El fin de la histeria

Luciano Lutereau y la relación entre el psicoanálisis y la conversación de las mujeres.

Paula Puebla

Es Doctor en Psicología y Doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Es docente e investigador, y autor de numerosas publicaciones de títulos inquietantes como Ya no hay hombres, ensayos sobre la destitución masculina (Galerna, 2016), Edipo y violencia. Por qué los hombres odian a las mujeres (Letras del Sur, 2017), Galanes inmaduros (Letras del Sur) y El psicoanálisis es una conversación entre mujeres (Qeja, 2020), que, compilando una serie de clases dictadas y corregidas para su edición, llega a librerías vaticinando “el fin de la histeria” .
Luciano Lutereau vuelve sobre un tema recurrente. Como en El psicoanálisis no es un trabajo (Queja, 2019), pregunta y se pregunta acerca de la práctica psicoanalítica tanto en su instancia “de consultorio” como en la de divulgación, aunque esta vez bajo la herida que le ha abierto la lanza de la era feminista. Entonces el adentro y el afuera son puestos en tensión, no como dimensiones antagónicas, ni tampoco únicamente en la voz de los pacientes que llevan a análisis mochilas cargadas del peso de su singularidad. El autor abre interrogantes como psicoanalista, incluso ante colegas, y se debate sobre el propio rol de la disciplina en el discurso social caracterizado por la infantilización (entre otras pestes). Lutereau sostiene que feminismo “vino a mostrarnos que hay ciertas categorías clásicas del psicoanálisis que están en crisis” al tiempo que este “avanza contra la subjetividad patriarcal”, “como si el psicoanálisis hubiese sido una primera forma de feminismo, un feminismo antes del feminismo”.

Me gustaría comenzar por el título del libro, donde hay un interés por aproximar una definición de psicoanálisis. Ahora bien, quisiera ir a la inversa. ¿Qué es una conversación entre mujeres, qué hay en una conversación entre mujeres, que la haga compatible con el psicoanálisis?
— Como la mayoría de mis libros, este tiene un título muy personal. La “conversación entre mujeres” nombra para mí un recuerdo infantil, en la casa de mis abuelos, cuando los varones se reunían en el escritorio de mi abuelo y las mujeres en la sala de costura de mi abuela. Las mujeres conversaban de cosas mucho más interesantes para mí; no sé si los varones conversaban, ahí la palabra circulaba de otra forma, diría que más bien se comunicaban, pero no tenía ese ida y vuelta que yo escuchaba en las mujeres, algo que causaba mi curiosidad. Esto me recuerda que Freud decía que el psicoanálisis es un tipo de conversación, no como aquella que se da en la vida cotidiana –en la que se habla para transmitir información– sino en la que se dicen cosas a veces sin saber muy bien por qué se las dice, pero que se vuelven fundamentales. Esto es algo que a un varón lo puede irritar bastante –¡bueno, ya, andá al grano!–, incluso en mi propia práctica fue un obstáculo: cuando escuchaba mujeres en análisis, sobre todo si eran de las que padecen de histeria, me podía volver un poco hostil, ¡yo quería que dijeran eso que les pasaba! Que no dieran tantas vueltas, que tampoco fueran como esas histéricas que hacen de un pequeño detalle un signo a ser develado, por esa relación que tienen con el saber (por ejemplo, cuando se ponen celosas, ¿qué son los celos sino un ardiente deseo de saber?), pero que estaba redoblada por mi relación con el saber: diría que tuve que desandar mi interés por la teoría para recuperar esa posición más cercana a la curiosidad infantil, una curiosidad sin fin, más bien sin finalidad, porque no es infinita. Un analista demasiado curioso es un problema, es un chismoso encubierto.

En el desarrollo del texto, a través de los casos que evocás, hablás del fin de la histeria, decís que cada vez hay menos histéricas —en su sentido estricto, si lo hubiera. Luego establecés que la histeria se ha desplazado al discurso social del siglo XXI. ¿Cómo definirías ese lazo social histérico? ¿Qué relación guarda, si guarda, esa forma de aproximarse al mundo con el advenimiento de estos nuevos feminismos?
— En la época de Freud, lo común era que el deseo fuera principalmente un atributo de los varones. No quiere decir esto que las mujeres no desearan, sino que el deseo de las mujeres no estaba autorizado socialmente. La esfera pública era para que los varones realizaran sus deseos y las mujeres, por ejemplo, se refugiaban en la fantasía. Así es que Freud pudo descubrir el psicoanálisis a través de la histeria femenina y definir su síntoma como la expresión de una fantasía reprimida. En la fantasía, las mujeres no deseaban al marido, sino al cuñado, o tal vez a otra mujer. En este punto, pienso cómo para las mujeres la relación entre deseo y fantasía se continuó hasta la época de oro de las telenovelas, que permitían que una mujer deseara a otros, mientras se dedicaba a las tareas de la casa. Hay un libro bellísimo de Liliana Viola, que se llama Migré, que bien puede servir para profundizar en esta cuestión. Pienso cómo algunos homosexuales cumplieron la función de analistas del deseo de las mujeres, por ejemplo, también García Lorca en Yerma. Creo que esto demuestra una idea importante del psicoanálisis: el deseo no tiene identidad, un varón puede tener una práctica sexual activa con otros varones, pero eso no quiere decir que no tenga un deseo cuya causa puedan ser las mujeres. Pero, ¿qué es lo más propio de la histeria femenina? En una sociedad que situaba el deseo en los varones, su realización pública, a la mujer le quedaba la venganza. Si algo caracteriza a la histeria es la venganza. Deseo y venganza son dos cosas que siempre van de la mano. Donde hay un deseo, siempre hay alguien que se venga. El deseo es lo más insoportable para la sociedad. Típico ejemplo de venganza histérica: la mujer que descubre la infidelidad de su marido y, por ejemplo, le rompe el auto. ¿Qué es histérico en esta venganza? En análisis no es raro escuchar que el reproche de infidelidad lleve la huella del deseo que ella misma no pudo actuar. Por lo general, la histérica se venga de tipos que no le importan. Sin embargo, como vengo diciendo hace tiempo y lo explico mejor en este libro, la nuestra ya no es la época de la histeria, aunque que las hay… las hay. En nuestra época, las mujeres se le animan más al deseo, ya no tienen tantos reparos para actuar, van al frente. Por ejemplo, una mujer ya no fantasea con Brad Pitt mientras espera a su marido, sino que quizá tiene una relación ocasional con un compañero de trabajo y le plantea a su pareja abrir la relación. Las conquistas del feminismo desterraron el sufrimiento histérico, al menos para algunas mujeres. También es cierto que hay mujeres que pueden usar el feminismo para venganzas histéricas, pero ese ya es otro tema. La locura de quienes se sirven de un discurso para ajustes personales no se puede atribuir a un movimiento que, para mí –un varón que no es feminista, pero tampoco quiere ser lo contrario, menos hoy que la agenda mediática busca a su referente anti-feminista con la mascarada de feministas cool–, renovó la sociedad, hizo visibles ciertos problemas y trajo una nueva ética del lazo: la sororidad, que no es el lazo histérico basado en la causa común, en el chisme, en la identificación, en la objeción. Tendría que pensar mejor estas cosas, pero diría que los feminismos dieron a las mujeres una posibilidad inédita: un lazo que no se asocia con la histeria y no se reduce a la venganza.

Decís que la indignación es una de “las más neuróticas pasiones”, que la denuncia pública se transformó en una forma de resolver un malestar, que asistimos a un tipo de subjetividad infantil donde “todo aquello que no gusta puede ser sancionado” —de la censura a la cancelación, de las shit storms en redes al escrache, etc. Lo que conduce a pensar que, ante esta “nueva normalidad de género”, se renueva la gran dificultad para convivir con la alteridad. ¿Qué puede aportar el psicoanálisis a estas problemáticas que toman un carácter masivo?
— El psicoanálisis no aporta mucho a nada. Es una práctica que sirve para bastante poco, pero para esas dos o tres cosas que sirve, funciona mejor que nada. Por ejemplo, para revisar la dependencia amorosa, que no se resuelve con consignas ni con discursos, sino en un espacio íntimo en el que no solo hablar de esa dependencia, sino también vivirla. Por eso algunas personas huyen del análisis, prefieren buscar seguridades. Esto es algo muy nuestra época: la búsqueda de la seguridad, el pragmatismo terapéutico, la respuesta anticipada que evita la experiencia. El psicoanálisis no es una cosmovisión y lo que lo pone a salvo de eso es un analista que tenga una visión personal del mundo. A veces se confunde esto con tener prejuicios; no lo creo, más bien pienso que hay cosas sobre las cuales se puede tener un punto de vista y que no sea irreflexivo. El problema es que una analista sin posición personal se pone a hablar en nombre del psicoanálisis y ahí tenés un problema muy común hoy: debates del psicoanálisis con los feminismos que son de una impostura enorme. A mí ese tipo de cuestiones me parecen una boludez, creo que tantos psicoanalistas en lugar de salir a chillar contra los feminismos, deberían pensar mejor por qué les resultan tan incómodos y hablar en nombre propio. A mí cada dos por tres me revientan la casilla de mails personas que se dicen feministas y que se enojan con lo que escribo, pero no voy a construir un debate donde hay otra cosa menos digna. El conflicto en el siglo XXI no es entre psicoanalistas y feministas, es más bien entre quienes trabajan gratis de trolls (no solo en redes) y quienes no lo haríamos ni por todo el dinero del mundo. Hace poco una amiga feminista me dijo que el problema del feminismo actual son a veces las propias las feministas. Le dije “Bienvenida al club, hace años que los psicoanalistas somos la principal resistencia al psicoanálisis”. Le pasa a todos los movimientos que subvierten lo social.

¿Cuáles son los más grandes equívocos en esa aparente pulseada entre feminismo y psicoanálisis? He leído (y leo) innumerables comentarios, incluso argumentos, que constatan que el psicoanálisis tiene una base machista y se reclama un “psicoanálisis con perspectiva de género”. ¿Qué pensás que hay en esa demanda o esa pretensión? ¿Es una puja por una nueva ética o algo más?
— Como desarrollo en el libro, el psicoanálisis es una teoría surgida en el seno de una sociedad patriarcal, pero que inventó el primer método para liberarse de la misoginia; es decir, la teoría lleva las huellas de su época, pero la práctica no se reduce a los términos o conceptos con que se piensan ciertas coordenadas. Por ejemplo, hace poco discutí con una colega que planteaba que la envidia del pene no existe. El problema es que esta colega, analista con “perspectiva de género”, cree que esta noción quiere decir que una mujer quiere tener un pene. La literalidad con que a veces se lee a Freud es abrumadora. La envidia del pene es un término para nombrar una serie de vivencias psíquicas, la primera de las cuales es la subjetivación culpable de la mujer, culpa respecto del amor del otro; es decir, envidia del pene nombra un tipo de subjetivación patriarcal, basado en la creencia de que el amor puede reparar algo de nuestro ser y si no somos amados, es por nuestra culpa, porque algo hicimos mal. Freud llama “femeninos” a quienes padecen el amor de esta forma; quienes, por ejemplo, si el otro no responde es porque –creen que– está enojado, o bien porque se fue con otro/a (esto explica el fundamento femenino de los celos, antes que histéricos) a quien le va a dar lo que no nos da a nosotros, porque ser culpables es que no nos den (y encontramos mujeres en análisis para las cuales es muy difícil creer que se merezcan algo; dicho en freudiano: ¡creen que no tienen!) y predispone a la melancolía. Esa articulación entre culpa-amor-celos es el nudo femenino, que secundariamente se puede sintomatizar como histeria, aunque cada vez en menos casos. Hay un sufrimiento femenino en análisis hoy en día que todavía explica la vigencia clínica de la noción de envidia del pene. Para mí el problema es que además esta colega se dice psicoanalista. ¿Para qué le interesa hacerse llamar analista si no le interesa la interpretación femenina del complejo de castración? Puede ser que no le guste el sufrimiento femenino. A mí tampoco, pero tampoco negar que exista lo que no me gusta. El modo trivial en que colegas quieren hacerle críticas al psicoanálisis después de haber leído dos o tres libros sobre género es un problema. Es un problema que lecturas los hagan renunciar a la clínica, a escuchar a sus pacientes, para pensar de acuerdo con “lo que está bien”.

Es sabido que los aconteceres sociales llegan más temprano que tarde al consultorio, que los discursos feministas han permeado gran parte de las subjetividades —incluso aquellas que dicen oponer cierta o total resistencia. Aquello que está afuera, viene y, de alguna manera, se sienta delante del analista. Ahora bien, ¿cuál es el objetivo del psicoanálisis en el debate público, del psicoanalista cuando toma la palabra por fuera del consultorio? ¿Qué aporta y cuáles considerás que son sus riesgos?
— Un desafío de nuestro tiempo parece ser cómo constituir una voz pública que esté a la altura de las circunstancias, que no sea meramente auto-afirmativa y dirigida a los propios. En psicoanálisis este problema existe hace años, y así es que fue fácilmente desacreditado por otras propuestas terapéuticas o cuestionado por aquellos que, al escuchar hablar de la falta, la angustia, etc. piensan que sus problemas son demasiado concretos como para tratarlos con un existencialismo de segunda marca. Muchos de los textos de divulgación del psicoanálisis no hacen más que enojarse con los pacientes porque no son como deberían ser; porque son: neoliberales, sujetos del capitalismo, etc. La moral psicoanalítica es una queja agónica, que no enamora, por eso a los analistas nos cuesta tanto hablar por fuera de nuestros guetos y, mucho más, que nos escuchen. Hacia una encrucijada semejante parece caminar el feminismo, incluso siendo un movimiento popular hoy en día. El psicoanálisis también lo fue; pero después viene la parte en que la palabra (psicoanalista/feminista) ya no quiere decir nada, porque se usa de cualquier modo, el mercado se la apropia a su gusto y, con un poco de tiempo, la descarta. Constituir una voz pública que esté a la altura es un desafío enorme, el psicoanálisis no lo logró –hasta las feministas se quejan de los analistas, sin tener idea de esta práctica, muchas veces criticando textos como si el psicoanálisis fuera eso: un objeto de estudio–, ojalá el feminismo lo logre. Espero no cometan los mismos errores que el psicoanálisis en los debates públicos, porque después la efervescencia pasa y la auto-afirmación, la razón periodística, el gueto, eran lo mismo que había al principio y nada llega para quedarse sin una reflexión sobre las estrategias comunicativas, salvo que lo único que te importe sea el beneficio personal que podés obtener de la marea.

De tu experiencia en el consultorio en los últimos años, ¿cuáles considerás que son las fricciones más dolorosas entre ese discurso feminista, potente y arrasador, y el deseo? ¿Cómo recae lo público en la esfera íntima —amorosa, sexual, etc— de tus pacientes?
— La semana pasada terminé de dictar con Marina Esborraz un seminario con el título “El fin de la histeria”, en base a este libro. Terminó con cuatro preguntas, para no abrumar te cuento una de ellas: la necesidad de revisar el “complejo de masculinidad” como salida del complejo de Edipo, a contrapelo del deseo de hijo que –más fácilmente– llevaba a la histeria en otro tiempo. Este complejo no quiere decir que una mujer sea masculina, sino que conflictos que vivían solamente los varones hoy son cada vez más “comunes”. Ejemplos típicos: mujeres casadas o en parejas estables que sistemáticamente recurren a amantes para sostener el deseo en relaciones con tipos que les dan seguridad, a los que aman, pero no le pasa mucho sexualmente; varones que son amantes de mujeres casadas y hacen escenas para que ellas se separen, porque se enamoran y cómo sufren esos muchachos; mujeres que quieren un varón que quiera estar en pareja, pero cuando encuentran uno disponible les parece un bobo; reforzamiento celotípico del interés por los varones seductores; varones que solo pueden querer mientras no se les pida nada; etc. Nada de esto tiene que ver con la histeria. Sin duda quedan algunas, pero son residuales. Ahora bien, qué increíble que haya quienes discutan la vigencia del Edipo en el siglo XXI, lo mismo que quienes fuercen estos fenómenos para hacerlos entrar en la histeria clásica. Hacer clínica es trazar distinciones. Y es verdad que el Edipo de hoy no es el del siglo XIX: los varones no salen del Edipo negativo (basado en la pasividad con el padre, con la consecuente “destitución masculina” como la llamo hace varios años), ellas salen por el lado del complejo de masculinidad (que no es la identificación viril de la histeria, basada en alienarse al deseo de un varón). Esto implica repensar no solo categorías diagnósticas, sino el alcance de algunos conceptos (“complejo de masculinidad”, al igual que “envidia del pene”, no son expresiones felices, pero nombran fenómenos muy definidos) y formas diferentes de tratamiento respecto de las tradicionales. Más grave es seguir pensando cómo neuróticos (o histéricos) conflictos que no lo son. Antes que estar discutiendo vanamente con los feminismos, me parece más interesante que los analistas piensen su práctica y la compartan. Este libro, al igual que los escribo de un tiempo a esta parte, no dice qué es el psicoanálisis en abstracto ni como debe ser, ni siquiera busca una defensa general del psicoanálisis, sí cuenta cómo trabajo y para mí eso es lo que importa hoy.

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