Los dibujos de Sylvia Plath

Una faceta poco conocida de la poeta fueron sus dibujos, que demuestran una indudable imaginación visual.

FERNANDO KRAPP

Hace unas semanas mi hermana mayor volvió de Brasil luego de algunas complicaciones en el viaje. El vuelo de repatriación se demoró unos meses, y lo que parecía ser una temporada en una residencia de artistas en San Pablo, terminó confinándola por un tiempo en el país vecino. Aún así, se las arregló para volver y con ella, vino un regalo totalmente inesperado para mí. Me trajo un libro muy bonito, de tapa dura y breve, como un libro infantil. Se llama Sylvia Plath: desenhos publicado por Biblioteca Azul y que en español publicó Nórdica como Dibujos. Y es sobre algo de lo que yo no tenía ni idea: Sylvia Plath no sólo era una enorme poeta y una narradora extrañísima, sino que también dibujaba muy bien. Nacida un 27 de octubre de 1932, en Boston, Plath tuvo una vida intensa y muy corta hasta su suicidio el 11 de febrero de 1963. Introducir su poesía es una tarea vana; ríos de tintas han corrido con respecto a su importancia dentro del canon, sobre su relación tortuosa con el poeta laureado Ted Hughes, sobre el precavido diseño para inducir su muerte.

Pero estos dibujos, al menos para mí, son un hallazgo. En una introducción un tanto fría y operativa, su hija Frieda Hughes cuenta un poco el derrotero de los mismos. Señala que su madre, como poeta, siempre tuvo una imaginación visual antes que sonora o musical. Y escribió varios poemas a sus pintores favoritos: Giorgio de Chirico, Paul Klee, Gauguin y Henri Rousseau. En una carta le escribe a su madre: “Descubrí que mi fuente de inspiración es el arte y los pintores primitivos. Con la pintura veo las cosas claramente”. 

Frieda cuenta que los bosquejos y los dibujos fueron un regalo que le hizo su padre a su hermano luego de la muerte de su madre. Ella y su hermano guardaron el material para hacer, eventualmente, una exposición. Pero su hermano se quitó la vida en el año 2008, y ella decidió publicarlo, quizás –no lo dice– como un modo de exorcizar tantas muertes. 
Los dibujos de fuertes trazos marcados tratan sobre temas clásicos para cualquier iniciado en el arte del dibujo: naturalezas muertas, personas de espalda, casas viejas y viajes por España y Francia, en su soleada luna de miel. El resultado es, en cierto modo, un ensayo sobre la propia mirada y sobre el detalle. No sé si hay alguna relación entre lo que su poesía transmite y lo que vemos en las imágenes, podría creerse que sí; la plasticidad de los paisajes que evoca y el tono, elegíaco y mordaz, con el que rememoró sus relaciones filiales y amorosas, con fingida distancia. De todos modos, al mirar sus dibujos sólidos y parejos, uno no puede evitar contrastarlos con su poesía. ¿Hay alguna relación entre una cosa y la otra? 

Al mirar sus dibujos sólidos y parejos, uno no puede evitar contrastarlos con su poesía. ¿Hay alguna relación entre una cosa y la otra?

Pienso también en su ejercicio diario, en las cartas que desesperadamente le mandaba a su madre detallando sus ambiciones como poeta, sus fracasos y pequeños triunfos, la envidia por el éxito de su marido. Tal vez el dibujo le proporcionaba algún tipo de pausa mental, un modo de suspender ese torrente de frases que se agolpaba en su cabeza antes de meterla dentro de un horno con sus hijos tomando el desayuno en la habitación contigua. “Morir –dice en uno de los poemas de Ariel– es un arte, como todo./ Yo lo hago excepcionalmente bien. / Tan bien, que parece un infierno. / Tan bien, que parece de veras. /Supongo que cabría hablar de vocación”.

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