Zappa y su mecanógrafa

Pauline Butcher, la secretaria del músico californiano entre 1968 y 1971, y un retrato que oscila entre el recelo, la crítica feroz y la devoción.

Paula Puebla

Es 16 de agosto de 1967 en Inglaterra y Pauline Butcher atiende el teléfono de Forum Secretarial Services, la agencia de secretarias de alquiler para la que trabaja en el barrio de Knightsbridge. Desde la habitación 412 del hotel Royal Garden, un tal “Mr. Zappa” solicita los servicios de una mecanógrafa. La joven de veintiún años intenta que alguna de sus compañeras se ofrezca para asistir pero no lo consigue. Entonces recoge la máquina de escribir portátil, los folios y carbónicos, y baja a tomarse un taxi que se inserta de inmediato en el tráfico londinense. Poco más tarde, la señorita Butcher entenderá el sentido cabal de la palabra suerte.

El comienzo de la edición de lujo de ¡Alucina! Mi vida con Frank Zappa, a cargo de la catalana Malpaso, trafica en la narración de la rutina un evento que lejos de constituir la levedad de una anécdota enarbola una verdadera irrupción. La vida anodina de una muchacha católica, aspirante a periodista y maestra de modelaje, dejó de ser la misma apenas respondió a ese llamado y se vio ante la oportunidad de insertarse en el universo de excentricidades del más que mítico Frank Zappa. Concluida la primera tarea que le asignó el músico —la de transcribir las letras de unas canciones desde una cinta grabada con improvisaciones y sonidos de lo más amorfos—, y luego de pocos encuentros posteriores buscados por la joven, Zappa le propone a la diligente Pauline dejar la rutina inglesa para mudarse a Los Ángeles y convertirse en su secretaria personal. El autor de Hot rats había recibido una propuesta editorial y se veía frente a la responsabilidad de escribir un ensayo político para el cual necesitaría ayuda. No mencionó nada de las pilas de correspondencia que recibía a diario y que esperaban respuesta.
“No sentía nostalgia, pero las cartas me proporcionaban un anclaje con la realidad”, escribió la autora que intentaba adaptarse a un clima de extrema ajenidad. Publicada más de cincuenta años después de comenzada la aventura en el cosmos zappiano, Butcher pone en marcha el motor de su memoria y se ayuda de las misivas que intercambió con su familia durante el tiempo que pasó trabajando para el genio delante y detrás de Mothers of Invention, la banda que trabajó para alimentar “el conflicto generacional” de las clases medias norteamericanas y que creó sobre el escenario un género propio indefinible entre el fluir de la música, la dinámica de orquesta y la performance humorística. Instalada en la cabaña de Laurel Canyon, justo antes que se desatara la locura del culto de Charles Manson, y bajo los influjos de seducción irreprimibles de su jefe, Pauline se encuentra con que sus tareas no son las de una mera secretaria y que su vida laboral y su vida privada ya no son universos distintos. La casa de Zappa en las colinas de Hollywood funciona como vivienda de más de una decena de personas, sala de ensayo y parada obligatoria de freaks locales, aspirantes a músicos y estrellas de rock. En la prosa ágil y sin pretensiones barrocas de la autora circulan nombres como Mick Jagger, Rod Stewart, Joni Mitchel, Roger Waters, George Harrison, David Gilmour. De hecho, cuando conoce a Eric Clapton, Pauline no duda en preguntarle “¿Y tú qué instrumento tocas?”. ¡Alucina! es el relato de una vitalidad que no deja corromperse por los popes del rock y, en cierto sentido, describe todo aquello que para una groupie conformaría un encadenado de hechos imperdonables. Butcher sale por la tangente de lo inesperado, no por el cálculo sino por una inocencia y por un desconocimiento que la excede y no pretende disimular.

Pauline Butcher, la mecanógrafa.

Los años de Pauline cerca de Frank están signados por una atracción nacida en aquel primer encuentro pero que nunca termina de concretarse, y por una admiración que no es sin sus dobleces y pendulaciones. “Un día te escuchaba con atención y al siguiente se cargaba tus ideas sin contemplaciones. Se consideraba libertario, pero dirigía a sus músicos de manera autoritaria. Defendía a los marginados y desheredados, pero aspiraba a vivir como un capitalista. Despreciaba a los estadounidenses por ignorantes, mientras que criticaba al gobierno por tratarlos como críos. Criticaba a la sociedad entera, pero jamás conocí a nadie tan discreto, humilde y bondadoso”. Ese hombre noctámbulo, trabajador, ambicioso y ateo, adicto al sexo, el café y el tabaco, despiertan en Pauline deseos desconocidos y la presencia de Gail, la esposa de toda la vida de Zappa, genera fricciones en la convivencia que terminan por desalentar las ideas románticas de la inglesa. Ese hombre flaco, de ojos negros y nariz anguileña se presentaba ante la joven como la suma de todos los riesgos, como un imán que era tan poderoso en lo artístico y en sus intervenciones televisivas como en la intimidad desordenada y caótica de la cabaña.

Butcher toma la palabra para narrar desde una óptica naif y nunca del todo indulgente la vida privada de una de las figuras públicas más críticas de la American way of life. “Una cosa que no me gustaba de sus canciones es que lo criticaban todo sin parar: el conformismo de la clase media, la contracultura de los años sesenta, la moda disco, la industria musical, los políticos o los líderes religiosos, entre otros”. Aquello que hacía grande a Frank para sus seguidores, para Pauline era una “confianza descomunal en sí mismo” que alcanzaba su punto máximo en las aspiraciones que tenía el artista a convertirse en presidente de los Estados Unidos. En la historia, los sentimientos de la mecanógrafa oscilan entre el recelo, la crítica feroz y la devoción. La disección que realiza Pauline Butcher de Zappa no es sino sin la riqueza de sus contradicciones: “entre aquellos ropajes y detrás de esos pelos había una persona inteligente, sensata e incluso conservadora”.
Ante el desafío de narrar a uno de los personajes más iconoclastas, talentosos, insobornables y adelantados a su tiempo de la cultura norteamericana del siglo XX, Pauline Butcher deja pasar la tentadora oportunidad de la adoración para convertir su testimonio en una extraña pieza documental en la que la vida de una chica corriente se ve desplazada, como en una terapia de choque, al terreno de la singularidad que caracterizó a aquel talento inédito, a aquel músico inclasificable. “Frank es un género en sí mismo”, sintetiza sin remedio la estimada secretaria en una de las páginas de este homenaje póstumo sin la condescendencia que, sabe, volvería loco a ese hombre inasible llamado Frank Vincent Zappa.

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