Ioshua, la poesía de los márgenes

Facundo Soto escribió Ioshua, la biografía, un libro fundamental sobre el poeta pobre y gay del conurbano bonaerense.

FLAVIO LO PRESTI

Hace unos días circuló en forma de meme una captura de pantalla de televisión. Dos periodistas de un tradicional programa político flotaban sobre un videograph que, a lo mejor fuera de contexto, resultaba inmediatamente vomitiva: “¿para qué quieren los pobres internet?” Bueno, este libro de Facundo Soto (Ioshua, la biografía) parece una carcajada contra las elucubraciones que la clase media encorbatada hace sobre las necesidades tecnológicas de sus subalternos, y muestra una especie de descalabro sociológico hecho vida. Ioshua, Marcos Josué Belmonte, nacido en el barrio Libertad en el Merlo del Conurbano Bonaerense no debería haber sido lo que fue, pero lo fue: un poeta, el inventor de una iconografía, un activista LGTTTBI++ sin clóset y sin legitimidad académica, un mártir artístico de los pobres putos, un artista desmesurado e insoportable empeñado en aprovechar hasta el último recurso para existir más allá de lo que parecía posible. Y quizás esté de más contestarle al videograph, pero en gran medida lo hizo a través de Internet.

Hay una tentación que es la de comentar la vida de Ioshua por fuera de la biografía de Soto, aunque estemos frente a la paradoja de que sin ella casi no sabríamos quién fue (hablo por mí). Pero hay una horqueta que puede leerse entre las líneas del relato: ¿fue la poesía la que lo rescató del dolor, o en realidad lo precipitó a su temprana muerte, ocurrida en circunstancias escalofriantes en el año 2015, cuando Ioshua tenía 37 años?
Habría que dejar antes un poco más claro quién fue. Un poco ad náuseam, con un desorden que parece copiar un poco el de la aluvional obra breve de Ioshua, la biografía nos muestra al hijo de una familia pobre pero sobre la que aletea la maldición de la cultura (uno de los testimonios subraya la posibilidad de que su familia no fuera tan pobre, tomando como indicador la “formación intelectual” de Ioshua) que se decide a tomar por asalto la ciudadela cheta porteña de la que está excluido geográfica y económicamente. Para eso, fatiga hasta la extenuación la ciudad con fanzines hechos a mano en fotocopiadoras, vende en puestos de todas las ferias post 2001 en donde se empieza a gestar la floración infinita de las editoriales independientes, inventa música y fiestas, inventa espacios de autogestión y de combate mientras garronea comida, drogas, afecto y, fundamentalmente, un lugar donde dormir en Capital, oscilando entre estrategias que van de la ternura a la rabia suicida. 

En todo el trabajo de recolección de testimonios que hizo Soto se siente la amenaza de que el deseo de ser artista (inadecuado, perverso en un puto pobre y nacido en un arrabal profundo) no haya sido más que una impostura u otra forma de las estafas y arrebatos de mitomanía a los que Ioshua era tan proclive. Es una sospecha de cínico, desmentida tanto por testimonios “autorizados” como el de Roberto Jacoby y por los propios poemas electrizados de Ioshua, sus planteos políticos y estéticos y el trazo de sus dibujos. Pero de todos modos sigue siendo un planteo parejo al del videograph de la televisión: ¿qué grado de talento hay que tener en la ejecución de morisquetas para que la élite artística argentina nos deje escuchar a Blondie en un evento en Palermo? ¿Hay que agregar una libra de carne más si a uno le tocó un cuerpo inclinado a la disidencia?
El testimonio de Cucurto también da cuenta de ese lugar que esta biografía ayuda a construir, el de quien inventó un mundo que no existía en la cultura argentina: el de los chonguitos cumbieros (asilos de cumbiagei, ese universo audiovisual inventado por Ioshua) sin plata y sin estatus, amenazados por la policía; ese territorio, escenario de la lucha de pobres contra pobres que aparece en el cuento Rosas del Paraná, un cuento que según el autor de Cosa de Negros está altura de los textos de Aira, Héctor Libertella, Lamborghini, María Moreno. “La literatura está escrita, casi toda, desde la civilización; salvo Ioshua que marca un antes y un después, tanto en la sexualidad como en la manera de plantear los temas: la cuestión amorosa, la problemática social y la lucha entre pobres. La explotación, la violación, el maltrato constante, la discriminación…”.

Ioshua murió trágicamente, con el cuerpo ametrallado por enfermedades, cáncer, HIV, un desplazamiento óseo que puede haber sido provocado por las golpizas de un padre suicida, sin amor, sin compañía, en una soledad que había terminado a su manera por conquistar, en la pieza de una familia que incineró lo que quedaba de su obra, en esas lejanías que había vivido como un estigma. Se había transformado en “una mostra en muletas“, según plantea Soto: sus últimas apariciones lo muestran lleno de tatuajes, con la cara pintada, los ojos rojos, en una mutación especialmente envenenada ¿Qué respuesta da el dibujo de su vida trazado por Soto a la pregunta que dejamos sin respuesta? ¿Lo rescató la poesía? Al final sentimos que no hay nadie más heroico que un humillado que no acepta su destino, y que tampoco está dispuesto a la sonrisa exacta para ganar la piedad o la limosna del que tiene la sartén por el mango.
Subsiste, sin embargo, la duda sobre qué hubiera sido de un Ioshua que no dejase el trabajo en la carnicería, un Ioshua reprimido y normalizado y, de paso, con un carnet de obra social. Un Ioshua gris y longevo. Podemos responder que hay millones de esos Ioshua cuyos nombres desconocemos, y a los que él colgó en las galerías de la ciudad letrada después de romper puertas a patadas.
Volvemos a la pregunta tramposa sobre qué cosa es una vida bien vivida. Porque en realidad no hay respuestas, y está la biografía de Soto, que a pesar del horror al blurbismo se proyecta como imprescindible, necesaria, ese etcétera de adjetivos automáticos que pocas veces se merecen tanto como en este caso.

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