El regreso del hijo pródigo

El puente de las brujas (EME), la primera novela de Juan Fernández Marauda, una novela de iniciación anclada en un policial.

Edgardo Scott

Una casa junto a un río, tres perros, ausencias, soledad, frío son las coordenadas que elige Fernández Marauda para su primera novela. Un ámbito que siempre es un buen inicio porque despeja la voz de tal modo que parece tener “cámara” —sí, la voz también ve— y que se la pueda oír mejor. En El puente de las brujas, se cuenta aquello del retorno del hijo pródigo, la mirada de la casa de la infancia, de los padres de la infancia, de los amigos de la infancia, como una módica y usual y sin embargo terrible estafa que el destino siempre nos tiene preparada.

“La primera luz viene del río: se arrastra bajo el puente y trepa a los álamos de la otra orilla. Los vuelve espigas de trigo. Desde ahí, tan dorada, salta los fondos de la casa, corre con los perros por el pasto, por las hojas secas.” Junto al río entonces, Fernández Marauda delimita un lenguaje y su tradición fluvial ¿saeriana, wernickeana, contiana? donde se toma distancia de la oralidad y se la aísla, para reponer un lenguaje musical, pero mucho más denso y alerta. “Todo lo que vive del río encontró en el abandono un lugar donde guardarse.” Puede que todo sea verdad en esa frase. Puede que todo sea verdad en esta novela, pero detrás de un artificio que recuerda a esos policiales fríos, en los que recién entendemos algo después de cuarenta minutos, cuando ya no soltamos el hueso o el cogote hasta el final.
En El puente de las brujas, así como hay una erótica fluvial, una erótica del río, hay también una erótica de la espera (Zama, Godot, Faulkner, etc.), una expectativa respecto de algo que no está muy claro durante gran parte del relato, pero que claramente posee un gran poder de sugestión y de angustia. Se espera algo que no es bueno, se prevé algo que no es bueno, se ignora algo que no es bueno. La novela de Marauda regula esa tensión como un grifo de alta presión abriéndose con lentitud y parsimonia mientras cada tanto da un aullido casi imperceptible. “Hablan durante toda la comida. Hablan entre ellos y por mí también. Yo mastico, asiento y cada tanto los miro, pero los ojos se me escapan constantemente para el patio. Ahí, dos perros minúsculos, peludos, idénticos, ladran desde el otro lado de la puerta de vidrio. Ladran sin respirar, pero sus dueños apenas lo registran. Entre ladrido y ladrido sus lenguas se ponen tiesas, se estiran y repasan los dientes. Cuando no ladran, crujen, como si algo les apretara el cuello, como si tuvieran la garganta hecha de papel arrugado. Por un rato pienso en el corazón de esos animales, qué fácil debe ser que revienten.”

Por último, como dije, la escritura de Marauda alterna el registro oral, interno y externo, las voces que hablan como hablan las voces “del mundo” y el registro reposado y, otra vez, tenso, en guardia, por parte de un narrador apoyado en la cabeza del personaje. Pero esos dos registros concurren para armar un thriller opaco, un aire de sospecha sobre el narrador mismo, que parece tanto un asesino como un huérfano tardío y, arreado por las aguas del pueblo chico, el infierno grande, la impunidad, las mezquindades todas esas cosas tratadas con algo de Cormac McCarthy, pero también con ese tipo de silencio y elipsis que Hernán Ronsino manejó muy bien en su primera novela, La descomposición.
“Cada paso de vuelta a la casa es más liviano. Aquel cuerpo ya no está, pero el río es insistente, siempre encuentra otros juguetes.”, El puente de las brujas tiene algo de novela de iniciación argentina, y por eso, claro, tiene algo de novela policial. Como si nuestra infancia siempre se acabara cuando se topa con un crimen. No importa a qué edad sea, no importa que el crimen, habitualmente, sea familiar, barrial, pueblerino. Pero entonces todos los juguetes se resignifican, el paisaje se resignifica, y lo que era inocente ahora es brutal, y las armas dulces y livianas, las armas dulces y descargadas de la infancia se tornan plomo, metales fríos, peligrosos, traicioneros.

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