Estética del error

La lógica de la impericia y de la ruptura narrativa, de los cuadros de Bernando Ortíz al Ulises de James Joyce

DIEGO ERLAN

Los papeles, colgados en el subsuelo del Museo de Arte Moderno, a simple vista parecían sólo viejos papeles con manchas. Sin embargo había algo más. Ese algo más que se revelaba al acercarse uno y en la historia que contaba el artista. “Hace veinte años me regalaron estos papeles Fabriano que en su momento eran muy caros y me propuse guardarlos para cuando pintara algo que valiera la pena”, confesaba Bernardo Ortiz. “Años después, cuando decidí que era hora de usarlos, los saqué y encontré que estaban llenos de hongos.” Esos papeles, al parecer intrascendentes, era la primera obra que podía verse en Borrar, a su vez la primera exposición individual en la Argentina del artista colombiano. En el relato de Ortiz recordaba no haberse deprimido ante el descubrimiento sino asumirlo: entonces dibujó la silueta de cada hongo que se había formado en la superficie del papel. En ese gesto, en ese señalamiento, se concentra todo el aparato teórico del artista cuya obra trabaja sobre las nociones del fracaso y el accidente. Una vez, a principios de los noventa, le robaron un morral lleno de pinturas y dibujos. Dice que con el tiempo lo que hizo fue tratar de recuperar esas obras, en un proceso de descripción que pretende trascender la fragilidad del recuerdo de esas líneas y así, de algún modo, que pudieran llegar a corporizarse en otras obras, en otros gestos.

De eso se trata el trabajo artístico de Ortiz: la articulación tensa entre palabras, dibujos, manchas, accidentes y descripciones minuciosas, obsesivas y hasta enfermas. Exponer significa, para Ortiz, que la obra se exponga, y eso sólo puede darse, como entendió John Cage, en la intemperie: en la precariedad de la imagen construida, por ejemplo, a partir de software obsoletos. En un permanente juego de distancias, el arte de Ortiz también se sostiene en el balbuceo y, quizás por eso, en la traducción de una canción de Leonard Cohen, el artista exponía en el Moderno las variaciones del sonido, el signo y el sentido de una línea: “El tartamudeo constante de la palabra encarnada / El tartamudeo constante de una palabra hecha carne”.

La impericia y la ruptura

Pensaba en esa idea de error y fracaso cuando me acordé de algo que le escuché decir a Ricardo Piglia en una conversación con Juan Villoro o a Villoro en una conversación con Piglia. No importa. Lo que importa es la noción de impericia: de los narradores que no saben contar una historia. Allí radica una fuerza, una posibilidad: narrar con impericia implica rupturas estructurales que pueden descubrir una nueva forma. La impericia como una necesidad donde aparece la lógica del error, del desvío, del lapsus. “Funcionan como elementos –entendía Piglia– que abren sentidos que de otra manera se ocultan.” Esa es lo que podría llamarse “experiencia de incertidumbre”. No está dada en relación a los personajes de la historia o a su devenir sino a un pliegue en el lenguaje, en el modo de narrar. “Es ahí –planteaba Piglia en aquella charla– donde se juega esta idea de avanzar sin saber muy bien hacia dónde”. Es la ruptura de la narración que Piglia encontraba en el Benjamin, el menor de los hermanos Compson de El sonido y la furia, o en el monólogo de Molly Bloom en el Ulises, de James Joyce. 

¿Quién de nosotros
puede controlar sus garabatos?

JAMES JOYCE

¿Qué sabemos de nuestras obras?, se preguntaba Joyce retomando de algún modo esa experiencia de incertidumbre. “La gente puede atribuir a Ulises cosas en las que no pensé nunca, pero nadie es quien para decir que esas interpretaciones son erróneas: ¿alguno de nosotros es consciente de lo que está creando? ¿Acaso sabía Shakespeare lo que estaba creando al escribir Hamlet? ¿Lo sabía Leonardo al pintar La última cena? A fin de cuentas, el genio originario de un artista está en sus garabatos: su talento esencial hay que buscarlo en sus acciones triviales. Más tarde puede desarrollar ese talento hasta crear Hamlet o La última cena, pero, si los ínfimos garabatos que configuran la gran obra carecen de valor, no le habrá servido de nada crearla, por ambiciosa que sea. ¿Quién de nosotros puede controlar sus garabatos? Éstos son los signos con los que escribimos nuestra personalidad, como la voz o la forma de andar.”
Esa pregunta es clave: ¿quién puede controlar sus garabatos? Nadie. ¿Quién puede controlar sus miedos?
Hace unas noches me puse a leer Mi hermano James Joyce, de Stanislaus Joyce, en una vieja edición de Compañía General Fabril Editora. En el relato me entero de un dato encantador: Joyce le tenía pánico a las tormentas. Al punto de que ni bien escuchaba un trueno, empezaba a cerrar las ventanas de la casa familiar como un desquiciado y luego de cerrar postigos y persianas llegaba incluso a encerrarse a rezar en el placard.

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