Teoría de la deriva

Elogio de la caminata y el extravío

DIEGO ERLAN

Almuerzo acompañado por una entrevista que Javier Rodríguez Marcos le hizo a César Aira en 2018, a propósito de la salida de su novela Prins. En algún momento de la charla el escritor argentino describe la escritura como un camino sinuoso de exploración y extravío. Se sabe de la fascinación de Aira por Raymond Roussel (Evasión y otros ensayos). Tal vez por eso su literatura podría representarse como ese recorrido que Martial Canterel propone a sus visitantes a su finca en París para mostrarles sus descubrimientos e invenciones fantásticas. Podríamos imaginar, entonces, la literatura también como un jardín de máquinas parlantes, una caminata psicótica donde se escuchan voces que repiten historias como las máquinas de Macedonio de las que habla Piglia. 
En las circunstancias actuales pensar en caminar pareciera un ejercicio sadomasoquista y alguna vez dije que la literatura era un ejercicio con características similares. Sado-maso: en cuero y con látigo. De todos modos, a ciertos personajes las caminatas pudieron salvarlos. Es el caso de Federico. Siendo profesor de filología en la Universidad de Basilea, Nietzsche padecía migrañas que lo dejaban postrado durante días con náuseas que lo hacían retorcerse de dolor. En el año 1879 presentó su renuncia. Como cuenta Frédéric Gros en su ensayo Andar, una filosofía (Taurus) es en esta época que Nietzsche se traslada a la aldea de Sils-Maria, donde el aire era transparente, el viento fresco y la luz resplandeciente, y se convierte en caminante. “Trabaja andando” hasta ocho horas por día y escribe El paseante y su sombra: “Exceptuando algunas líneas, todo ha sido pensado y esbozado a lápiz en seis pequeños cuadernos mientras caminaba”, confesó el filósofo. “En diez años –cuenta Gros– habrá escrito sus más grandes obras, desde Aurora hasta La genealogía de la moral, desde La gaya ciencia hasta Más allá del bien y del mal, sin olvidar Así habló Zaratustra.

Algunos creían que caminar inducía al trance: Montaigne necesitaba mover sus piernas para agitar sus pensamientos; Robert Walser, por su parte, consideraba que hubiera muerto si no dedicaba casi todos los días a caminar y sin sus paseos no habría podido escribir ni siquiera un mísero informe. Los efectos creativos o terapéuticos de las caminatas es lo que compendia David Le Breton en su ensayo Caminar. “Me acuerdo que el poeta romántico Jean Paul caminaba. Caspar David Friedrich pintaba a los caminantes. Walser murió caminando”, escribió Margo Glantz en su Yo también me acuerdo que no es la única vez que se refiere a los caminantes: en uno de los textos de Saña refiere al escape de Rimbaud: su abandono de la poesía hasta el extravío absoluto. 
En su Teoría de la deriva de 1957, que aparece en el segundo número de la Internacional Situacionista, Guy Debord escribe: “Entre los diversos procedimientos situacionistas, la deriva se presenta como una técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos. El concepto de deriva está ligado indisolublemente al reconocimiento de efectos de naturaleza psicogeográfica, y a la afirmación de un comportamiento lúdico-constructivo, lo que la opone en todos los aspectos a las nociones clásicas de viaje y de paseo. 

Una o varias personas que se abandonan a la deriva renuncian durante un tiempo más o menos largo a los motivos para desplazarse o actuar normales en las relaciones, trabajos y entretenimientos que les son propios, para dejarse llevar por las solicitaciones del terreno y los encuentros que a él corresponden. La parte aleatoria es menos determinante de lo que se cree: desde el punto de vista de la deriva, existe un relieve psicogeográfico de las ciudades, con corrientes constantes, puntos fijos y remolinos que hacen difícil el acceso o la salida a ciertas zonas.” 
Pensaba en eso cuando lo escuchaba a Aira ayer al mediodía en el video de You Tube. La mente creativa como un terreno en el uno se deja llevar pero no como escritura automática (la única obra que vale la pena con este recurso surrealista es Los campos magnéticos de André Breton y Philippe Soupault, y alguna que otra poesía de Jacques Prévert) sino como psicogeografía misteriosa que recorremos sin mapa pero atentos a los senderos inesperados.

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