Burguess king

Anthony Burguess, autor de La naranja mecánica, empezó a escribir cuando le diagnosticaron un tumor cerebral. Retrato de un escritor excesivo.

FERNANDO KRAPP

Siempre es relajante volver a Anthony Burgess. Quizás, leerlo hoy, pueda resultar anacrónico, viejo, vetusto, incluso cuando su prosa transpire – no hay mejor verbo para definir la odisea literaria de Burgess que transpirar – modernidad. Pero volver a sus páginas es un descanso visual frente a tanta autoficción, tanta autoreferencialidad chata, tanto cuento para concurso literario.
Burgess, de todos modos, se puso a escribir porque, según él, necesitaba plata: le habían diagnosticado un tumor cerebral y para dejarle algo de dinero a su esposa, decidió llenar con escritura sus tardes calurosas en el trópico malayo. Nació así lo que después se llamó su trilogía malaya, compuesta por Time for a Tiger, The enemy in the blanket y Beds in the east. Leídas en conjunto ofrecen un fresco sobre las ruinas del imperialismo inglés en Oriente. Si E.M. Forster o incluso Rudyard Kipling hicieron de una escritura un modo de atravesar el corazón de las tinieblas para traer noticias sobre tierras lejanas, Burgess llegó tarde; sus profesores y catedráticos están solos en el trópico. Se confuden con la lógica comercial del chiquitaje (todo el argumento de Time for a Tiger es un profesor tratando de comprar un auto usado). Y por supuesto, beben de más.
Algo que Burgess sabía hacer, y muy bien. A ciertos escritores les agrada hablar acerca de su cocina literaria. La metáfora culinaria es bastante floja, pero podemos reciclarla cuando hablamos de un escritor tan fanático de la comida como Anthony Burgess; quien no sólo era un regio cocinero, sino que también tocaba el piano en una banda de jazz, escribía de vez en cuando una sinfonía, redactaba guiones de cine, era políglota, hacía estudios estructuralistas sobre el lenguaje, reseñaba libros y encarnaba, como nadie, la versatilidad de eso que conocemos como el escritor profesional. Con semejante prontuario, Burgess no dejó de mitificar cada agujero de su vida con más literatura. El mismo escribió biografías de sus apóstoles literarios y en ellas insiste: lo que importa de una biografía es el personaje que resulta de una vida. En un pasaje de su extensa autobiografía (titulada, casi como una humorada típica de él, You have your chance), Anthony Burgess aseguró que una mañana, después de una noche transfigurada por el exceso de ginebra, quiso amanecerse con una nueva dosis etílica. La mano le tembló al aferrarse del vaso y su mujer (personaje muy importante en la vida de Burgess) le señaló: “You see, that’s a tremor of intent”. ¿Cuál es la relación entre esa frase poco sugerente y la novela que más tarde escribió usando ese título? Es decir, ¿qué tiene que ver una resaca con una novela sobre espías?

Pero antes de meternos en esa novela, volvamos un poco a Burgess y su vida como escritor. Decíamos que había empezado a escribir a los 42 años para dejarle algo de plata a su esposa, porque le habíam detectado un cáncer. Obviamente, el cáncer nunca llegó, pero sí llegaron otras novelas, algunos bodriazos (Luis Chitarroni lo catalogó como un “campeón desparejo”), y uno de los grandes clásicos de la literatura: una novela que también tiene a su esposa como responsable lateral de su escritura. Resulta que mientras Burgess cumplía sus funciones como profesor de inglés en el Peñón de Gibraltar, su casa en Inglaterra fue salvajemente violentada por un grupo de jóvenes. La esposa de Burgess fue violada y golpeada.

Burgess tomó esa historia dolorosa y la convirtió en uno de los alegatos sobre la violencia más crueles y salvajes de la historia de la literatura. Lo paradójico es que las intenciones del escritor habían sido las opuestas a las que generó la novela; su idea era entender a un criminal para al mismo tiempo costruir un relato moral. De ahí que escribiera un capítulo (el famoso capítulo 21) donde el personaje principal, Max, entiendo que ahora es adulto y tiene que dejar atrás su vida delictiva, tener un hijo, buscar un trabajo, etc.
La novela fue un éxito gracias, en parte, a que la casa editora en Estados Unidos le voló el último capítulo. Burgess había construido un idioma especial para su novela, que mezclaba el argot londinense, el ruso y algunas palabras del malayo. Max y sus amigos se movían en una sociedad futurista en donde el estado ponía en funcionamiento un aparato pavloviano para corregir a los criminales. La naranja mecánica se tomaba el lujo, podríamos decir, de reescribir a Crimen y castigo de Dostoievsky.
A partir de ahí, la carrera de Burgess explotó (hubo una adaptación de Stanley Kubrick que no es lo mejor del director) aunque siempre renegó de la novela. Para él, hubo otras novelas que son mejores que esa. Y algo de razón tiene. Los fanáticos de él suelen coincidir en que Poderes terrenales, publicada hace varios años por Ediciones B en dos tomos, es la cumbre de su relectura tolstoiana. Quien se meta en esa odisea lingüística sobre un escritor refinado aunque de segunda (que muchos compararon con Gore Vidal) y la confrontación con su hermano que es nombrado el nuevo Papa, no tendrá más que gozar del puro arte de narrar. Burgess se toma el trabajo de contar un siglo de la historia de Europa y su relación cultural con Estados Unidos, como si estuviera invocando al fantasma de Francis Scott Fitzgerald.

En toda su obra tiene dos rarezas publicadas por Acantilado: una novela histórica sobre Napoleón concebida como una pieza musical (Sinfonía Napoleónica) y una divertida parodia de la novela de espías que tiene una relación con esa anécdota que contábamos antes: el movimiento que hace la mano de un borracho cuando intenta servirse una copa de desayuno. Para esta reedición de Tremor of intent, novela publicada en 1966, el traductor optó por resumir el título como Vacilación (existe una versión argentina de 1972, con una traducción más literal, Trémula intención). Burgess estaba cansado de las novelas de espías que proliferaron en la década del sesenta, durante la Guerra Fría, con sus modelos de masculinidad y sus nuevos estereotipos de héroes; novelas que, aseguraba él, eran meras servidoras del imperio norteamericano, algo que un inglés a rajatabla y católico desencantado no podía tolerar. Así que tomó el toro por las astas y escribió él su propia novela sobre el género. La historia es más o menos así: Denis Hillier, un viejo espía inglés, amante de la comida y de las prostitutas, tiene que hacer una última misión para poder retirarse: rescatar a Roper, un importante científico y amigo de la infancia, que decidió cruzar del otro lado del muro para jugar a los Halcones Galácticos y conquistar el espacio. Roper detesta Inglaterra, y a Dios. Y más que nada detesta a su ex mujer tanto como la ama, así que para poder olvidarla, se muda del lado ruso para poner al servicio del partido todos sus conocimientos.

Obviamente, la trama se dispara para cualquier lado y la narración se pierde en detalles delirantes descriptos con cinismo y humor: Hillier en un crucero por el Adriático compitiendo con un misterioso rumano vendedor de información a ver quién come más de la cuenta en un banquete pantagruélico; Hillier teniendo relaciones sexuales siguiendo el kamasutra con una mujer hindú; Hillier del lado ruso acusado por los propios rusos de ser un espía de Moscú. Es que en su afán por querer demoler la novela de espías, Burgess no cae en la parodia de John Le Carré o Ian Fleming, sino que desanda el camino de la literatura para reescribir al Chesterton de El hombre que fue Jueves (origen de la trama de espionaje en clave surrealista) y transfigurar a Vacilación en una novela de ideas.
La lucha entre el bien y el mal toma una dimensión religiosa. Los personajes hablan y hablan sobre la existencia de Dios y se preguntan qué hay (o habrá) después de la muerte en contextos bastante extravagantes. Cada detalle cobra entonces una significación análoga a la idea ya implícita en el subtítulo (que esta edición no incluye): An Escatological Spy Novel. El término “escatológico” refiere no sólo a su sentido vulgar, sino a una rama de las religiones centrada en la pregunta: ¿qué va a pasar cuando todo acabe? Pregunta potenciada por el contexto nuclear de la época. Fiel a su acérrimo catolicismo, Burgess no encuentra la respuesta en la oposición de los modelos, sino en su complementación absurda. Al no haber una dicotomía clara, un mal definido, o mejor dicho, una vacilación del mal, Hillier está predestinado a no cumplir su misión y encuentra en su búsqueda una redención liberadora de sus pecados. Una vez más, es el dominio que Burgess hace del arte de narrar que, con un estilismo soberbio desplegado sin vacilación, no deja de entretener en cada una de las oraciones disparadas con su habitual maestría.

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