Yo, Christopher Isherwood

Dueño de un estilo clásico y depurado, el gran escritor inglés produjo una obra en el trabajo de la experiencia y el refinamiento del punto de vista.

FERNANDO KRAPP

A finales de los años 50, ante una multitud de jóvenes estudiantes, bajo el sol dorado de California, Christopher Isherwood se subió a un estrado universitario para dar una serie de lecturas sobre el oficio de escribir. Corrían años de cambio y la sociedad norteamericana empezaba a respirar aires de renovación política e intelectual, luego de una decada de un encorsetamiento conservador durante la pos guerra. Isherwood, un escritor maduro y de mundo, era uno de los tantos inmigrantes europeos que escaparon de la Segunda Guerra Mundial buscando asilo en la costa oeste. En sus conferencias, agrupadas bajo el título Isherwood on writing. The lectures in California (2007), habló no solamente del oficio de escribir sino de su bien más preciado: la libertad. Alto, elegante, bello, aristocrático, representaba esa clase de intelectual libre que no necesita otro equipaje para viajar más que sus sentidos, sus ideas y un particular modo de procesar la experiencia. “Creo que la función del escritor es, antes que nada individual. Escribe, en definitiva, desde su propia experiencia. Y debe pensar en dirigirse hacia un pequeño número de individuos – no a una masa”.
La experiencia fue, para Isherwood, la herramienta con la que afiló su técnica literaria. Hoy lo llamaríamos un cronista o un escritor de no-ficción, o incluso podríamos incluirlo dentro de esa extensa y variopinta lista de escritores y escritoras aglutinados bajo la denominada “ficción del yo”. Isherwood se ubica por delante, aunque no siempre se lo reconozca, de Rachel Cusk, Geoff Dyer y sobre todo del galardonado escritor sueco Karl Ove Knausgård, cuyo intento maratónico de novelar su vida, ubicándose a sí mismo como personaje principal en el centro de la narración, tiene claras reminiscencias a Kathleen y Frank (1971), novela con la que Isherwood reescribió el diario íntimo de su progenitoria y volvió sobre uno de los conflictos más contradictorios y productivos de su vida: la relación con su madre Kathleen Bucknell.

Todo sobre mi madre

La editorial española Alpha Decay distribuyó en Argentina un extenso volumen tiulado Kathleen y Christopher. Son las cartas que el escritor inglés le envió a su madre durante un período de cinco años entre 1934 y 1939, con algunas intermitencias en los años que siguieron. Las fechas son significativas en dos sentidos. Por el lado histórico abarcan el ascenso del partido nazi al poder en Alemania, período que Isherwood vivió de primera mano. Por el otro, son sus años formativos como escritor. Para entender un poco más el contexto de formación y el contenido de las cartas deberíamos tener en cuenta que Isherwood nació en 1904, en la Inglaterra post Imperial. Vivió gran parte de su infancia y adolescencia en una mansión británica del siglo XV bajo el nombre de Christopher William Bradshaw-Isherwood. Sus antepasados vivían en la misma estepa en donde creció la familia de las hermanas Brontë. Un paisaje que para Isherwood se volvió opresivo e insoportable. Luego de tensiones y vaivenes dentro del sistema educativo y en el ambiente universitario, a los 26 años publicó su primera novela de aliento modernista titulada All the conspirators (1928) y pocos años después The Memorial (1932), con la que obtuvo una aceptable y moderada reputación europea sin ningún tipo de éxito comercial, aunque fuese reseñado elogiosamente por E. M. Forster, escritor faro de la época.

Isherwood acepta la ficción como una parte constitutiva de la narración personal

En aquellos años, Isherwood necesitaba un cambio profundo y vital. Ansiaba asumir su identidad como homosexual. Ese es el tema al que vuelve para narrar y analizar en su autobiografía Christopher and His Kind. Un ejercicio extrañísimo sobre la memoria y la herencia de una obra literaria tomada como fuente de verdad. En ese libro, escrito por momentos en tercera y por otros en primera persona, en un continuo desdoblamiento textual que no mezcla el sujeto de enunciación con el del enunciado, y acepta la ficción como una parte constitutiva de la narración personal, Isherwood cuenta que la premisa para dejar Inglaterra atrás no tenía otro objetivo más que el de conocer chicos. El 29 de noviembre de 1928 entonces, luego de ir y venir de Alemania a Inglaterra, acompañado por su amigo de toda la vida, el poeta y crítico Wystan Hugh Auden, Isherwood viajó por tercera vez a Alemania sin ticket de regreso. Cuando el oficial de la marina le pidió el pasaporte y le preguntó cuáles eras sus intenciones en Bremen, su primer destino, él respondió: “Estoy buscando un hogar y mi intención es saber si lo puedo encontrar acá”.

La huida hacia Alemania también tuvo que ver con escapar de un ambiente familiar asfixiante. Su padre había muerto y su madre ejercía sobre él y su hermano menor Richard una influencia opresiva. Se esperaban de Christopher grandes logros en el ambiente académico y sobre todo se esperaba de él una vida que discurriera apacible bajo los parámetros victorianos de la normalidad. En su biografía, en la primera entrada que habla de su madre, al promediar la página número cien, Isherwood dice sobre ella: “Fue en este momento de exploración personal en la cual Christopher se sintió ciego y furioso. Contra casi todo el mundo. Las mujeres son lo que el Estado, la Iglesia, la Ley, la prensa y los médicos me obligaban a desear. Mi madre me obligó también. Silenciosamente y de un modo brutal, mi madre quería que me casara y tuviera nietos para ella. Su deseo era el deseo de casi todo el mundo, y en su deseo estaba mi muerte”.
Es ahí cuando se inicia el intercambio epistolar con Kathleen quien había negado en varias ocasiones la homosexualidad de su hijo mayor. Tiempo después, rememorando en público su experiencia, Isherwood haría referencia al impacto que tuvo en él y en sus colegas la lectura de Freud: “Por esos años, escribí influenciado fundamentalmente por la revolución freudiana. Fue, sin dudas, el mayor evento literario de nuestra época. Para aquellos que son jóvenes puede resultarle imposible imaginar la emoción que tuvimos al recibir las noticias de que nuestros padres eran los culpables de practicamente todo. Era su culpa, y nosotros nunca, nunca los perdonaríamos. Y todo lo que decían sobre la moralidad y la vida era equivocado, acabado y viejo”. Viajar a Alemania respondía a una necesidad de dinamitar todo lazo que supusiera un corral para la exploración de su libertad sexual, y dejar atrás el mundo de su madre.
Sin embargo, la estrategia en las cartas fue otra. Aún no había cortado el cordón edípico y su relación a distancia se basó en una delicada y sugerente tensión invisible atravesada por intereses opuestos. Para Kathleen, la esperanza de que su hijo se “curara la homosexualidad” y regresara a una vida heteronormativa (“ese odioso Berlín y todo lo que contiene”, diría ella en su diario). Para Isherwood, el interés de tener un agente que llevase sus cuentas, mantuviera los contactos literarios, le buscara la correspondencia y que, sobre todo, le diese dinero. Al desembarcar en Berlín sin una fecha de regreso, Isherwood no tenía recursos: su tío Henry, principal fuente de manutención, había muerto, y sólo le quedaban las ocasionales clases de inglés que dictaba. “Te agradezco mucho que me ofrezcas diez libras para pagar mis deudas”, le escribe a su madre en 1935. Las palabras “dinero”, “chelines”, “deudas” y “libras” aparecen más de doscientas veces durante el tiempo que dura la relación epistolar mientras que “madre” o “mamá” no rozan las ochenta menciones. Un tema que para muchos escritores resulta escabroso o tabú, pero al examinar los géneros íntimos, como cartas o diarios, se vuelve una obsesión constante. ¿Cómo equilibrar la escritura con el trabajo? ¿Cómo se gana la vida un escritor?

El coleccionista de fracasos

Isherwood también estaba atento a la circulación de su nombre y de sus novelas en Inglaterra. En los primeros años de su estadía berlinesa, envió una segunda novela, la mencionada The Memorial a todas las editoriales de prestigio recibiendo, en todas, sucesivas cartas de rechazo. Su madre fue contenedora de los fracasos y frustraciones en materia de circulación literaria. O bien porque le pagaban poco de alguna revista, o porque no conseguía editor, o porque su libro no había sido lo suficientemente reseñado; esos pasajes muestran un estado de vulnerabilidad constante en Isherwood, quien buscaba algún tipo de contención fraternal. Algo que, en cierto modo, contrasta con la imagen que construyó sobre ella en sus novelas y conferencias. 

La compiladora del libro, Lisa Coletta, señala en el prólogo que en esos detalles, y no en las caracterizaciones ficticias, es donde se encuentra el verdadero nudo de la relación madre e hijo: “No escribió (las cartas) para dramatizar su persona ni dar cuerpo a una trama –aunque las une un maravilloso hilo narrativo–, sino para comunicarse inmediata y directamente con ella.” En una carta en donde le pide ayuda, dice: “No sé lo que habría hecho sin ti”. Le confiesa que no está escribiendo tanto como quisiera, le pide que le envíe por favor libros de Balzac (“Es lamentable que no haya una edición completa de los libros de Balzac en inglés”), se queja del surrealismo, tan de moda entre los poetas (“El gran error que la gente comete con el surrealismo es querer entenderlo”), y hace más pedidos administrativos (“¿Podrías preguntar en el banco cómo está mi cuenta?”). Ante la hipotética pregunta por su cumpleaños número 36, él responde lacónico: “Mi cumpleaños fue muy bien. Ojalá hubieras estado”.

Simulación y estrategia, esas fueron las dos constantes en la escritura de las cartas a su madre mientras recorría las calles polvorientas de Berlín explorando su sexualidad en los bares y cabarets de la noche alemana. Las omisiones se hacen evidentes: más allá de su gran amor alemán, un chico llamado Heinz Neddermeyer, no hay detalles sobre los encuentros furtivos y hay escasas menciones a amoríos. Tampoco prolifera en sus relatos una indagación psicológica sobre los placeres fugaces. Es como si en las cartas Isherwood hubiera depurado la técnica de sus novelas por venir, que lo volverían mundialmente famoso y un éxito de ventas, especialmente con las dos novelas Adiós a Berlin (1939), adaptada al cine por Bob Fosse en la multipremiada Cabaret, y Mr. Norris cambia de tren (1935). Técnica que vinculó, como señala el escritor David Lodge, el punto de vista ascético y escenográfico del último Henry James con los encuadres de la fotografía y el montaje cinematográfico (luego sería abducido por la tentación de trabajar como guionista de Hollywood). Son recordados los primeros párrafos de Adiós a Berlin, párrafos de los que el propio Isherwood renegó años después: “Mis ojos son una cámara. Camino pasivo, grabando. Sin pensar.”

En ese modo de observar, depurado en las cartas con su madre, en donde la experiencia y el punto de vista en presente rompen con el modelo de la novela modernista. Las novedades que cuenta en las cartas son las que le permiten filtrar detalles, imágenes, datos cotidanos sobre el ascenso del nazismo al poder. Es ahí donde la estética narrativa de Isherwood toma un giro radical, en un estilo semi autobiográfico, casi documental, atravesado por su mirada parcial que luego ficcionalizaría en un narrador llamado Christopher. 

“La situación en Europa está poniéndose muy fea”, escribe seis días después de que Adolf Hitler aprobara las leyes de Núremberg. Acorralado por la situación política en Alemania, huyó junto con su amigo Auden y Spencer a la bella y mística ciudad de Sintra, en Portugal, lugar que le sirvió como experiencia literaria comunitaria y en donde encontró un refugio para Heinz, un aleman de nariz partida y bajos recursos, que estaba escapando del reclutamiento militar del nazismo. La experiencia duró unos pocos años, e Isherwood partió a China en 1938, para escribir un libro junto con Auden, sobre el conflicto Chino-Japonés, en un libro titulado Viaje a una guerra. Finalmente, imposibilitado de volver a Europa, logró volar a Estados Unidos, lugar que adoptó como residencia definitiva en la costa del Pacífico. 

Abrazó allí las nuevas tendencias del new age y empezó su colaboración con Hollywood. Conenzó a practicar yoga (tema que desarrolló en dos libros) y como muchos intelectuales golpeados por la experiencia de la guerra, se adentró en las enseñanzas de Swami Prabhavananda. Conoció a la comunidad de escritores exiliados y se hizo amigo de Aldous Huxley. Tuvo un nuevo novio, un jóven fotógrafo llamado William Caskey, con quien viajó por Sudamerica y escribió uno de los retratos foráneos más bellos y sinceros sobre del continente, titulado El cóndor y las vacas (1949). En EE.UU, obtuvo aquello que su madre tanto ansiaba para él: una plaza en la Universidad de California dando clases de escritura. Y comenzó el que sería el último giro de su estética y de su aventura narrativa: un complejo viraje hacia una autobiografía. 
Desde allí, también, a pocos meses de llegar a California, le envió a su madre la que sería su última carta para cortar finalmente el lazo edipíco espistolar: una postal de la playa. Parece una broma propia del inconsciente que el escritor que hizo de su narrativa un modo de construir secuencias de imágenes con palabras haya apostado a una imagen final para despedirse de quien le dio la lengua madre.

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