Charly, el oído absoluto

Quince años de entrevistas con Charly García son los reunidos por Daniel Riera y Fernando Sánchez en “García”, una serie de reflexiones sobre la música y la percepción.

DIEGO ERLAN

Antes de empezar a escribir reconstruyo tres escenas posibles. La primera es de adolescente, en Brasil, durante un viaje familiar en la que me encuentro discutiendo con una tía, maestra rural en Santiago del Estero, sobre Charly García. Es posible que el disparador de la discusión fuera el salto al vacío de Charly desde el noveno piso en Mendoza. La cuestión es que mi tía no soportaba a Charly: no le gustaba nada, le resultaba un drogadicto insoportable. Tampoco entendía su música, y aunque nunca más volvimos a hablar sobre música quizás siga sin entenderlo: al igual que la figura de Maradona, la imagen de Charly, para ella, era pecaminosa y moralmente repudiable y no podía entender cómo una persona según ella inteligente como yo pudiera gustarme semejante personaje. Decía personaje. Hablaba nada más de una imagen que titilaba en las pantallas de la televisión, que ocupaba los principales titulares de los medios gráficos. No creo haber desplegado demasiados argumentos porque dudo que los tuviera. Sin embargo recuerdo sostener la idea de que, para mí, Charly era un artista, era un genio. Tan simple como eso. La segunda escena me encuentra de noche, en un boliche de Palermo, donde un Charly García más-allá-de-todo tocaba frente a un auditorio habituado a sus quilombos. Estoy con un amigo. Y ese amigo, que al igual que mi tía consumía el Charly de los medios sin haberlo escuchado demasiado, se acercó hasta el escenario y empezó a alabarlo más por el mito que por un entusiasmo genuino. Recuerdo la escena como si fueran los flashes de una luz intermitente: Charly se levantó de su butaca, dejó el teclado con algún loop grabado, se acercó hasta el borde del escenario donde mi amigo saltaba y le gritaba genio y le pegó una piña inesperada. Tres: no me acuerdo si fue antes o después de la piña a mi amigo pero estoy en el bar de un hotel recién inaugurado de Puerto Madero, donde creo que Charly estaba viviendo, y en algún momento de la noche, en el bar junto a la pileta, Charly se puso a tocar en ese piano blanco de cola para un auditorio de no más de veinte personas que lo rodeábamos. No puedo acordarme cuáles fueron los temas que tocó esa noche. Habrán sido siete. Y a pesar de no recordarlos, puedo decir sin duda que fueron inolvidables.

Cuando coleccionaba la revista Rolling Stone, me acuerdo haber leído la entrevista que Daniel Riera y Fernando Sánchez le hicieron a Charly García con la escucha de ese disco de Los Beatles llamado 1. Vuelvo a leerla ahora, en la compilación de las entrevistas que le hicieron a lo largo de quince años y que publicó Vademecum con el título García. La escena es sorprendente: García reconoce que él, estudiante en el Conservatorio, formado en la música clásica desde los seis años, encontró un conservatorio paralelo al descubrir la música de Los Beatles. Y a partir de ellos entendió otra forma de hacer las cosas, una forma que reflejaba mucho mejor lo que él sentía. Mientras escucha “Love Me Do” señala cómo los Beatles eliminaban la tercera. “La tercera –explica en la entrevista– es la voz del medio, la que define si el acorde es mayor o es menor. Y acá cantan un re y un sol, pero se olvidaron del si, o no lo pusieron a propósito para que uno haga la voz ahí, armonizando. Ese es el gancho. ¿Viste que siempre te dan ganas de cantar con los Beatles?” La música de los Fab Four fue su universidad secreta. Charly se pregunta de dónde lo habrán sacado porque esa resolución era propia de la música clásica: eso de usar dos melodías al mismo tiempo”, era “Bach, las fugas y las tocatas… Piazzolla.” Y cuando escucha “I Want To Hold Your Hand” le gusta esa cosa del tema de “indígena indoamericano”, esa melodía medio rara. “Se maneja mucho con octavas, con quintas”, dice Charly. “A mí me gustaba mucho eso, porque acá con la zamba me tenían podrido. La zamba es lo más terceras que hay: la mayor, la menor… Por eso esta música resultaba rara… ¿Viste que decían que los Beatles corrompían a la juventud? Porque había algo en la música… Tenían algo hipnótico”. Los Beatles, entendió Charly, encontraron una fórmula que aparentemente repetía la formación de siemrpe de batería, bajo, guitarra, pero lo nuevo estaba en la armonía y en el ritmo”.

Una de las mejores cosas que tiene este archivo recuperado por Riera y Sánchez es leer a García hablando sobre música, hablando sobre su obsesión por el sonido durante las grabaciones: su proceso de trabajo. Porque queda demostrado que Charly es el oído absoluto. Es tener en cuenta incluso lo imperceptible. Como cuando habla de un disco como Si [que terminó siendo el disco triple “en vivo” de Sui Generis, ¡Sí! Detrás de las paredes] en el que todos los temas estarían atravesados por la nota si. “Desde que empiece hasta que termine, va a haber un si, casi inaudible, pero va a estar.
–¿Por qué?
–Porque me pareció interesante la relación que se producía al poner los temas confrontados con la nota si. Por ahí el tema está en si o en mi, y obviamente pegan. Por ahí no. El asunto es que el si es la nota de las ambulancias, la nota de las alarmas. Es una nota muy peligrosa. Empuja.
–¿Adónde querés empujar?
–El si empuja. Al do lo tira. Como si fuera el 1 del 10, que empuja al 0. Es el centro del pentagrama, y es también para mí la representación de ese centro al que estoy buscando, que es una perspectiva del horizonte.”
El centro no es para García un equilibrio: es buscar el centro justamente para desestabilizarlo. Y eso fue lo que siempre me gustó.

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