Una paseo peligroso

En El duelo de los ángeles (Pre-textos), el antropólogo mexicano Roger Bartra revisita a Kant, Weber y Walter Benjamin para relacionar el sentimiento melancólico con el impulso racionalista.

FLAVIO LO PRESTI

El problema que se plantea Roger Bartra en El duelo de los ángeles es por qué “la expresión amenazadora de la irracionalidad y del desorden mental logra alojarse en el corazón de la cultura europea orientada por el racionalismo”. Bartra decide marginar la primera y más obvia respuesta, la resistencia romántica a la expansión racionalista, para ubicar el problema fuera de esa tradición antimoderna y observar la manera en que la filosofía ilustrada, la ciencia social moderna y el pensamiento crítico, encarnadas en Kant, Weber y Benjamin “reaccionaron al sentimiento e idea de la melancolía y su larga cauda de tristezas”.

Bartra empieza por visitar a un Kant impresionado por la aparición de un linyera al que llamaron folclóricamente “el profeta de las cabras”: a partir de esa aparición, y discutiendo con su amigo y contradictor Johann Hamann, Kant desvía su atención del niño salvaje que acompaña al loco aparecido en los bosques y se asienta en la teoría humoral de los temperamentos para intentar comprender las afecciones mentales y en particular la melancolía, una zona que pertenece a las tinieblas del corazón humano. 
Bartra persigue a lo largo de la obra de Kant, a través de ensayos específicos (como el Ensayo sobre las enfermedades de la cabeza) o en momentos de otras obras menores (las Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime) y en la última de sus tres grandes críticas, entre los ladrillos de ese gran edificio racionalista, la aparición terroríficamente seductora del sol negro de Nerval. 

Es casi imposible evitar momentos de humor involuntario: por ejemplo, toda la taxonomía de las formas de la locura (la demencia y la amencia, la insania y la vesania) o la idea, compartida con poetas prerrománticos ingleses, de que los vapores de la melancolía y la locura son la versión mental de los gases intestinales (cuando apunta hacia abajo es un pedo, cuando va hacia arriba son profecías y santas imaginarias). Al margen de estos aditamentos y hallazgos que hacen de Kant el standapero menos pensado, la razón que Bartra postula para esta auscultación intensa del sentimiento melancólico es la intuición de que es una puerta a lo que está más allá del entendimiento, del juicio y la razón, hacia ese territorio al que Kant ha renunciado voluntariamente (y con él, a las pasiones); lo que transmite esa pesquisa es la sensación de que el ascético filósofo de Königsberg necesita mirar ese borde para completar su sistema crítico, ya que le permite apuntar hacia la “Idea absoluta”. Pero además, que ese borde lo mantuvo en vilo a raíz de la posible analogía entre la locura y la especulación filosófica.
En el caso de Weber el humor de la condición del sociólogo alemán frente a la amenaza de la melancolía lo hace más inmediatamente cómico: el caballeroso y puritano Max Weber, de acuerdo en todo con las ideas de su propia sociedad, convencido de que la retracción libidinal del calvinismo es el motor de la razón capitalista y al mismo tiempo atormentado por la melancolía a la que lo empuja su propia disciplina (un mal de época que va de la mano con la hipocresía), termina en un balneario suizo asistiendo a una amiga que vive en una comunidad extremadamente liberal desde el punto de vista sexual (la amiga es Frieda Gross, esposa de Otto Gross, impulsor del amor libre).
Al margen del potencial de comedia de la situación, Bartra muestra la fascinación y el terror de Weber frente a la melancolía (análogo en cierto sentido al de Kant), tan aparentemente ajena a su constitución intelectual a primera vista pero, en el fondo, vertebradora de su personalidad: procurando explícitamente no hacer psicología clínica retrospectiva, Bartra muestra cómo Weber nunca dejó de sentir, en el tedio de su vida familiar (intensificado por una múltiple paternidad adoptiva) y en la tensión de su exigente (aunque no genial) vida intelectual, el influjo del humor negro. 

Benjamin fue un escritor complejísimo cuyo esoterismo se hace transparente en el retrato que el antropólogo mexicano hace de él. El retrato utiliza algunas ideas del mismo Benjamin para pensar su impiadosa biografía, especialmente la tensión entre destino y carácter, coqueteando con la duda sobre la calidad predeterminada de sus peripecias (aunque al paso nos entrega la más elegante refutación de los fundamentos posibles de la astrología que he leído, atribuida al matemático David Ruelle). Bartra persigue también a Benjamin con la paciencia de un detective supersutil, mostrando el recorrido que empieza en su estudio sobre el drama barroco alemán, atraviesa las puertas de los aparentes destinos posibles de su vida hasta terminar de depositarlo en París. Ahí Benjamín, que se ha “arriesgado” a sacar “del pozo del pasado barroco un cubo lleno de melancolía”, piensa el proyecto de los Pasajes (ese laberinto fragmentario al que Adorno le reprochó un esquematismo desesperado), incapaz de contener fuera de su pensamiento al ángel de la melancolía: comprendió, como no lo había hecho Weber, que a pesar de que el capitalismo había significado una “reactivación de fuerzas míticas”, no abría sus sueños a una romántica y azul lejanía, sino que volvía gris y tediosa hasta el canto melodioso que según Diderot nos acompañaba en las tinieblas y que, según el trágico filósofo alemán, se había transformado en el ritornello del cuervo de Poe. 
Bartra fue a buscar un estado luminoso de racionalidad llevado al estado más puro en el corazón de la modernidad, y encontró a los pensadores más brillantes al borde de un vacío: por ese vacío nos invita a mirar, armado de un sentido del humor que, quizás, mitigue el peligro de que ese vacío nos devuelva la mirada.

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