatura y de arte–, sino a su concepción de la poesía (a su manera de hacer poesía) que contempla, entre otras licencias, la posibilidad de circular por todos esos formatos sin complejos.” En este sentido, el escritor Álvaro Bisama agrega que Lihn “explota en demasiadas direcciones siempre: un poeta chileno, un novelista experimental, un crítico paranoico y excéntrico, un dibujante under a la deriva, un performer heroico, un museógrafo de la nada. Todos esos Lihn chocan y cambian entre sí, mientras sobreviven las preguntas que su escritura hace respecto al lenguaje y la política, el modo que tiene de releer lo real. Quizás ahí está su aporte, lo que hay detrás de Gerard de Pompier y todas sus máscaras, gracias a esa mirada desesperada, a veces cruel, acerca de las posibilidades de la poesía en un mundo donde las palabras están rotas o derechamente vacías porque han sido quebradas por el mundo.”

Una estupenda manera enfrentarse a la poesía de Lihn es Sólo sé que seremos destruidos (Gog y Magog), una antología que parte desde La pieza oscura (1963) hasta Diario de muerte (1989) con algunos de sus poemas considerados clásicos y otros que, por mucho tiempo, se convirtieron en obsesiones para sus compiladores, José Villa y Miguel Ángel Petrecca.
Lihn es de esos poetas subrayables. El comienzo de Diario de la muerte, por ejemplo, dice así: “Nada tiene que ver el dolor con el dolor/ nada tiene que ver la desesperación con la desesperación/ Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas/ No hay nombres en la zona muda”. Si tuviera que elegir algún poema, Bisama elegiría otro: 

“Palabras que nunca caben en una misma frase
se apretujan en ella
una pandilla de borrachos a la salida del saloon
Y la poesía vocifera excitada por la velocidad
de las asociaciones. Sus adictos
hacen caso omiso de las señales de tránsito
Palabras que se acoplan unas a otras hasta perder el sentido
en esos excesos
El estilo es el vómito.”

El estilo es el vómito. Hay que decirlo con vehemencia. Es la única forma de pronunciar un verso como ese.
Guido Arroyo, director de la editorial Alquimia y autor del provocador libro de ensayos La poesía chilena no existe, entiende que los lectores de Enrique Lihn se renuevan con inusitada rapidez, y el carácter multifacético de su obra se transformó en un modelo para al menos un par de generaciones (la que comenzó a escribir en los noventas y la de fines de los 2000). Además, Arroyo agrega que hay una profunda valorización por su modelo de vida: autodidáctica, polemista, dado a la fiesta y a una vida social-amorosa convulsa, agudo crítico en el plano político, explorador de múltiples géneros como la perfomance, el happening, la dramaturgia, el cine experimental, todas las áreas literarias. Fue hasta locutor de radio. Esos rasgos lo vuelven una suerte de autor ícono, porque además en particular su obra poética, capturó de forma prístina la angustia de la vida bajo el modelo económico que acá impera”.

ph. Claudia Donoso

Aunque algunos se preguntan si sigue leyéndose entre los jóvenes, aparecen referentes de la nueva generación de autores que reconocen al artista excepcional que fue Enrique Lihn. Nacida en 1980, Carolina Melys, autora del libro de cuentos Incorruptos (Montacerdos), forma parte de esos nuevos lectores que llegaron a obsesionarse con Lihn. Ella destaca que este poeta es una gran escuela para tomar consciencia sobre el oficio de escribir. En su obra –entiende– es central la incesante referencia a la inutilidad de la literatura: no buscar dividendos de un oficio que debe desarticular todo acto represivo  no sólo con su mensaje sino también con la exploración de nuevos lenguajes. “Me parece que en el neoliberalismo desatado en que vivimos, y en que la literatura ha sido acaparada cada vez más por las lógicas del mercado, los eslóganes contra el sistema se vuelven inocuos, son parte de lo mismo; por lo tanto la resistencia, tal como la proponía Lihn no debe estar en el mensaje, ni en las convenciones ya aprendidas, pues estas traen la carga ideológica de la estructura misma del lenguaje. Por eso, la experimentación incesante de Lihn es de tremenda vigencia.
En esta línea, plantea que otro aspecto central en su obra fue desarticular las fronteras entre géneros y disciplinas. La escritura, entonces, no obedece a normas extratextuales: se apropia del lenguaje para hacer algo que no se ha hecho antes con él. Y así Lihn tenía algo claro: “No se escribe X para resolver Y. Se escribe X porque Y es insoluble”. La literatura de Lihn es un llamado incesante a seguir escribiendo.
La obra de Lihn es atemporal. Según Melys, escribió libros que podrían haber sido escritos hoy, como El Paseo Ahumada, o cuentos como “Huacho y Pochocha”, uno de sus favoritos, donde habla de una miseria que sigue vigente en Chile. Por eso, si tuviera que elegir uno solo de sus poemas, elegiría esas veintiocho páginas sin foliar que conforman El Paseo Ahumada: “Nace como una performance, una lectura a viva voz en ese lugar característico del centro de Santiago en plena dictadura. Un lugar que iba a ser ‘la fiesta para el despegue económico’ pero terminó siendo el ‘gran teatro de la crueldad nacional y popular, donde se practican todos los oficios de la supervivencia’, donde se encuentran vendedores ambulantes, predicadores, inmigrantes y artistas sin escenario. En palabras de Lihn un poema “social antes que político, un esfuerzo para dar forma, en las palabras, a la situación de emergencia social que vive el país y que lo mata”. Igual que hoy. Leer El Paseo Ahumada es ver la desarticulación de las estructuras sociales por la implantación de un modelo económico que nos llevaron al estallido y que hoy, con una nueva Constitución, esperamos sepultar.”

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