Paniquemia

El nuevo libro del filósofo esloveno Slavoj Žižek aborda el tema de la pandemia del Covid-19 y la necesidad de repensar políticamente las condiciones de la vida contemporánea.

Luján Stasevicius
Slavoj Žižek

Escribir es una de las maneras de intentar suturar nuestra herida narcisista, casi siempre en vano. Apurarse a escribir para responder a una urgente demanda histérica no hace más que poner esa herida en primer plano. No de otra manera se puede leer la pugna de vedettes entre los filósofos contemporáneos por ser el lector de la naturaleza o los alcances de la Covid-19. Entre ellos, es quizás Slavoj Žižek con su reciente Pandemic —en cuyo diseño de tapa se propone un juego de palabras que en inglés sería algo así como “Paniquemia”, juego que los editores españoles del libro no han juzgado necesario sostener— el que mejor recoge el guante. Claramente editado al calor de los contagios, echando mano a Wikipedia —“avergonzadamente pero agradecido”, confiesa— o a conversaciones privadas si así lo amerita, estos 11 ensayos nos acercan un Slavoj que nos resulta reconfortante por lo familiar: polémico, canchero y repleto de referencias a la cultura popular para alivianar los momentos en los que se pone serio con Hegel. Veterano de los mass media, exitosamente surfea la ola de la demanda urgente de sentencias sin caerse ni mojarse, claramente con mejor suerte que sus pares Giorgio Agamben o Byung-Chul Han.

La recepción crítica, feroz en el caso de las intervenciones de Agamben y Han, mostró frente al objeto libro una mirada más cautelosa. Así, durante mayo se leyeron glosas prolongadas disfrazadas de análisis en diarios españoles, o presuntos artículos que no eran más que una retahíla de citas. El interrogante, no obstante, persiste. Si no pudo ser en Agamben ni en Han, ¿encontraremos en Paniquemia una respuesta a todas nuestras preguntas de tiempos de encierro? Por ejemplo, ante el remanido ¿qué hacer (con nosotros) durante la cuarentena?, la respuesta no tiene que ver con los microemprendimientos, ni tampoco con una reformulación psicológico/espiritual A contrapelo de la mayoría de las revistas y cuentas de Instagram feminizadas, Slavoj Žižek nos advierte: ni se les ocurra intentar comprenderse o (re) definirse. La clave de la supervivencia reside en aferrarse a los pequeños rituales antes que a las preguntas trascendentales. Ese pareciera ser uno de los nudos principales de su argumentación; esta pandemia no es un llamado a hacernos mejores o más productivos, sino a asumir que, en realidad, no valemos mucho más que nuestros propios anticuerpos. Así, sostiene en su primer ensayo:
“Los sospechosos de siempre esperan su turno para ser interrogados: la globalización, el mercado capitalista, la fugacidad de los ricos. Sin embargo, debemos resistir la tentación de entender esta epidemia como algo que tiene un significado más profundo: el cruel pero justo castigo a la humanidad por la explotación desenfrenada de las otras formas de vida del planeta. Si buscamos un significado oculto, vamos a quedarnos en la premodernidad: vamos a considerar al universo como un interlocutor. Aún cuando nuestra supervivencia se vea amenazada, hay algo reconfortante en el hecho de que estemos siendo castigados; el universo (o incluso Algo o Alguien allá afuera) está interactuando con nosotros. Le importamos de una manera muy profunda. Lo verdaderamente difícil de aceptar es el hecho de que esta pandemia es el resultado de una casualidad natural en su sentido más puro; es algo que pasó y no tiene un significado más profundo que ese. En el gran orden de las cosas somos sólo una especie sin mayor relevancia.”

Esta ansiedad contemporánea y premoderna por un discurso absoluto que ate todos (nuestros) cabos sueltos da como único resultado disponible chismes disfrazados de teorías, encarnadas en Argentina, entre otros, por los grupos anticuarentena. Debemos, no obstante, enfrentarnos al peor final para nuestra soberbia: no hay explicación posible, no existe una teleología covideana. Esa es nuestra herida narcisista. No importamos.
Sin embargo, el esloveno tampoco está exento de caer presa de su narcisismo ni de (des)escribirlo. Ofuscado por quienes lo reducen a ser un filósofo de masas, y agotada su estrategia de escudarse en Hegel, despotrica directamente sobre cómo no lo dejan terminar la idea cuando propone “comunismo” como antídoto a la pandemia. En “Comunismo o barbarie, tan simple como eso” refunfuña: “De Badiou a Byung-Chul Han y tantos otros, desde la izquierda tanto como desde la derecha he sido criticado e incluso ridiculizado, cuando repetidamente he sugerido la llegada de una forma de Comunismo como resultado de la pandemia provocada por el coronavirus.” Debería resultar obvio, mantiene, que no está abogando por una vuelta a la Unión Soviética sino por una solidaridad global sumada a un agrandamiento del Estado. Es más, redobla, ni siquiera tiene sentido pronosticar algo que ya está sucediendo, ya que ciertas decisiones que se están implementando en varios países son comunistas en el sentido que él propone. Comunismo significa un Estado como ente organizador, regulador y productor de medidas y artefactos higiénicos para combatir el virus, dejando de lado la lógica capitalista —de hecho, se criticó hace unos meses en los medios norteamericanos como Donald Trump, aún pudiendo echar mano a una ley promulgada en tiempos de guerra para demandar a las fábricas que produjeran máscaras y respiradores prefirió sin embargo dejar todo en manos del mercado— para asistir en una emergencia que exige que sea protector de sus ciudadanos y no armonizador de empresarios.

Otro ejemplo rabiosamente contemporáneo que esgrime Žižek son los trabajadores de la salud, aquellos a los que en Argentina se aplaudía y se les negaba el acceso a sus viviendas en un mismo movimiento. Slavoj retoma las ideas de Han sobre el agotamiento para integrarlas a su consabido mandato del goce —no sólo tenés que hacer algo, sino que más vale que te guste— y articula una actualización vis à vis el estallido de la Covid-19. Los enfermeros y demases, explica, no sólo tienen que ocuparse de los humanos contagiados, sino que se agrega a sus requerimientos laborales la empatía por el enfermo.

La exigencia de un compromiso emocional con el “objeto” de su trabajo hace que el burnout sea más rápido e intenso. El mandato de la empatía añade una carga que tiende a ser invisibilizada, justamente, por lo “obvio” del requerimiento, que se suma a las narrativas heroicas mediante las cuales se representan a estos trabajadores. Esta invisibilidad hace del mandato algo mucho más efectivo y a la vez dictatorial. No se equivoca Žižek cuando lo relaciona con el famoso letrero a la entrada de Auschwitz: “Deberíamos evitar la tentación de condenar a la autodisciplina estricta y la dedicación al trabajo, y en su lugar propagar el slogan “¡tomátelo con calma!” —Arbeit macht frei! (Sólo el trabajo nos hará libres) es todavía el slogan correcto, aún cuando los nazis lo hayan malgastado brutalmente. Es cierto, existe un trabajo arduo y agotador para los que tienen que lidiar con los efectos de esta epidemia, pero es un trabajo importante, en beneficio de la comunidad, tiene un propósito, acarrea su propia satisfacción, no como el esfuerzo estúpido de tratar de pegarla en el mercado. Cuando un trabajador de la salud se agota, cuando una persona que cuida de otra está agotada por la demanda, están cansados de una manera que es radicalmente diferente de la que padecen aquellos que están motivados únicamente por el éxito profesional. El cansancio de aquellos vale la pena.”

A la opresión de un virus le sumamos la tiranía de la buena onda, que minimiza la prostitución de la empatía bajo el mandato social de la solidaridad emocional —¿cómo no vas a ser empático?, ¿qué sos, un monstruo?—, requerida en su totalidad únicamente a quienes deben trabajar de eso, pero curiosamente exenta en quienes levantan el dedo para acusar y las manos para aplaudir al aire nocturno.
El antídoto para esta hipocresía pareciera hallarse en una apreciación casi naturalista de la realidad. Hay que hacerse cargo de que tenemos la batalla perdida. Pudimos ser ultrapoderosos, supimos mentirnos y acunarnos en nuestros sueños de modernidad, y el despertar ha sido humillante; un virus que no tiene argumentos ni dialéctica nos ordena quedarnos en casa y, temerosos, debemos obedecer. Para esto ha servido todo el desarrollo; engañarnos en una supremacía que tiembla en sus cimientos a la primera contingencia natural. En este sentido, Žižek vuelve a decirnos lo que ya nos explicó varias veces antes: The truth is out there. Esta es, también, nuestra herida narcisista; quedar confinados, y reconocernos inútiles y desamparados frente a un virus al que ni siquiera le importamos.
Hace algunas semanas, el programa televisivo A Late Show with Stephen Colbert tuvo como invitado, vía Zoom, al alma mater del formato: el inigualable Jon Stewart. Durante la charla, que necesariamente versó sobre la pandemia, el cómico hoy retirado comentó que, en busca de consuelo, comenzó a leer sobre la gripe española de 1918. Su objetivo era regocijarse desde su presente al leer algún consejo estúpido y añejo, como “tenés que tomar una solución de vinagre con mercurio”. Sin embargo, se encontró con que los consejos de higiene eran quedarse en casa, máscaras si salís y distanciamiento social. Más allá del paso de comedia, la anécdota de Jon Stewart reformula una vez más nuestra herida narcisista; seguimos siendo los mismos después de más de un siglo. Los únicos que mejoran son los virus.

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