Tu cuerpo es un vidrio esmerilado

La provocativa primera novela de Gabriela Borrelli Azara convierte el vidrio en una metáfora de la violencia y la opacidad.

Paula Puebla

Si un grupo de personas se propusiera escribir cinco líneas sobre la palabra “vidrio”, los resultados sin duda serían de lo más diferentes entre sí. Por la amplitud de sentidos del significante, y por su variedad de usos, es posible que esas breves y lúdicas narraciones involucren de botellas a parabrisas, de lentes fotográficas a tazas de té, de ventanales a pantallas táctiles, y contemplen su peso, su color, su textura en amplia diversidad, aunque sin pasar por alto la característica que más inherente le es: la translucidez. Gabriela Borrelli Azara escribió Vidrio (Club Hem, 2020), una primera novela que desde el título invoca la esencia del material para poner en discusión su ilusión de transparencia y tralucidez. La historia de Laura, una joven instruida en un colegio de monjas y de clase media que es ingresada a un penal de mujeres, se resiste a ser atravesada por la luz y las razones de la detención —los hechos, aquello que determinará su inocencia o culpabilidad en la audiencia que deberá enfrentar en treinta días—, permanecen en la penumbra de la memoria. Como si el vidrio fuera un vidrio esmerilado la novela nos introduce mete en una zona de opacidad, una opacidad que impacta a varios niveles, para desmenuzarla, para indagar acerca de lo que pasa entre la acusación y la culpabilidad en una época en que la presunción de inocencia es empujada a la cornisa de su extinción.

Es una escena corta la que Laura sí recuerda, una serie de fotogramas que no alcanza para explicar por qué amaneció junto a Luis, muerto a cuchilladas, y a su novia Lorena, desnuda e impávida, que contemplaba la imagen como si se tratara de la famosa pintura de Francisco de Goya El Aquelarre. Cómo llegó allí, cómo sucedió el asesinato del amante de ambas, la protagonista no lo sabe. Y le duele pensar que su camino a la luz, al recuerdo, a la verdad, se haya ido con Lorena, “que tal vez todo se escapó con ella por esa ventana”. Sabe Laura que puede “estar en el limbo mucho tiempo”. Ese estado de amnesia garantiza no solo el encierro en aquel bache inasible de sucesos, inconveniente e incriminatorio en lo judicial, sino el encierro en Ezeiza, junto a casi trescientas reclusas que se encuentran allí porque no tienen “otro lugar”. En ese sentido, Laura está atrapada dentro del presidio, dentro de una estructura carcelaria opresiva, y dentro de su propio blackout, sus represiones. Borrelli no escatima palabras para describir situaciones de sometimiento e indefensión al mismo tiempo que protege a su personaje principal de convertirse en víctima de nadie más que de sí misma. Incluso cuando las cosas ahí adentro se complican.

La autora de los poemas de Hamaca Paraguaya (Patronus) urde el tapiz del universo carcelario lleno de los colores que toman el imaginario popular y su propia plasticidad para sumergirse de lleno en la sordidez. Los relatos de Laura que transcurren en la ciudad son casi tan pardos y viscosos como los que suceden dentro de la cárcel. Lo que sugiere una maniobra donde el adentro y el afuera (o el pasado y el presente) se juntan para interrogar al lector sobre el significante “libertad”, sobre aquello que alguna vez se tuvo en la ignorancia de que se lo tenía y hoy se lo aprecia con melancolía por no haber sabido apreciarlo.

La violencia es una constante en esa vida que colapsó a cuchilladas y en esta, la de la Laura reclusa, que sabe que sobrevivir en la prisión no es para nada un ejercicio que pueda hacerse en soledad. Desde el comienzo mismo de la novela, Borrelli trabaja para revelar la estructura de poder que sostiene (y en la que se sostiene) un presidio: “¿No traés nada en el culito, no? Cuando saca el dedo, mete el mismo sin limpiarlo en la concha. ¿Y en la conchita?”, versan las dos primeras líneas de la primera página de la historia en la voz de una agente del servicio penitenciario. Pero claro que esa maniobra no queda restringida a las guardias y las autoridades, no es un bocado de tiranía que corresponda solo al orden institucional. La violencia se replica sin remedio entre las reclusas donde también hay jerarquías, castas, tribus y estratos. Las heavys, las evangélicas y las mulas son las opciones que Laura ve para transitar lo que, supone al comienzo, serán treinta días. Sin embargo, no pasa demasiado hasta que La Cata advierte que su cabellera blonda resalta sobre la opacidad de las demás y la somete, física, psicológica y también sexualmente, como el peor de los hombres: “La Cata me obliga a bajar hasta su concha, tiene todavía en pantalón, pero el olor ya se me mete en la nariz. La otra me aprieta los pezones cada vez más fuerte y siento que me van a empezar a sangrar. Dale, nena, arrancá, ¿o querés más previa?”.

En la escena en la que Laura es sometida por La Cata no hay espacio ni tiempo para perspectivas feministas porque pone en conflicto un equívoco de coyuntura que indica que el poder cambia de acuerdo al género de quien lo ejerza, en un franco retorno a principios que nada tienen que ver con la cultura en la que estamos inscriptos. A partir de eventos de este tipo, y empujada por un malestar inédito que crece dentro de su vientre, es que Laura busca zafarse del destino de convertirse en esclava y comienza a buscar alianzas, alternativas y estrategias de supervivencia en un ambiente hostil y opresivo, donde el futuro puede desvanecerse apenas por distracción, por somnolencia. Ahí adentro, nadie es dueño de nada, menos del propio cuerpo, una unidad de medida que se vuelve presa fácil de la decisión de otro. Resignada al olvido, y enterada de la declaración de su amada Lorena, Borrelli Azara involucra entonces a su protagonista con sus pares, las menos pesadas pero no por eso cautivas de la ingenuidad o menos dispuestas a jugárselo todo. Erica, María, La Deli, La Barby se convierten en sus aliadas y juntas se enlazan en una red sigilosa que buscará desmontar el poderío de La Cata y sus acólitas. “Esto que soy y la familia que tengo”, dice una Laura que ha cambiado la piel, que se ha renombrado La Pol y que ha elegido dentro del penal a su propia familia. Y es en este punto de la historia donde, librado de su esencia, el vidrio vuelve a aparecer como metáfora de lo que acecha bajo la opacidad. Pero esta vez Laura Morelli si va a recordar.

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