Jaque

El fenómeno de la serie “Gambito de Dama” nos lleva a explorar las ficciones literarias que giran en torno al universo del ajedrez

FERNANDO KRAPP

Es una pena que ningún diario norteamericano de 1972 haya tenido la idea de enviar a un escritor para cubrir los 24 partidos que Bobby Fischer y Boris Spassky disputaron en Islandia por el campeonato del mundo. Probablemente Saul Bellow o bien un joven Philip Roth podrían haber narrado e interpretado la densa trascendencia vivida en aquellos meses de tensión, de tire y afloje, mientras dos tipos de traje de franela y corbata tejían sus movimientos sobre un tablero. O quizás Robert Coover podría haber revelado el trasfondo paranoico que hostigó a los dos jugadores. Aquello que se orquestó alrededor del juego, mientras la bombas hacían volar por el aire a los marines en Vietnam, Nixon metía micrófonos en el Senado y los rusos mandaban a su perrita Laika en una carrera por el espacio.

El ajedrez no solo le debe a Fischer un libro clave, una de las partidas más emblemáticas de la historia y una vida excéntrica en su casa de Pasadena, California. También le debe sus quince minutos de fama que ahora vuelven gracias a la serie Gambito de Dama (Netflix) dirigida por Scott Frank. Si nos ponemos exigentes, ninguna otra producción audiovisual logró un acercamiento tan acertado al mundo del ajedrez. Hace unos años se estrenó Pawn Sacrifice, un fallido intento de poner en escena a Fischer y Spassky. Años atrás, en Busca de Bobby Fischer (1993) mostraba el mundo de los colegios privados en contraste con las plazas de Nueva York, con un flojo guión sobre la precoz genialidad de los jugadores innatos dirigida por Steven Zaillian, guionista de El irlandés y La lista de Schindler, entre otras películas.

Gambito de Dama está basada en una novela de Walter Tevis. La serie convierte el mundo del ajedrez y la carrera hacia el campeonato mundial en una novela de aprendizaje a lo Charles Dickens. Beth (como Oliver Twist) vive en un internado para chicas huérfanas y en el sótano descubre el juego que le cambia la vida. Si bien, tanto la novela como la serie, toman detalles de la vida de otros ajedrecistas, como el mencionado Fischer pero también Paul Morphy, José Raúl Capablanca y Miguel Najdorf, el hallazgo de Gambito de Dama está en que el verdadero protagonista es el juego y su ambiente social. Un ambiente masculino que se le revela a Beth para después re significarlo.  
Quien haya jugado en su infancia no podrá dejar de identificarse con varios detalles de la serie. La emoción de los primeros movimientos y la frustración que genera perder. Los nombres de las aperturas y las defensas. Los manoseados libros de ajedrez y los relojes que marcan los movimientos. El análisis de las jugadas ajenas y la práctica con aperturas y finales. Los campeonatos municipales, escolares y provinciales. El universo nerd, soberbio y naif, con mucho olor a hormonas, mezclado con el aliento rancio de los viejos que también se acercan a jugar partidas. El pequeño universo ajedrecístico es transversal; un hombre de sesenta años puede jugar contra un joven prodigio de siete. Porque en definitiva lo único que importa es el match.

Decíamos que tanto Tevis como Frank llevaban el mundo del ajedrez a la forma del bildungsroman. Aunque también hubo otras aproximaciones literarias. En Argentina, hay tantos ajedreces posibles como escritores. Borges jugaba; en Respiración artificial hay un retrogusto al juego en las conversaciones con Tardewski; Martinez Estrada jugaba en los ratos libres que le dejaba el trabajo de oficina. Por una razón bastante obvia, siempre se asoció el ajedrez con la inteligencia analítica y el mundo del policial. Quien juega bien al ajedrez es por añadidura un buen detective. Rodolfo Walsh, antes de escuchar al “muerto que habla”, pasaba sus días en la plaza leyendo cuentos fantásticos y jugando al ajedrez. Abelardo Castillo tiene un cuento muy bueno sobre ajedrez llamado “La cuestión de la dama en el Max Lange” del libro Las maquinarias de la noche, en donde el análisis de una partida se entrecruza con la estrategia para cometer un asesinato perfecto. 
Aunque no solo la novela de aprendizaje ni el policial son los únicos géneros literarios. La literatura centroeuropea ha tomado el mundo del ajedrez como una alternativa para la novela psicológica. La única novela del premio Nobel Elías Canetti, Auto de fe, tiene una imagen obsesiva: un hombre prende fuego una biblioteca. El personaje principal, Peter Kien, asiste a la antesala del fascismo, su sabiduría, acumulada por horas de estudio, parece no importar en una Europa al borde de la Segunda Guerra Mundial. El gran fracaso de la razón europea trae como resultado la desigualdad y el odio. En ese contexto, hay un personaje llamado Fischele, un jorobado ajedrecista, estratega y pragmático que, con una inteligencia aplicada, intenta convertirse en campeón mundial de ajedrez… varios años antes que Bobby Fischer llegara al mundo.

Esa visión del jugador de ajedrez como un hombre enajenado, solitario, cuya inteligencia no importa a los efectos de la razón práctica, vuelve en la última novela del escritor austríaco Stefan Zweig, llamada Novela de ajedrez, escrita poco antes de que Zweig decidiera suicidarse junto con su esposa en Río de Janeiro, acorralado por la fantasía paranoica de que los nazis terminaron por invadir el mundo entero. En la novela, en un típico procedimiento “zweigiano”, un hombre viaja en un barco hacia Sudamérica, y para paliar el aburrimiento decide jugar un match con un extraño; ese extraño resulta ser un Maestro que le revelará su vida y su escape de una Alemania al borde del nazismo.
Otro gran escritor, amante del ajedrez, quien también vinculó el juego con la novela psicológica, es Vladimir Nabokov. El autor de Lolita no solo coleccionaba mariposas sino que su nombre figura en los libros de Ajedrez por su estudio dedicado a Yevgueni Znosko-Borovsky. La Defensa de Nabokov tiene varios puntos de contacto con Novela de ajedrez. En el libro del ruso, el narrador se apega al universo del ajedrez de un gran Maestro, Luzhin, en donde se detalla su vida y cómo el mundo del ajedrez va generando a su alrededor un entorno propicio para un brote psicótico. La pregunta que se hace Luzhin es: si el mundo es un caos, ¿puedo controlarlo con el juego? El control en la novela de Zweig aparece como una variable para entender la locura que propició el avance del fascismo en Europa. Navokov, en cambio, tuerce la pregunta para convertirla en un espejo de su personaje. La fascinación por el control conduce a su personaje a un extravío personal. Si pensamos en los mencionados Paul Morphy y Bobby Fischer, incluso el propio Zwieg, tal vez Luzhin no estuvo tan errado en el desarrollo de su match.

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