Cita con un libro

En su mesa de noche, el escritor Luis Gusmán lee Citas de lectura, de Sylvia Molloy, y reflexiona sobre el encuentro con la literatura.

LUIS GUSMÁN

Leyendo el libro de Sylvia Molloy, Citas de lecturas, me encontré como lector con la lectura como cita. Por supuesto, no por las obras citadas sino por la lectura como cita en su segunda acepción. En su mayoría, citas amorosas, como el homenaje a su profesora de francés en su novela En breve cárcel, pero también, en la misma novela, como cuando cita un episodio de Flaubert para “ejercer yo misma una venganza personal”. A veces las citas coinciden con el encuentro de amistades reales como con Pepe Bianco, pero no siempre, puede suceder también con Gide.
Los libros pueden dar vuelta una vocación y, con esa vuelta, cambiar la vida de una persona. La autora habla de una incipiente vocación por la medicina que sucumbió cuando tuvo que disecar una ranita. Y el diminutivo, escrito hoy, sin embargo, le viene, como dice Graham Greene, con el peso de la infancia. Un destino de cirujana se detuvo cuando oyó los latidos del corazón de la ranita. Entonces sus intereses se desplazaron hacia las lecturas a escondidas y clandestinas de los libros descubiertos en la biblioteca de la madre.

Los libros clandestinos donde se busca la escena que siempre suele ser la misma, pero se la busca como si siempre fuese la primera vez. La descubre en un episodio escabroso y violento de ese novelón de Richard Llewellyn que erizó a las madres de cierta generación: Cuan verde era mi valle.
La lectura también puede ser un encuentro. Siempre te cruzás con un libro o un lector inesperado. Es lo que le sucede con Pepe Bianco en la redacción de la revista Sur. La anécdota es así: por entonces Sylvia Molloy estaba traduciendo autores argentinos al francés, principalmente a Güiraldes, y alguien le sugiere hablar con Victoria Ocampo. De pronto, de manera intempestiva, irrumpe Victoria en el lugar donde estaban reunidos con Bianco y reclama airadamente y destemplada un libro de Jean Giono, acusándolo a Bianco de que se lo había robado. Pepe, con ironía, le responde: “¿A quién se le ocurre leer a Giono?”.
De ese libro ausente nace una amistad. Hablan de un cuento de Katherine Mansfield. Ella lo busca durante un tiempo hasta que en algún momento duda: “Varias veces buscando ese cuento en Mansfield, lo he encontrado, me ha parecido que estaba al borde del sentimentalismo, e igual me ha gustado y varias veces me he dicho que no olvidaría el título y otras tantas veces lo he olvidado. Será porque siempre para mí será el cuento de la mujer que no tenía dónde llorar y que le gustaba a Pepe”.

Este libro, Citas de lecturas, brilla por la ausencia: no está cargado de la presencia de autores, personajes, que se han conocido y que las autobiografías transforman en frecuentados. Salvo los inevitable, aquellos que nos gustan, en este caso Borges, Gide, Silvina Ocampo, solo por nombrar algunos.
Pero en su biblioteca, mucho antes, están los libros de la madre y del padre. En ese registro hay una escena conmovedora, que es cuando descubre un libro de poesía de Paul Geraldy: Toit et Moi. Ese libro en francés selló el amor entre ellos. La lectura entonces se desplaza a lo que Barthes llamaría un discurso amoroso, un susurro del lenguaje: “¿Lo leerían en voz alta? ¿Lo susurrarían para que ni mi hermana ni yo lo oyéramos? En todo caso mi padre sería quien se lo leería a mi madre, ya que él, hijo de británicos, hablaba con soltura un francés rudimentario, mientras que mi madre, hija de franceses, no hablaba ni una palabra, aunque entendía todo. Suerte de escena primaria, me conmueve hasta el día de hoy, tanto o más que una escena puramente sexual”.
Ni este libro, ni siquiera este fragmento, nos abruma con el espíritu de la época. Es decir, no es un catálogo de los libros que leyó, los personajes que conoció. En el fragmento apela sutilmente a lo que Freud llamó “escena primaria”: el coito entre los padres. Sí, todos venimos al mundo producto de una escena primaria. Como el libro ausente. Es decir que más allá de cualquier inseminación artificial, aunque ya se haya invocado lo que podría ser nuestro futuro nombre, sólo estamos presentes en una red de palabras de palabras que nos esperan y nos enredan desde antes de nacer. Si la metáfora es posible, esta lectora vino al mundo producto de esa escena entre: Tú y Yo. De dos que leían en voz alta o susurraban. Por supuesto, un invento como otros, aunque haya sido verdadero. Entonces, ¿cómo no iba a ser la lectora que es?
El último capítulo, “El libro en la mano, es inolvidable. Ella cuenta que, como cualquier lector, tiene un libro en la mesita de luz. Molloy dice que puede ser un libro que haya leído o no: “Por ejemplo, por alguna razón sobre mi mesa de noche hay un librito de tapas de cuero muy gastado que reúne los escritos sobre el pesimismo de Schopenhauer, traducidos al inglés. El librito es negro no se desde cuándo lo tengo, ni cómo vino a ser mío. Está junto con un crucifijo que era de mi abuela francesa, hecho con balas de la guerra del 14…”. No recuerda haber leído el librito de Schopenhauer y el diminutivo me vuelve otra vez a la infancia perdida. Diferente a la que evoca la autora ya que en los libro de cocina que leía, los diminutivos: “pajarito”, “cajoncito”, suenan siniestros, porque se sabía cuál sería su última morada. Casi un fetiche negro, un sacrilegio de esta autora que nació entre lenguas, esa conjunción del libro de Schopenhauer, el crucifijo, “y una estatuita vagamente andina que muestra dos llamas copulando”.
De esa morada habla el capítulo final: si un día la encontraran muerta en la cama –dice la autora– deducirán o que lo estaba leyendo o que era su libro de cabecera. Tiene razón, y hasta es posible.
A Ramón Alcalde, la muerte lo sorprendió con un libro sobre la mesa de noche: El sentido de la belleza, de Immanuel Kant. Yo supuse que lo estaba leyendo, o lo estaba acompañando.
Es muy posible que este libro de Molloy haya sido hecho de “literatura y cotorreo”, como se llama uno de sus capítulos, y no por lo chismoso, ni por su extensión –porque es de una economía narrativa envidiable– sino porque cuenta una y otra vez los fracasos y el parloteo inevitable de la imitación. El libro de Silvia Molloy ya está ubicado en mi mesita de luz. Como ávido lector, no sé por cuánto tiempo, y tal vez en algún momento sea reemplazado por otro, hasta que de pronto, caprichosamente, vuelva a estar en mi mesa de noche. O me hable con un susurro del lenguaje porque así como ella yo también “escucho libros”.

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