Los círculos expansivos

Además de ser uno de los grandes editores estadounidenses, William Maxwell fue el autor de una obra personal que asimiló la novela decimonónica y los clásicos rusos desde su reelectura a Henry James.

FERNANDO KRAPP

William Maxwell perteneció a una clase de editores que hoy son especies raras de encontrar. Esos tipos que se metían en la cocina de la escritura y se amistaban con sus escritores que, más allá de una relación de interés y de cordialidad mediada por la fantasía comercial y el hambre de batacazo, mantenían un compromiso ético y estético con el material literario que intervenían. Con su alta cultura, su saber refinado y su aire provinciano, Maxwell se recibió en Harvard y se unió a esa extraña cofradía de editores (entre los que pueden mencionarse a Harold W. Ross, William Shawn, en Estados Unidos, y más para acá, Jorge Alvarez o José Bianco) escalando en The New Yorker hasta convertirse en la estrella. Sus marcaciones se hicieron leer en los manuscritos de algunos “nenes” como John Cheever, J. D. Salinger, John Updike, Flannery O’Connor o Eudora Welty.
Su fama de buen editor se hizo notar con rapidez; muchos remarcaban que tenía un buen tacto para decir lo que no le gustaba pero con clase y que su perseverancia en trabajar en función de la literatura y no del ego del autor era sorprendente. Pero también la admiración y el respeto eran porque Maxwell, cuando opinaba sobre los manuscritos, sabía; sabía de escritura, sabía sobre lo que significaba escribir un libro, más allá de editarlo para mejorar sus ventas o su estructura. Maxwell también escribía y a la par que editaba, estaba creando una obra personal, una manera de releer la novela decimonónica y, en especial, el realismo ruso tomando como punto de referencia en esta relectura a Henry James. Libros del Asteroide publicó en español su novela más conocida y famosa (por la que obtuvo el codiciado Nacional Book Awards en 1980) Adiós, hasta mañana, que junto a La hoja plegada y Vinieron como golondrinas funcionan como una trilogía oblicua con un fuerte anclaje autobiográfico.

Esta última es en rigor la que da un inicio a las tres; narra la historia de la muerte de una madre desde el punto de vista de sus dos hijos y su marido. Dividida en tres partes, con una voz limpia heredada del realismo de Turgueniev, en especial de Padres e hijos, Vinieron como golondrinas se centra en la muerte de Elizabeth por una peste que asoló a los Estados Unidos. Esa muerte, sutilmente contada durante toda la novela, ondula y modula de un punto de vista a otro sin caer en la primera persona. En un principio, Bunny, su hijo menor, observa a su madre con devoción, como si su madre fuera un ángel inalcanzable e indestructible. Cuando la guerra con Alemania termina, la narración cambia de punto de vista; narra la historia el hijo mayor, quien tiene que enfrentar la enfermedad de su madre y las largas noches asoladas por la fiebre y la peste. Robert siente una fuerte responsabilidad por su madre a quien debe cuidar. Finalmente, para su marido, James Morison, Elizabeth es el sostén de una familia que sin su presencia genera un efecto erosivo en la estructura familiar hasta su disolución.

Chejov solía llamar “catarsis diluida” a los finales dramáticos de sus obras de teatro; el clímax nunca llegaba, pero por debajo los personajes terminaban aceptando el destino con resignación mientras su vida cotidiana avanzaba patética sin augurar algún final posible. Del mismo modo, Maxwell señaló que su novela debía ser leída de la siguiente manera: “Si uno tira una piedrita a un estanque, se crea un círculo concéntrico. Y si tira una segunda piedra, se crea otro círculo expansivo dentro del primero. Con una tercera piedra, habrá tres círculos expansivos antes de que el estanque recupere su quietud gracias a la fuerza de la gravedad. Yo quería que mi novela fuera así”. Probablemente, Maxwell al definir la forma de su novela (piedras que caen sobre el agua y generan círculos parecidos a las ondas silenciosas que simulan sonidos), haya pensado también en las intenciones de quienes perdidos en sus cavilaciones arrojan las piedras para ver cómo desaparecen dentro de una masa de agua, cuando las fuerzas de un hecho externo arrasan con las voluntades de una familia y hacen que se enfrenten impávidos y tristes a decisiones indeseadas.

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