La perspectiva maldita

Los textos de intervención de Paula Puebla revelan un modo de leer extraordinario, diferente a los discursos que habitualmente nos atraviesan desde los medios de comunicación.

Dolores Gil
Paula Puebla, periodista y escritora

Las intervenciones de Paula Puebla revelan un modo de leer extraordinario, diferente a los discursos que habitualmente nos atraviesan desde los medios de comunicación. Este ejercicio es imprescindible: cuán fácil resulta quedarse en la comodidad de las posiciones biempensantes, cuán fácil subirse al caballito triunfante de los eslóganes pronunciados en manada, tan en boga en estos tiempos. 

Ya desde el prólogo de este libro editado por 17grises, Puebla se ubica en un lugar muy particular de la enunciación: el lugar de la angustia. Si la angustia es una manera de protegerse del trauma y de revivirlo pero de manera mitigada, en Maldita tú eres también es un lugar sumamente productivo. No hay pensamiento sin angustia, porque el pensamiento es el campo de la incertidumbre. En ese lugar tambaleante, la autora de Una vida en presente convierte la figura del maldito —o de la maldita, más precisamente— en un gesto refrescante: en la era de la posverdad, maldecir, ejercer resistencia contra el avance de la corrección política, es la única salida para abrir un espacio de reflexión. Los textos de Puebla son pequeños raptos de lucidez, luces al final del túnel: hay, todavía, en los márgenes, una manera de dar vuelta las ideas circulantes para desestabilizar el discurso imperante y salir de la guerrilla narcisista en que nos vemos sumidas las mujeres en el presente. 
No está claro en el debate público qué es una mujer ni quién es realmente el sujeto del feminismo. En este sentido, Maldita tú eres transita esta cornisa constantemente. Lo hace desde los márgenes, sin asumir posturas inflexibles, y sin dejar de tener en claro que, como señala en el prólogo, una de las mitades del mundo todavía no está en igualdad de condiciones con respecto a la otra. Paula horada una y otra vez el sentido común del discurso feminista para denunciar sus contradicciones, sus debilidades y, a veces, su hipocresía. 
Las preguntas que Puebla lanza al analizar la cultura y los medios de comunicación actuales son incómodas pero necesarias: ¿por qué un hombre no podría tomar la voz de una mujer y relatar un aborto en primera persona, como Carlos Godoy en Jellyfish? ¿Cómo no nos hizo ruido la serie sobre Luis Miguel y su retórica de amor romántico tradicional, en flagrante contradicción con los ideales de “responsabilidad afectiva” y otras ficciones pseudoteóricas que declama el feminismo hoy? ¿Cómo podríamos hacer -y recibir- hoy una versión siglo XXI de Atracción fatal, cuando todas las mujeres, incluso las hierveconejos, somos a priori víctimas?

Una de las operaciones más interesantes que hace Puebla para desarticular el discurso feminista light se da en su texto “Tolerancia millennial”, donde retoma una anécdota que es signo de los tiempos: Lena Dunham, la exitosa creadora de la serie Girls, tuiteó en una gala del Met que uno de los deportistas negros más famosos la había ignorado por no representar el estereotipo de mujer que se cogería, culpándolo, así, de no haberla convertido en objeto de deseo. Paula señala en ese episodio “el síntoma de la ética ultraprogresista que gira en falso y se canibaliza”, “el narcisismo sin control” y “el show victimista” construido por una de las referentes del feminismo progresista norteamericano. 
Robo acá una idea de Florencia Angilletta: si vamos a pensar el feminismo, es necesario hacernos cargo de las tres sombras que lo ponen en jaque: Marx, Freud y Nietszche en la triada clase, deseo y lenguaje. ¿Cómo hablar de feminismo sin hacernos una pregunta sobre la explotación que ejerce el capitalismo sobre todos? ¿Cómo proclamar los nuevos preceptos vigentes para las relaciones amorosas sin tener en cuenta que ni nosotras mismas conocemos nuestro deseo? ¿Cómo explicar el consentimiento informado si ignoramos que el lenguaje es pura opacidad? 
Los últimos cuatro ensayos de la colección son pequeñas joyas de la crónica periodística. En ellos, Puebla sale del escritorio y va al encuentro con el afuera para interpelar el lugar incómodo de la sexualidad. Striptease para mujeres, desnudez, infidelidad y fantasías sexuales son las excusas para una escritura que en esta sección no se entiende sin el cuerpo. Puebla pone el cuerpo, literalmente —va a una colonia nudista, al Golden, a un boliche swinger y hasta a un taller de sadomasoquismo— en un ejercicio de audacia y valentía: sin conclusiones prefabricadas, abierta a lo que le depare la aventura. Cuando la militancia se da de manera virtual y escapamos todo lo que podemos del encuentro con los demás, ¿qué mejor manera de capear la angustia que enfrentarse con lo Otro? En eso reside la importancia de este libro. 

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