Alberto Girri

El malevo elegante y la voz poética de la violencia lírica

LUIS GUSMÁN

El encuentro
Antes de conocerlo lo había leído en sus poesías y sus traducciones. En una mesa del bar La Paz, Girri solía sentarse por las mañanas muy temprano a tomar un café. Era su lugar de encuentro con Manuel Pampín, el fundador de la editorial Corregidor. Recuerdo verlos conversando; Girri hablaba como ordenando el mundo, pero sin levantar la voz. Nunca me atreví a interrumpirlo; me sentaba en una mesa distante y apenas lo saludaba con discreción, como puede saludar un lector.

Años después, una noche Enrique Pezzoni lo invitó a cenar a mi casa, acompañado de Pepe Bianco. Ahí lo conocí por segunda vez. Girri con cierto aire de hombre buen mozo y de malevo elegante, apenas esbozaba una sonrisa ante las chanzas que Enrique le hacía una y otra vez al permisivo Bianco.
Fue una reunión inolvidable: una comedia de sutilezas, de conversación fluida e intercambio de lecturas. Inteligencia y cordialidad.
En esa escena, cada uno hacía su papel. Girri era el poeta, Pezzoni el crítico, Bianco el editor-escritor y yo el “escritor joven”, el niño al que venían a divertir.

El traductor
No me olvido de su versión de las Devociones de John Donne. Pero sobre todo le debo a Girri la primera lectura de la Antología de Spoon River, del poeta americano Edgar Lee Masters, que seleccionó, tradujo y prologó, a pedido de Jaime Rest, para el catálogo de Ediciones Librerías Fausto. En las páginas de ese libro al que cada tanto vuelvo leí cómo, en la desolada noche en el cementerio de Spoon, los epitafios dialogaban entre sí, extendiendo la voz de sus muertos. Lo leí en mi lengua, pero con esa sonoridad única que sólo Masters le puede dar a un género a la vez ingenioso y patético. En cierto modo me encontraba también con una música muerta que el espiritista Girri devolvía viva.

El poeta
Leer a un poeta es acercarse a una voz. A Girri lo leí mucho y lo releo para volver a escucharlo. Elijo un poema, lo cual no es injusto sino arbitrario con cualquier poética y cualquier obra porque lo que decide ahí es el oído y al gusto del que soñó librarnos el estructuralismo. Hablo entonces en la vigilia de mi elección.
El título del poema, que ahora releo de la antología poética En la selva de inquietudes (Pre-textos), se enuncia como pregunta: “¿Debe entregar a la muerte el hijo al padre?”.

Es un poema vociferado cuya perfección lírica enfatiza todavía más esa voz que (se) violenta. Un procedimiento poético que progresa por la figura de la inversión. En el poema “La sombra” hay un indicio de ese procedimiento. La voz que habla en la letra dice ahí: “De algún modo / soy tu cuerpo”. Leo esa línea y me detengo. No quiero cometer la herejía de analizar el contenido del poema elegido; opto, al contrario, por dejarme alcanzar por la fuerza poética que tienen esos versos.
Como bien dice Jean-Claude Milner refiriéndose a la lengua de la poética de Stéphane Mallarmé: el trabajo poético consiste justamente en arrancar la palabra de su circulación ordinaria para situarla en otra circulación. ¿Qué quiere decir con eso? Que en el poema la violencia lírica desencadena un descarrilamiento. La palabra se activa y se vuelve fuerza. Y el poema de Girri irrumpe en el tópico de lo que podría llamarse la vanguardia de la vanguardia; una vanguardia que no necesita apelar a una mitología maldita porque ella misma lleva la fuerza de una maldición. He aquí, entonces, un poema políticamente incorrecto.
El poema habla del padre. Y, como dice el poema Arthur Rimbaud (Poesía completa), “Un padre perturba”.
Pero Girri elige al Rey Lear de Shakespeare; y después a esos padres tolstianos, educadores, moralistas. Son los padres del siglo diecinueve. Que creían no solo tener la verdad si no que se convencían de encarnarla, a caballo de supersticiones remanidas y verdades inventadas: padres cuya oscura violencia este poema saca a la luz:

Como a caballo de verdades
Por ellos mismos inventadas
genuinas porque así lo afirman
Y en oposición al hijo sabio
Que se resiste al consejo del padre.

Esa es soledad del padre confinado, como dice uno de los versos, por el vínculo. Podría evocar el monólogo de Lear; pero, a ese vínculo que en soledad vomita su violencia, el poema de Girri lo dice mejor:

Como Lear, resignados
a la imposición
de dolor e inoportunidades
a que el vínculo los reduce
vomitando siempre a solas
su violencia.

La historia de la literatura o, mejor dicho, la de la circulación literaria es esclava de su época. Alberto Girri, que en su tiempo fue El poeta, en estas horas es quizá sólo tema de tesis y monografías, de lecturas de iniciados, de traductores, o de poetas desterrados.

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