Vicente Luy, el artista excesivo

Beatriz Viterbo publica La poesía está en ser uno, trabajo en el que Hernán analiza libro a libro la compleja y mutante poética de su amigo Vicente Luy. 

FLAVIO LO PRESTI

Hay algo que tengo que sacar del medio antes de hablar de La poesía está en ser uno: el autor se llama Hernán. No Hernán Álvarez, o Hernán Poncharello: firma, actúa, se conduce por el mundo con su nombre de pila. Siempre me acuerdo, cuando me enfrento con su material o su persona, de un pasaje de Seinfeld en el que Elaine se enfrenta a un potencial acosador y cuando este le pregunta su apellido ella responde: solo Elaine, como Cher. Pero esta digresión no es importante, como diría Luy, y lo que importa es el libro que Hernán, el mismísimo, acaba de publicar en Beatriz Viterbo. Podríamos resumirlo como un intento (desde dentro, ya veremos por qué) de dar cuenta de la compleja poética del artista cordobés Vicente Luy, célebre por el ingenioso conceptismo de sus breves poemas efectivos y tremendistas y por su violenta muerte por mano propia, ocurrida en febrero de 2012, cuando había pasado los cincuenta años.

 La historia de Luy es muy conocida pero no viene mal recordar dos o tres de sus hitos más notables: nieto del poeta español Juan Larrea (eslabón perdido del surrealismo y el ultraísmo español, colaborador de Buñuel y Picasso, amigo de César Vallejo y Huidobro y enemigo personal de Neruda), los padres de Luy murieron en un accidente aéreo cuando él tenía meses; se crió con familiares en un proceso traumático y terminó por vivir en una cuasi mansión en Jardín Espinosa, un barrio cheto del sur de Córdoba, con su abuelo. Convencido de que el azaroso derrotero que lo había llevado a Córdoba tenía que ver con un proceso cósmico que afectaría al destino de la especie, Larrea creía además que había algo mesiánico en su nieto, y en esa fe fue criado Luy. Cuando su abuelo murió, un Luy salvaje, no escolarizado, se encontró con ese legado que parecía inmanejable. Quizás los versos que más lo reflejan son esos que dicen: “Lo peor es que si me muero no tengo a quién le den el pésame. Estoy muy mal organizado”. 

Luy fue un artista complejo, con una poética directa, urbana, coloquial.

Unos años más tarde Luy publicó su primer libro, Caricatura de un enfermo de amor, y aquí es donde lo “recoge” el libro de Hernán. Luy fue un artista complejo: no estrictamente un escritor, más por abundancia que por defecto. Quizás la categoría que más convenga para pensarlo es la elaborada por Reinaldo Laddaga en un libro recientemente reseñado en Cuaderno Waldhuter, la de “espectáculos de realidad”: libros escritos en un contexto postliterario, en el que las condiciones autónomas de evaluación del valor han desaparecido; libros escritos sin la vocación de construir mundos lingüísticamente densos, sino performances con un destino que parece estar fuera del reino aséptico de la literatura, un destino más propio de un poeta “sin biblioteca”. 

Hernán y Luy

Sin usar esa categoría, Hernán muestra la hiperliterariedad de este primer libro de Luy (barroco, castizo, atravesado en parte por la poética de Larrea y constituido por una antología de libros inéditos del Luy juvenil) y cómo el camino vital de Luy, las influencias del rock y el contacto con distintos colectivos artísticos terminan por moldear una poética mucho más directa, urbana, coloquial, en la que a través de la experiencia propia (cotidiana, sexual, psicológica, el proceso catártico de su propia biografía) se empieza a filtrar una visión política y la vocación de hablar por un nosotros particular: el que conforman las víctimas, los sensibles, los humillados y ofendidos, los que no son abogados ni políticos, los que no bancaron dictaduras o no deberían hacerlo, los que no le dicen Bambi a Héctor Veira… Hernán usa una lupa de experto para mostrar, entre la selva de los procedimientos (en particular la poesía Express hecha con el diario de hoy, urgentísima), los libros, las antologías, las reescrituras, el pop y los muchísimos berretines de Luy, esta convicción de estar en una guerra total que el poeta cordobés hace explícita en un par de comunicados y entrevistas (mientras intuimos, al mismo tiempo, la huella de lo que quizás no se pueda nombrar con otra palabra que no sea deterioro). Con una ingenuidad candorosa Luy creía que era capaz de incidir en el resultado de esa guerra a través de sus libros pedagógicos, cuya máxima aspiración era volverse material de lectura escolar.
Dos cosas: decíamos que Hernán hace toda esta descripción “desde dentro” porque fue amigo y colaborador de Luy en la producción de sus libros, complejos objetos que integran a la escritura las artes visuales, el grafiti, la proclama, la amenaza, el préstamo, la confesión, la farmacopea, el robo… Fue el diseñador de la mayoría de ellos, y por tanto tuvo acceso a materiales únicos, fotografías personales, cartas originales, afiches, facsímiles de diarios personales… Todo ese material permite un acercamiento estrecho al artista excesivo (sobre todo con respecto a la poesía) que Luy fue, un artista de su propia vida, condición que lo pone en un lugar paradójico: no del todo aceptado en el canon académico, pero conocido más allá de las regiones sociales a las que llega la literatura. Es el poeta de las remeras, de los blurbs, de las tazas de café, de facebook, el poeta al que todos citan cuando llueve mientras los “verdaderos” poetas (algunos muy buenos) se quejan de ese ritual. La poesía está en ser uno muestra esa compleja extensión de la figura de Luy hasta un punto que casi podría prescindir de su existencia real: si Luy no hubiera existido el libro de Hernán sería el testimonio de una forma posible de vivir el arte, como lo fueron los poetas inventados por Bolaño o el rockero con el que Fresán salpicó su vieja Historia Argentina.

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