Un hombre en pijamas

La versátil obra del novelista gráfico Paco Roca va desde la narración sutil de la desintegración que produce el Alzheimer hasta una versión personal de la Guerra Civil española.

Flavio Lo Presti

En 2008, Paco Roca publicó un cómic que, contra todo pronóstico, se volvió un hit y cambió la historia de la novela gráfica española. El sector venía de una depresión, si se lo compara con la década del 80 y principios de los 90; solo quedaban pocas revistas en las que subsistir, como la mítica El víbora y su versión erótica, Kiss, el mismo Roca hizo palitos hasta hacerse un nombre. Trabajaba como ilustrador publicitario, y en el 2001 había tenido su primer gran momento al publicar una fantasía surrealista y gótica que tenía a Salvador Dalí como personaje principal, pero el pintor era, en ese caso, un vampiro (El juego Lúgubre). El dibujo (Roca suele remarcar que, antes que un talento natural, hay horas y horas de aprendizaje y oficio, pero solo con ver la retrospectiva Dibujante ambulante sabemos, por sus bocetos a mano alzada, que hay un gran talento ahí) y la imaginación lo llevaron al mercado francés, pero aún vivía a medio tiempo de otra cosa. Entonces llegó el 2008, y con la historia menos pensada Roca cumplió la fantasía de trabajar en pijamas.

¿Por qué? Porque Arrugas vendió decenas de miles de ejemplares, ganó el recientemente creado “Premio Nacional de Cómics” y catapultó a su creador a una fama inimaginable en Argentina. A partir de Arrugas, su autor viaja por el mundo dando conferencias, va a late shows con vibra de celebridad, firma miles de ejemplares en las convenciones. Lo curioso es que el relato es lo menos appealing imaginable a simple vista. Arrugas es la historia de un hombre afectado por un Alzheimer incipiente, Emilio, a quien su familia interna en un geriátrico.
Lo que hizo de Arrugas un éxito quizás sea una combinación de su sencillez visual (la línea del dibujo de Roca tiene algo de la de Hergé y todo el libro contagia una impresión de monocromía pastel), el tratamiento de un tema serio y profundo y una mirada cruda sobre la cuestión, que no evita ni los momentos cómicos que la demencia senil puede provocar (Emilio con el pulóver arriba del saco, escuchando “tapelo” cuando le dicen “pelota”, negando olvidos ingenuos, reclamando robos de objetos que él mismo ha escondido) ni los momentos más espeluznantes, desde el tenebroso salón de los zombies en el primer piso a la escabrosa escena de un asesinato con una llave inglesa. Interesado en comprender, o al menos atestiguar, el adelgazamiento de la identidad personal a partir de la disolución de la memoria, Arrugas no cuenta solo ese proceso, y la presencia de un personaje entrañable (Miguel, compañero de habitación de Emilio, truhanesco y falsamente cínico) es uno de los resquicios a través de los que muy sutilmente Roca explora la ambigüedad del afecto, sus costados luminosos y oscuros, siempre sostenido en un fondo espiritual que se puede intuir en el epígrafe atribuido a Buda (“La nube no desaparece, se convierte en lluvia”).

Arrugas es una obra extraordinaria y le valió al autor esa fama instantánea, pero Roca es un inconformista: va a la televisión nacional a burlarse de los reyes y su republicanismo for export, o de la derecha y su condena de dictaduras ajenas cuando es incapaz de llamar por ese nombre al gobierno de Franco, o dedica páginas de historieta a explicar la trampa explosiva del capitalismo de deuda que generó la crisis en España. Algunos de sus amigos (muchos de ellos, como el editor MacDiego o el diseñador Modesto Granados, escriben ensayos en Dibujante Ambulante) reconocen que se hubieran eternizado en una seguidilla de secuelas de Arrugas de las que Roca salió buscando la libertad creativa que le valió el éxito.

Así publicó cómics autoficcionales como el Emotional World Tour (una suerte de diario de su condición de celebridad que escribió a cuatro manos con Miguel Gallardo y con los tonos paródicos del caso) o Andanzas de un hombre en Pijamas, una entrega quincenal en el diario Las provincias que se transformó en tres volúmenes. Pero su versatilidad (en cuanto a intereses temáticos, formas, etc., una característica muy documentada tanto por la retrospectiva Dibujante Ambulante como por Senderos) le hizo imposible tampoco estacionarse en esa veta fácilmente venerable, y en 2010, por ejemplo, publicó un cómic hermoso sobre cinco dibujantes que quieren, en la década del 50, desmarcarse de la hegemonía de la legendaria editorial Bruguera (El invierno del dibujante).
Quizás uno de sus intereses más constantes es el que lo lleva a revisar una y otra vez las historia española, sobre todo la posguerra de la Guerra Civil. Además de El faro (una novela gráfica que publicó en 2005), Roca publicó Los surcos del azar en 2013. De una manera un poco más maximalista pero sin abandonar el enfoque íntimo también es, como Arrugas, una proeza. La historia está montada en dos planos: en uno, el del presente, llamativamente en bitono, el mismo Paco va a buscar a un viejo soldado de la guerra civil que se integró al ejército francés después de una huida desesperada en un barco inglés. El segundo plano es la historia heroica y dramática de Miguel Ruiz integrándose al ejército francés para, después de miles de desprecios, reveses y desesperanzas, formar parte de la Nueve, la división de emigrados españoles que bajo el mando del francés Leclerc entraron primero en la liberación de París en 1944. Miguel Ruiz, por otra parte, tiene noventa y cinco años, con lo que se repiten aspectos del universo gerontológico de Arrugas y se subraya, también, el interés de Roca en la experiencia humana en toda su extensión.

Al margen de que uno comulgue ideológicamente con Roca (suena como un tipo ideal para ir de cañas y en particular no me siento inclinado hacia el franquismo o el capitalismo financiero abstracto) y al margen de los aspectos documentales de esta obra de ficción, para la que Roca consultó muchísima bibliografía y al experto en la diáspora española de la Guerra Civil, Robert Coale (quien escribe el epílogo) como siempre lo que interesa en Los surcos del azar es esa combinación mágica entre paginado, texto y dibujo que es la novela gráfica. En este caso (a diferencia de lo que sucedía en Arrugas) Roca aprovecha el abigarrado contexto humano y tecnológico de la guerra para hacer lucir lo que alguno de sus críticos ha llamado su arte de la invisibilidad: la facilidad para hacer cooperar el color y la línea en el relato, siendo al mismo virtuoso e imperceptible.
Muchos de los comentaristas que elogian a Roca en Dibujante ambulante afirman que lo que mantiene lejos a las personas “cultas” de los cómics es su supuesta condición de hermana menor de las artes. Hoy es probable que el problema se haya invertido: que para quienes no somos lectores de cómics, la dificultad de abrirnos paso en ese corpus ya infinito nos acobarda y nos impide abrir, por ejemplo, un libro hecho de colores, líneas y palabras para el cual no tenemos mapa. Roca parece la puerta de acceso ideal: trabaja en pijamas, y lejos de la intención de abrumar, parece transmitirnos la voluntad de hablar de cuestiones inmediatamente interpeladoras, como nuestra memoria, nuestra historia y nuestra propia vejez.

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