El fuego de la especie

La pasión como materia elemental del arte y la literatura.

Maximiliano Crespi
Les amants de René Magritte
(Óleo sobre lienzo, 1928)

En las páginas de La anomalía salvaje, Antonio Negri afirma que las parejas “alegría-tristeza” y “amor-odio” son las partículas elementales de todo esquema de proyección y constitución del mundo. En el origen hay pues una tensión que devuelve cada rostro a su contrario. El subversivo Spinoza había resuelto ya la concurrencia: el deseo que brota de una tristeza o de una alegría, de un odio o de un amor, es mayor cuanto mayor es el afecto. La gradación es a la vez cualitativa y cuantitativa. Por eso, Negri puede hacer extensiva la dinámica del conflicto pasional al horizonte afectivo del proceso en que se forja el vínculo de las relaciones sociales.
Las pasiones se materializan siempre en la tensión dramática. De ese modo dan cuerpo a la dinámica de un conflicto que muchas veces toma la fuerza del antagonismo y de la destrucción recíproca. Del lado de la literatura que se pone en escena, Shakespeare y Racine añadirían una verdad que se instruye en la forma siempre melancólica de la paradoja: la tragedia de la pasión es el triunfo de la pasión.

La pasión no es la cupiditas (el reconocimiento acreditado de la pulsión física en el appetitus) ni es el amor mismo (organizándose en la experiencia social). Es la tensión sutil que va de una a otra sin ceder por completo a ninguna de ellas. Ocurre, decía el filósofo de Ámsterdam, en el borde del ser y como una resistencia al mando y a la demanda. Ahí radican tanto la inocencia como la insolencia de la pasión: en el hecho de ser una fuerza que se quema en resistencia que Roland Barthes supo vincular a la noción griega de ἰσχύζ (isjus: energía, tensión, fuerza contraria). Su vida es tan breve como intensa y turbulenta es su irrupción. Por eso el género por antonomasia de las pasiones es la tragedia y por eso también la metáfora ígnea es la que mejor describe su brillo, su fulguración excesiva y su fugacidad. La pasión, recuerda los Fragments, es tan difícil de escribir como de ocultar: “está hecha, por esencia, para ser vista” y muchas veces incluso, larvatus prodeo, para que su propia ocultación se vea.
Toda pasión arde por un espectador. Que en la letra de Pasional, “un tango de cuatro estrofas”, Mario Soto ensaye siete variaciones distintas de la metáfora ígnea, da cuenta tanto de la pertinencia de esa imagen como de la exigencia que el tema impone en tanto desafío poético. Como enseña la filología clásica, y como recuerda Benjamin en su lectura de Julien Green, la passio es la materia última y elemental de la literatura porque en ella conviven el sufrimiento y el arrebato —es decir, la experiencia de lo propio y la de la enajenación.

Pasional, por Rubén Juárez
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