El secreto revelado

Autora de Los vivos y los muertos, la escritora Joy Williams es un personaje enigmático de la literatura estadounidense y es hora de descubrirla.

FERNANDO KRAPP

Cada año, o cada dos años tal vez, aparece en español una escritora o un escritor norteamericano secreto que por alguna razón imperativa y culposa deberíamos de haber conocido antes. Y por alguna razón secreta y misteriosa quien escribe las contratapas de esos nuevos escritores o escritoras suelen compararlos con William Faulkner como garantía de calidad secreta. Y por esa misma razón, corremos a comprar el ejemplar, nuestro ejemplar, para leerlo y pensar si es realmente así de bueno como nos quieren hacer creer. Y una vez que lo terminamos y lo ponemos en la biblioteca junto con otros escritores norteamericanos secretos ahora no tan secretos, nos quedamos pensando si eran tan buenos como nos quisieron hacer creer en un principio. 

Pero a veces esta ecuación es cierta. Hace unos años nos llegó la noticia de la existencia de una tal Joy Williams. Como toda buena escritora norteamericana secreta, la tal Williams vivía en las afueras de las grandes ciudades, entre Florida y Arizona. Como toda buena escritora norteamericana no gustaba de dar entrevistas y era tildada de misántropa. Como toda buena escritora norteamericana había sido finalista del National Book Award (que “perdió” cuando lo ganó Pynchon con El arco iris de la gravedad). Como toda buena escritora norteamericana su prosa se parecía a la de William Faulkner. Pero la verdad es que leer a Joy Williams es una experiencia distinta a la de Faulkner. Su territorio está alejado del Delta del Mississippi, más cercano al cayo de Florida, y, en su última novela, Los vivos y los muertos, más ligado al desierto de Arizona. 

La editorial española Alpha Decay se encargó de traducir sus novelas. Desde las primera obra Estado de gracia que la catapultó al podio de las escritores nóveles hasta su segunda y tercera novela que la bajó de un hondazo al subgénero de “escritora de escritores”. En el año 2001 publicó Los vivos y los muertos que supuso un cambio en el paisaje: Arizona. Allí vivió junto con su segundo marido, el editor de Esquire hasta la muerte de él. La novela está plagada de fantasmas, adolescentes perdidas y buscadores de tesoros. Como los personsajes desesperados de Barry Gifford, una mezcla entre white trash y ángeles perdidos en el desierto, los personajes de la novela parecen no estar interesados en lo que los lectores podamos entender sobre ellos o sobre lo que está ocurriendo en la trama. El principio de realidad en la novela está dado por el aire, por el fuego, la lógica secreta de las plantas y las sombras de los animales. De ese mundo, aparentemente irracional bajo nuestros parámetros, se desprenden las acciones de los personajes centrales.

Lo que importa en Williams no es tanto la trama (aunque siempre pasen cosas inesperadas) o la estructura (aunque siempre eso que sucede tenga algún tipo de consecuencia inespererada), sino los personajes, y cómo esos personajes que construye se articulan con su voz literaria. Williams tiene un modo de narrar que parece un susurro (obviamente que en inglés se aprecia mucho más, pero en esta traducción se logra algo de ese lenguaje). El caso es cómo construye a Alice, Annabel y Corvus, tres huérfanas aburridas que matan el tiempo en un geriátrico, en una exposición de animales disecados y en una casa embrujada. En sus movimientos por las novelas, en una especie de novela de aventuras que busca desterrar el aburrimiento del desierto, se encuentran con un padre apresado por el fantasma de su esposa, un cazador que no sabe cazar, un pianista con ganas de morir sin lograr el tan anhelado suicidio, una enfermera misántropa, una niña prodigio, en un bucle narrativo en donde lo muerto se interpone mágicamente con lo orgánico.
Esa es la referencia para pensar a Williams: no Faulkner, sino Faulkner pasado por García Marquez, un escritor a quien deberíamos releer pronto con ojos nuevos. Williams ve el desierto con ojos alucinados, ese territorio de frontera ganado a los indios, a los méxicanos y a los españoles, hoy territorio de especulaciones xenófobas, misóginas y homofóbicas. La novela supuso un quiebre en la narrativa de Williams que mudó todos sus personajes y sus historias a ese lugar, como podemos leer en su magnífica colección titulada The visiting privilige (traducida por Seix Barral en España por un lacónico Cuentos reunidos). La novela obtuvo una nominación al Pulitzer (que como toda buena escritora secreta volvió a perder), y estuvo mucho tiempo sin ser traducida al español, no sin dejar de cosechar elogios de escritores como Raymond Carver, Don DeLillo y James Salter quienes dijeron que Joy Williams era, justamente, el secreto mejor guardado de la literatura norteamericana contemporánea, que nosotros, incultos mortales, deberíamos conocer.

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