Jacobo Siruela

El fundador de la editorial Atalanta habla de metafísica y de ciencia y de cómo con la nueva colección del sello propone indagar sobre una idea distinta de la naturaleza.

DIEGO ERLAN

A fines de los años ochenta, en un entreacto de la ópera I Duca d’Alba, de Donizetti, dirigida por Gian Carlo Menotti, un periodista se le acercó a Jacobo Siruela para conocer su opinión acerca del perfil truculento que la obra mostraba de su antepasado, Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, uno de los personajes más poderosos, controvertidos y fascinantes del siglo XVI. Aunque lo distanciaba casi cuatrocientos años de ese personaje, Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, conde de Siruela, percibió en ese momento que la gente alrededor lo miraba con cierta curiosidad morbosa, como si por haber nacido en el seno de la Casa de Alba fuera descendiente de Drácula o del Marqués de Sade. Quizás por eso, uno de los primeros libros que publicó en su editorial, Atalanta, fue El gran duque de Alba, una de las más completas pero también olvidadas biografías de su predecesor, escrita por William S. Maltby. Es una de las muestras de la construcción de catálogo que tiene Atalanta, basado en la excentricidad y en las obsesiones. Esa combinación de factores había sido también la que lo inició en el universo de la edición: se sabe que lo primero que hizo Jacobo Siruela, en 1980, fue publicar La muerte del rey Arturo, una novela anónima medieval del siglo XIII en edición numerada para bibliófilos. Algo que podría haber pasado simplemente como una excentricidad. Pero no. Quizás fuera suerte, una intuición, sin embargo el libro agotó su tirada y recibió el Premio al Libro Mejor Editado del año. Ese fue el primer paso para fundar Siruela dos años después, un sello que, a partir de su colección de literatura medieval, construyó un catálogo de excelencia. Atalanta, fundada en 2005, es un proyecto mucho más pequeño y cuidado pero donde cada libro es una explosión de sentidos, misterios y belleza.

Esta conversación con Jacobo Siruela iba a desarrollarse, como lo dicta la modernidad, por videollamada, pero nuestras voces robóticas y los congelamientos esporádicos presagiaban una conexión inestable. Jacobo, del otro lado del Atlántico, en una oficina tan azul como los lomos de sus libros, terminó diciendo: “Vivimos en tiempos inestables”, y decidimos continuar nuestra conversación por correo.
Entonces empecé a escribir: “Querido Jacobo, cuando cortamos pensaba en los problemas de conexión que impidió que pudiéramos comunicarnos por las plataformas de la “nueva normalidad” y empujó a que tuviéramos que emprender esta anacrónica tarea de conversar por carta. En algún punto, digamos, siento que esta conversación meditada y a destiempo está más cerca del espíritu de una editorial como Atalanta: un sello más allá del tiempo, y a la vez inquietantemente actual, imperecedero, que circula por caminos sinuosos y secretos. Además quedó dando vueltas por mi cabeza eso que dijiste al pasar antes de cortar: ¿Cómo te enfrentas a esta inestabilidad contemporánea?”
–Con una sonrisa, que es la mejor manera de otorgar levedad a la zozobra. Y también con la certeza interior de que todo en la vida pasa; y como dijo el poeta, “lo nuestro es pasar”.

–¿Y qué piensas sobre la incertidumbre?
–Es el más hondo principio de la realidad. Sólo los necios, los fanáticos y los ególatras piensan lo contrario. El principio de incertidumbre existe en la física, como planteó Heisenberg en el mundo corpuscular, pero quizá la indeterminación gobierna todas las teorías, y con ello no quiero relativizar todo sino plantear la paradoja de que dos maneras de ver un fenómeno son correctas porque las cosas pueden contemplarse de forma diferente. Los opuestos han de convertirse en complementarios. El pensamiento metafísico de la religiones puede complementarse con la ciencia. Desde mi punto de vista es ilógico que se opongan, ya que una trata del mundo exterior y otra del mundo interior. Pueden complementarse perfectamente, aunque para eso han de resolverse no pocos matices.

–En los ensayos que componen Libros, secretos, recorres las historias de algunos de los manuscritos enigmáticos, como el Voynich o el Libro mudo. ¿Qué historia de todos esos manuscritos encontrados es la que más te fascina?
–Todos me fascinan, pero me interesa particularmente la historia secreta, siempre ocultada, de que el arte abstracto se haya inspirado en la teosofía. Aunque Blavatsky y compañía no sean santos de mi devoción y su relato espiritual no es, digamos, muy serio, como apuntó [René] Génon, comprendo muy bien que todas sus experiencias visionarias sobre las manifestaciones de la energía invisible, de las que hablaban, pudieran fascinar a estos artistas que iban buscando maneras nuevas de expresar la realidad invisible (abstracta) de la realidad psíquica. Newton también se fascinó con la alquimia. Muchas veces cuando la nomenclatura oficial de la cultura desprecia el llamado esoterismo, subestima y rechaza algo que realmente se desconoce. Las ideologías siempre son restrictivas y nuestro siglo es de apertura.
–¿Qué certezas tenías al fundar Atalanta?
–Una editorial es siempre una aventura y en la aventura no caben las certezas. Eso sí, uno debe de partir con ideas claras. La claridad siempre ilumina el camino, que nunca es recto y siempre está sembrado de trampas. Lo primero que me impuse fue no hacer una Siruela 2. Las repeticiones son poco estimulantes y, como reza, el refrán: “las segundas mitades nunca son buenas” 

–El nombre de Atalanta viene del mito, ¿pero qué característica del mito de Atalanta es la que más te interesa?
–Desde luego no la carrera, que es la característica estresante de nuestro tiempo, sino que Hipómedes logró vencer en la carrera a Atalanta gracias a que iba arrojando las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, y ella se paraba a recogerlas. Bueno, para mí, simbólicamente, los libros que publicamos son esas manzanas de oro del jardín de la diosa Hera que, según se decía, otorgaban la inmortalidad. Ningún libro es “inmortal”, claro, pero al menos debe de ser lo menos perecedero posible.

–¿Cuáles son los tres libros que crees representan el espíritu de la editorial?
–El espíritu de la editorial se manifiesta pluralmente a través de tres modos de investigar la cultura: la brevedad, la memoria y la imaginación. En lugar de cultivar la novela, la actualidad y un conocimiento basado exclusivamente en la razón, Atalanta apuesta por el relato y el aforismo, por el ejercicio renovador de la memoria, y por la imaginación, no como mera forma de evasión –que desde luego no censuro– sino de conocimiento, porque no sólo es una función que participa en la elaboración de la realidad sino que esconde muchas de sus claves simbólicas. De modo que de la colección Ars brevis podría elegir, por ejemplo, Viaje a la semilla, uno de los libros que menos se ha vendido y que más admiro. De Memoria mundi, pongamos La historia de Genji de Murasaki Shikibu, escrita por una refinadísima dama japonesa del siglo xi que, por cierto, inventó el género de la novela gracias a una prohibición, ya que en aquella época les estaba vedado a las mujeres cultivar el ejercicio de la letras, que se reducía a una serie de rígidos géneros muy específicos, y ella, en lugar de languidecer en quejas y lamentos, se puso a narrar la vida de esa corte, inventando así un nuevo género literario: nada menos que la novela. Y, por último, de Imaginatio vera, por ejemplo, podríamos destacar los cuatro volúmenes de Las máscaras de dios de Joseph Campbell o El fuego secreto de Patrick Harpur.

–¿Qué relaciones están en juego a la hora de entender que resulta necesario publicar determinado libro? ¿Una relación con los debates contemporáneos, con las obsesiones personales? ¿O tal vez las obsesiones que se desarrollaron en la editorial a lo largo de todos estos años (como si Atalanta fuera algo así como un organismo vivo, que tiene deseos y conflictos y hay que responder a ellos?
–Atalanta ha ido creciendo libremente como una planta exótica en un bosque apartado. Al principio publicábamos más literatura y ahora el 80% es ensayo, lo cual indica que no forma parte de un plan cerrado sino que va, digamos, evolucionando. Si me he ido decantando en favor del pensamiento es porque el mundo está sobrecargado de literatura –que adoro, por otro lado– y, sin embargo, falta pensamiento, y la función de Atalanta es abrir el campo de la mente hacia otras formas de mirar que no correspondan a las formas oficiales del saber y el pensar. 

–El segundo título de Atalanta fue Sin mañana, de Vivant Denon, un relato erótico del fundador del Louvre que ni siquiera se preocupó en firmar al publicarlo en el 1700. ¿Te parece que puede ser todo un manifiesto estético de tu búsqueda? Y si no es así, ¿qué libros podrían trazar ese manifiesto estético como editor?

 –Este es uno de los cuentos más hermosos de todo el siglo xviii, y también uno de los más característicos de su época cuyo centro era París. Así como las Memorias de Casanova, que estamos a punto de reeditar –la primera edición constó de nada menos que 5000 ejemplares– son la genuina y entretenidísma autobiografía de todo ese siglo. 

–Sueles decir que Atalanta es una editorial de ideas articulada en base a ciertas colecciones dedicadas a la imaginación y la memoria (además de Ars Brevis), ¿a veces te encuentras en la disyuntiva de que un libro pueda integrar cualquiera de las colecciones que tienes? Por otro lado, acaban de lanzar una nueva colección, Liber Naturae, dedicada a la naturaleza. ¿Qué relación encuentras con las anteriores? ¿Qué desafío te propones con estos nuevos libros? ¿Es una deuda? ¿cuál es la toma de conciencia que tenemos que hacer? ¿Qué te fascinó del libro que inaugura la colección, La metamorfosis de las plantas, de Goethe? ¿Cuáles son los proyectos en danza que tienes para esta colección?

   –La nueva colección Liber Naturae tiene la finalidad de ir desarrollando una idea distinta de la Naturaleza, cada vez más necesaria y adecuada a las necesidades de nuestro tiempo. En su primer volumen, La metamorfósis de la plantas, Goethe nos ofrece una visión integral que conecta la observación científica racional con una rigurosa e intuitiva perspectiva simbólica del mundo natural, basada en el enfoque holístico de Spinoza y cierto platonismo. Y su descubrimiento nos abre a una dimensión más profunda de la vida vegetal, en la que el arquetipo suprasensorial de la planta guía, más allá de lo empiricamente observable, todo el desarrollo de las formas materiales que percibimos. El segundo volumen, La naturaleza como totalidad, del físico y filósofo de la ciencia Henri Bortoft, explica a través de la intuitiva visión goetheana las sutiles complejidades de la ciencia holística actual inspirada por David Bohm y su teoría de los órdenes implicados. Por su parte, Alfred Norton Whitehead argumenta con todo rigor filosófico en Proceso y realidad que la esencia de lo real no se vincula a los objetos del espacio sino mas bien al proceso de todos ellos a lo largo del tiempo. El devenir es la esencia de lo real, no los objetos del espacio que mutan sin cesar. Y lo que es más importante: que todo ser vivo, desde las células al mundo vegetal, animal, etc, siente, y a su manera “piensa”, ya que incluso las moléculas llevan a cabo estrategias. Pero lo fundamental es asimilar bien que todo lo vivo es pura experiencia: que siente, como nosotros, a su manera, y que formamos parte del tejido de la vida, y que la forma separada que tenemos de contemplarla es falsa, porque somos parte de ella. Es nuestra forma racional de contemplarla y dividirla, lo que nos separa de ella. Todo lo contrario a la idea de mera extensión inanimada de la materia, que nos transmitió Descartes, o de mecanismo, que heredamos de Newton, que tanto daño han causado al imaginario occidental.

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