La responsabilidad de escribir

E. L. Doctorow y el peso de la firma para el escritor.

Maximiliano Crespi
Edgar Lawrence Doctorow (1931-2015)

A un nivel cultural, nada pesa más para un escritor que la tinta con que firma. La anécdota ya trajinada de E. L. Doctorow lo ilustra con claridad: según su propio relato en una de las entrevistas más circuladas en la web, en una ocasión, minutos antes de tomar el autobús que la llevaría al colegio, su hija Caroline le pidió que redactara y firmara una nota justificando su ausencia para entregar a su profesor. En el trámite vacilante de “escribir adecuadamente” esa carta, Doctorow ensayó y descartó una serie de borradores que sucesivamente fue tirando al cesto de papeles hasta que finalmente el autobús llegó. Cuando el escritor se disponía a iniciar un nuevo boceto (previsiblemente igual de descartable que los anteriores), su esposa le quitó el papel de las manos y garabateó rápido la nota que firmó y entregó a su hija cuando el conductor del autobús hacía sonar la bocina en la puerta de la casa de uno de los novelistas estadounidenses más conocidos de las últimas cuatro décadas.

La escena no ilustra, como sugiere la interpretación del propio Doctorow, el viejo mito de la imposibilidad de escribir; ni sirve como justificación de aquella superstición mistificante según la cual escribir, para un escritor, es la tarea más difícil del mundo. Lo que hay que hay allí es otra cosa. Doctorow estaba entonces trabajando en su sexto libro, mientas no dejaba de recibir elogios y reconocimientos por Ragtime, la novela que no sólo sería un éxito comercial sino que además le prodigaría el unánime encomio de la crítica especializada: en la época lo había hecho acreedor del National Book Critics Circle Award y del premio de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras; años después la novela, llevada a la pantalla grande por Miloš Forman en 1981, sería incluida por la Modern Library en la prestigiosa lista de las 100 mejores novelas del siglo XX (en una selección donde se leen los nombres de Ulysses, The Great Gatsby, Lolita y The Sound and the Fury, entre otras obras maestras de la literatura universal). No se trataba para Doctorow de poder o no poder escribir la nota de justificación; se trataba, en efecto, de poder o no poder escribir una nota que lo justificara a él mismo ante el profesor de su hija, una nota que ese hombre leyera “propia” ese escritor al que las fajas aclamaban como “el escritor americano más importante de la década”. Su esposa no escribía mejor ni más fácilmente esa nota; la escribía ciertamente más liviana.

Doctorow empezaba a sentir el peso del nombre. Había escrito y publicado una obra que había despertado polémica, que tocaba la sensible cuestión de la discriminación racial y que, aunque hoy puede resultar cargada de demagogia edificante y de una fabulación reaccionaria (legible en la historia de venganza de Coalhouse Walker), resultaba en cierta medida incómoda para la época. Esa obra le había dado y asignado un nombre y un lugar en el campo. Todo lo que de ahí en más hiciera sería cuidadosamente observado. Acaso por eso, a diferencia de la etapa previa (en la que, con diferente suerte, solía entregar a sus editores “una novela por año”), demoraría una década en entregar el original de World’s Fair. Y acaso también por eso, año a año, se fue sumergiendo en una minuciosa y detenida relectura de la tradición narrativa americana (una laboriosa inmersión consignada luego en dos gruesos volúmenes: Jack London, Hemingway and the Constitution: Selected Essays 1977-1992 y Creationists: Selected Essays 1993-2006), mientras escribía y reescribía de manera incansable muchas de las short stories incluidas en sus Cuentos completos, cuidadosamente editados por el sello español Malpaso, donde en un gesto casi borgeano (tal y como en la segunda parte de Ragtime había reelaborado el Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist), ensayaba sutiles reescrituras de textos paradigmáticos de la tradición americana, como la discutida versión del “Wakefield” de Nathaniel Hawthorne que el pícaro escritor “del Bronx” publicó por primera vez en el New Yorker a comienzos de 2008.

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