La trama oculta

La muerte del fiscal Alberto Nisman es el punto gravitacional de “El estado del Estado”, la novela con la que Catón se prueba el traje de Arlt y muestra el detrás de escena de una ficción democrática.

FLAVIO LO PRESTI

Saber es poder, y mis contemporáneos y yo (en el medio de las ilusiones biempensantes de informarnos responsablemente, ponernos del lado de las causas correctas, indignarnos por lo que  corresponde, compartir nuestro propio punto de vista en las redes imaginando que esa participación, sumada a la emisión obligatoria del voto cada cuatro o dos años, contribuye a una convivencia virtuosa) somos los seres más impotentes que cabe imaginar: la información que somos capaz de agenciarnos llega a través de filtros basura, de la atomización pulviscular de Twitter y Facebook, de las decisiones editoriales a derecha e izquierda, en un paquete que incluye una respuesta emocional predigerida.
Trabajada a partir del suicidio del fiscal Alberto Nisman como punto de gravitación central, El estado del Estado, de Catón, funciona en primera medida como una máquina gozosa para contemplar nuestra impotencia, una versión ficticia de los lentes que encontraba el protagonista de They Live, de John Carpenter: esos lentes que frente a los letreros publicitarios permitían captar el mensaje subyacente, que no era otro que “obedecé”.
A pesar de que esta historia coral del presente está enfocada desde el punto de vista de uno de los muchos bandos que mueven los hilos de nuestra realidad trolleada, El estado del Estado no es una novela destinada a mostrar que ese bando es el responsable exclusivo de la masiva producción de fuerzas ficticias que alteran el sismógrafo social: es, como decimos, una ventana simulada que nos permite un vistazo a las bambalinas poshumanas de la ficción democrática.

En ese sentido, la ambiciosa breve novela de Catón se vale de instrumentos que toma prestado con acento propio (la lengua crispada y eléctrica de las novelas de Fogwill, la imaginación reflexiva e informada del mundo de la inteligencia que puede conectarse con la ficción de Jorge Asís, el acento pigliano en la idea valeriana de las “fuerzas ficticias”) para escribir una versión aggiornada de la narrativa de Arlt, en la que un equivalente del Astrólogo (en este caso un shifter narrativo muy inspirado en el oscuro Antonio Stiusso) circula por esa sala de máquinas superpuesta con la superficie de nuestro mundo blanco moviendo las poleas de sus alineamientos secretos desde una extraña condición ascética.
La figura de Maidana, el personaje del que hablábamos líneas más arriba, es clave para entender que así como muchos elementos de El estado del estado están conectados con la historia argentina reciente, todos ellos se autonomizan en un juego de sincretismos (Susana Miguens es al mismo tiempo Carrió y Bullrich, Martingala es y no es Galimberti, Resnik es una versión infernal –o angelical– de Nisman) dando lugar a una especie de ucronía en tiempo presente, cuya fórmula es ligeramente paradójica: la novela parece jugar a exhibir una versión de la Argentina como si fuera la Argentina.
Los deshechos de la clase alta que se dedican a pilotear avionetas del narcotráfico, los prostitutos de ambos sexos, las diputadas que coquetean con el proxenetismo, los trajes de Hugo Boss, la absurda crispación palaciega, la tensión entre el mundo judío y el mundo cristiano, y sobre todo formas carismáticas de encarnación del mal son explorados a través de una prosa que no vacila, que toma prestada de la velocidad de la información digital y de la tensión de las situaciones narradas su propio nervio y nos lleva de visita guiada por el cráneo de cristal de la República, ese fetiche, ese botín imaginario.

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