Arte & Monotributo

Diario del dinero, de Rosario Bléfari, es una reflexión conmovedora sobre la supervivencia del arte y un recorrido por el espíritu de la escena independiente.

JAVIERA PÉREZ SALERNO

“¿Quién paga todo esto?”, pregunta el médico que atiende a Rosario Bléfari y a su hija Nina por la obra social de actores en la primera entrada del Diario del dinero, (Mansalva, 2020). Ella no sabe cómo contestar y se reprocha en su cuaderno privado no haber sabido reaccionar ante el cinismo de esa pregunta. La primera voz exterior que entra en este diario íntimo abre un cuestionamiento que Rosario parece recoger y responder con el resto del libro: cómo hacen los artistas independientes para (sobre) vivir en la argentina de los últimos veinte años, una de las claves en la que puede leerse la última obra publicada de Rosario, aunque no la única. 

Este diario es un libro accidentalmente póstumo: la pandemia retrasó su publicación, que debería haber sucedido en marzo de este año. En paralelo, la salud de Rosario se agravó; llegó a verlo cerrado pero no en librerías. Pensado desde la coyuntura mundial y nacional que hoy nos toca, hay algo casi mágico en esta demora involuntaria. En marzo, aún no era claro en qué situación nos iba a instalar la pandemia y mucho menos cómo iba a impactar en el trabajo del arte, aunque algo sospechábamos. Ahora, a cinco meses de confinamiento, con los espacios culturales y teatros cerrados, con la cultura refugiada en la inmaterialidad del online, el hilo precario que une a lxs artistas con la posibilidad de hacer obra, se puso de relieve como nunca. Compositora, escritora y actriz, Rosario fue ante todo un faro en la cultura independiente. Y esta aparición en un momento tan clave, parece entregarnos una especie de “guía de supervivencia”, con su propia historia como centro, justo cuando más la necesitamos. 
“¿De qué viven, artistas jóvenes?”, se pregunta Elisa Palacio en uno de los poemas de su libro Relación de dependencia (Tammy Metzler, 2015). En Por el dinero, tanto en su versión teatral como cinematográfica, Alejo Moguillansky y Luciana Acuña también repasan la lista de gastos, el debe y el haber de la relación cotidiana entre el arte y el sustento. Más allá, Virginia Woolf recomendaba tener dinero, junto con un cuarto propio, para cualquier mujer que quisiera dedicarse a escribir. Aunque parezca en segundo plano, muchas veces muteada por el siempre vigente “amor al arte”, la relación con el dinero, la delgada línea entre la obra y la mercancía, es una discusión vertebral. Y es interesante que el dinero sea el material, la base sobre la que se sostiene este diario, la obra final de una artista que siempre se movió por el sendero diminuto que se abre al costado del mainstream, de los grandes festivales y la cultura del canje. 

“Yo no tengo idea de trabajos estables”. Una rápida lectura de las fechas de las entradas arrojan un resultado contundente: el diario temático como un proyecto a largo plazo, la persistencia en una idea que no se abandona con el correr de los años. La primera entrada del diario data de 1983 —otro mundo, otro país, otro siglo—cuando va a un recital a ver a Sumo “y a una banda que todavía no tiene disco que se llama Soda Stéreo”. Las últimas son del año pasado y registran las charlas de cierre con los editores de Mansalva, donde se conversa sobre los vaivenes de la moneda y ella aclara que el diario “no siempre habla de dinero”, algo que funciona también como epílogo, a falta de un prólogo que contextualice, como el que incluye Witold Gombrowicz en su propio Diario. En el medio, esta especie de excel emocional de gastos y vivencias fue tomando cuerpo y sumando páginas. “Y qué si este sea mi diario, que este enorme cuaderno único se haya ocupado con los días, los datos, tal vez pasajeros”, escribe. ¿Qué arrojan esos datos aparentemente intrascendentes? Si el personaje de Silvia Prieto en la película de Martín Rejtman que Rosario protagonizó, podía medir el peso de su día laboral a partir de la suma de cafés con leches, cortados y lágrimas que había servido, en el racconto de los precios de cada pequeña compra, en los alquileres que suben, en la espera de los pagos que no llegan, también puede encontrarse una forma de medida: las cifras que espejan el desabrigo de una generación freelancer. “Yo no tengo idea de trabajos estables”, se define Rosario. A más de unx le resonará. 

¿Para quién se escribe un diario íntimo? “A mis amigos: tengan cuidado al leer algún día todo esto. Tengan justeza y no sean impíos”. Rosario sabe que el cuaderno único alguna vez va a leerse, que dejará de ser personal. Todo diario, sobre todo los diarios de artistas o escritores, exige ser leído en dos direcciones que están relacionadas: en su dimensión íntima y en su dimensión éxtima, exterior. Y en ese sentido, nada más exterior que el dinero y nada más íntimo que su uso. Somos lo que elegimos hacer con él, nos define su presencia o su ausencia, somos incluso las contradicciones a las que nos puede arrojar: “Viajé en Mercedes Benz pero me bajé para tomar el 102. Que alguien me vea en esta película”, comenta, con su humor sutil. En la dimensión íntima, esas entradas fragmentadas, en presente, escritas en bares casuales, en habitaciones de hotel, en Santa Rosa o Buenos Aires, arman un mapa especulativo, con la función del registro por el que se van colando también los temas de toda una vida: la llegada del amor, la maternidad en sus diferentes momentos, los primeros registros en clave feminista y su enfermedad, que empieza a aparecer, avanzando sobre el texto. 

En la dimensión éxtima, la obsesión sostenida de contabilizar los gastos hace que el libro pueda ser leído también como un recorrido por la historia de los últimos años: la fluctuación caprichosa de la moneda (“hoy el dólar está a 30 pesos”), el estado y las instituciones de salud, o el mapa de una Buenos Aires que se sobreescribe continuamente a sí misma, con espacios que ya no están (Belleza y Felicidad, Garageland, Casa Zombie) o el nacimiento de otros que ahora son paisajes insoslayables, como la Iglesia Universal de Acuña de Figueroa y Corrientes. Asistimos al encendido de internet, las protoestafas piramidales como Amways, el apogeo y caída del CD como materia de intercambio y la fuerza de una escena independiente que, con todo en contra, sigue creando y existiendo. 
El diario no sigue el tradicional orden cronológico del género: las entradas están mezcladas y saltan entre la temprana juventud, los últimos proyectos, sus inicios con Suárez, sus andanzas adolescentes y la escena de los tempranos 2000s. Es una edición casi cinematográfica, con flashbacks y flashfowards. Estamos ante un libro documental, que usa el archivo personal de la misma manera en la que lo usa, por ejemplo, Agustina Comedi en su película El silencio es un cuerpo que cae: el registro de la historia pequeña, íntima y propia como un prisma desde donde ver un panorama mayor. Quizá el uso más perfecto al que puede aspirar la literatura del yo, la que se escribe en contra de la historia con mayúscula, con la fuerza política de iluminar una voz donde otros registros no se detienen. (En estos días, ese género también fue puesto en discusión a raíz del concurso del Fondo Nacional de las Artes. El desfasaje pandémico hizo que este libro interviniera también en esa polémica, en el momento indicado). Diario del dinero es también un lúcido mapa de lecturas, apuntes de poemas y películas, estrategias para la creación, una defensa de la docencia como herramienta y la confianza, siempre renovada, en el azar. En el Festival de Poesía de Rosario, a Rosario le toca leer después de una consagrada poeta. Ella admite que no es fácil leer una producción propia después de alguien a quien se admira, pero dice: “Estos son mis poemas. Acá estoy para darles voz”. Ese mandato de “dar la voz” también aparece en este Diario, un testimonio personal pero también la biografía fragmentaria de toda una generación dispuesta a seguir haciendo.

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