Sobredosis de tevé

La extraña relación entre escritores y televisión

FERNANDO KRAPP

Cuando la primera televisión bajó a la Tierra para meterse en el living de una familia tipo, nada fue igual en la cultura occidental, y hasta podríamos decir nada fue igual en el mundo. Muchos escritores y escritoras mantuvieron una política de distanciamiento al considerar el medio como un potencial enemigo (aunque las armas habían sido destruidas con la llegada del cine y la radio), otros en cambio, encontraron en ella un canal para difundir ideas y debates, o las ventas de sus libros. Hubo incluso muchos escritores que llegaron a tener sus propios programas de televisión.
La televisión fue comandada, al menos en Estados Unidos y en sus inicios, por gente educada en las mejores universidades. El escritor –gran escritor– Harold Brodkey trabajó durante muchos años para CBS en la parte de contenidos, William Gaddis fue guionista de documentales, y el poeta inglés Dylan Thomas trabajaba en las mesas de montaje de la BBC. El formato que mejor cuajó con los escritores, hasta el día de hoy, es el de la entrevista, pero también se los vió en los paneles de discusión, siempre un poco opacados por la dinámica diaria, la agenda cultural y política, tratando de armar algún tipo de argumento sobre temas de los cuales no siempre sabían.
En el caso argentino, la explosión de la televisión siempre estuvo tironeada entre las políticas estatales y las ambiciones del sector privado. Durante los años sesenta algunas señales se privatizaron con capital extranjero luego de que el peronismo comprara una gran antena y ubicara en las casas más de 7 mil televisores. Diez años después, las señales fueron estatizadas nuevamente durante el gobierno de Isabel Perón y la dictadura repartió un canal para cada unidad de la fuerza. En los ochenta y noventa volvieron a privatizarse las señales hasta tener más o menos la televisión que tenemos: esa que tiembla frente al avance inminente de lo digital. En ese marco, los escritores argentinos se asomaron tímidamente al medio, más como invitados que como productores. Salvo el caso de dos programas bastante paradigmáticos: El otro lado de Fabian Polosecki y Ver para Leer de Juan Sasturain. Cada uno en contextos distintos, canales distintos, apuestas distintas. Es cierto que podrían mencionarse también El secreto, conducido por la poeta Marina Mariasch en ese experimento que fue Ciudad abierta; Impreso en Argentina, un docu-ficción a cargo de Pedro Mairal y el ilustrador Juan Sáenz Valiente más en la línea del programa de Sasturain o incluso Cuentos de terror, la serie icónica de microprogramas que Alberto Laiseca grabó para la señal de cable I.Sat.

Volviendo al norte, y el motivo de esta nota: algunos presentadores estadounidenses que también fueron escritores, aunque no tan buenos. Uno de los personajes más extraños, carismáticos y siniestros de la televisión norteamericana fue William F. Buckley. Un hombre alto, peinado a la gomina, rubio y de ojos celestes, que tuvo un programa de televisión llamado “Firing the line”. Buckley se definía a sí mismo como un conservador de derecha. Había estudiado en Harvard y había logrado unir en su programa a la derecha con el anticomunismo ferviente que dio como resultado la elección de Ronald Reagan (algunas malas lenguas dicen que tuvieron un affair). Era un tipo educado, con un gran manejo de la oratoria y articulaba sus frases como un inglés de Inglaterra, aunque sus modales aristocráticos se perdían cuando alguno de sus entrevistados reaccionaba a las chicanas que pacientemente Buckley deslizaba durante el programa. Así fue capaz de decirle “nigger” a James Baldwin, “queer” a Gore Vidal  y “jewish” a Noam Chomsky, en pleno programa. Son muchas las entrevistas que Buckley hizo y muchos los escritores que se sometieron a sus preguntas “alla Fantino”, pero el debate abierto que tuvo con James Balwin es quizás el más recordado y al mismo tiempo el que mayor vigencia tiene (aunque con Gore Vidal tuvo una serie de encontronazos que fueron analizados en una película).

Inglaterra siempre estuvo a la vanguardia de los programas culturales. Malcolm Bradbury es quizás un escritor satírico y humorístico que nadie recuerde (su novela Eating people is wrong es bastante buena), pero en su momento gozaba de un gran prestigio y de una enorme fama. Era un hombre que fumaba un cigarrillo detrás de otro y llevó a su programa de televisión a varios escritores renombrados, como en el caso de esta entrevista a William Gaddis, en donde Bradbury se queja ante un Gaddis impávido de que ha escrito poco. El otro escritor inglés que tuvo un programa fue nada menos que Martín Amis. Con algo más de dirección de piso, y un poco más de manejo físico en su body language (Amis era casi un rockstar), acá lo entrevista a su ídolo y mentor: Norman Mailer.

Bueno, si hablamos de Mailer podríamos decir que es el prototipo del escritor televisivo, con un gran talento para el manejo del público en lo que Umberto Eco llamó la neotelevisión, esa forma de televisión que proliferó en los setenta y ochenta, en donde el espectador ve no solamente el show sino el proceso de cómo se hace. En ese procedimiento brechtiano, el espectador forma parte del show de una manera complice: Mailer fue un genio para entender eso, y estuvo en varios programas, sobre todo invitado por un curioso y ex estudiante de Yale, Dick Cavett, cuyo formato de show estaba más cercano al talk show y a la comedia. Digamos, más relajado que Buckley.

Last but not the least, Charlie Rose, que es algo así como el Antonio Carrizo de los americanos (aunque no haga tan buenas preguntas), tuvo como invitados a David Foster Wallace, prácticamente arrojado sobre la mesa; Jonathan Frazen, en uno de los outfits más graciosos de la historia de la moda literaria, y Mark Leyner, a quien Wallace le había pegado en varios textos pero acá se mostró muy polite. Ese show tiene uno de los argumentos más interesantes que se han dicho al aire, y quizás porque Wallace era muy consciente no del impacto que podía tener la televisión, sino el que ya había creado en su generación. Dice así: “La televisión ha sido para mí como un snorkel artístico hacia el universo. Y si bien creo que la televisión, que es divertida, requiere muy poco del espectador y no hace falta pensar mucho para mirarla, afecta a qué es lo que está buscando la gente en la ficción.”

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