Una muerte para el lituano

Un crimen atroz en una isla paradisíaca lleva al narrador a reflexionar sobre el miedo, el asesinato y el sacrificio en los mitos primitivos.

VALENTÍN DÍAZ

Mientras terminaba de preparar el desayuno y, esperando que estuviera el café, llevaba los platos a la mesa exterior de la cabaña de playa y los amigos con los que viajábamos se acercaban desde el mar, encendí, como cada mañana, el teléfono. Encontré un mensaje de esos que mi hermano no suele escribir: “Estás bien?”. Luego otro: “Llegan noticias escalofriantes desde allá”. Ante un allá tan grande nada tenía sentido. “Todo bien, por?”. Su respuesta fue un vínculo a una noticia.
Como el enamorado ante un desengaño que en un instante borra años y años de certeza y hace de la vida vivida una representación decadente y mal interpretada, mientras seguía todavía leyendo las noticias, las 48 horas previas entraron de pronto en una caída libre que no terminaba de ocurrir y cuyo impacto final era inminente. La conversación con los amigos seguía pero yo ya no estaba ahí. 

Papá, ¿vamos a morir? Pregunta una y otra vez el niño de la novela que venía leyendo. La novela no me decía nada. Es mala porque se pierde en las frases hechas y los lugares comunes. La tentación del novelista ante el drama de la humanidad al borde de la desaparición. Esa pregunta insistente, ¿vamos a morir?, pierde permanentemente su efecto dramático porque está rodeada de una escenografía que conocemos y que se parece demasiado a lo que cualquiera imagina ante un what if? tan simple como el desastre ecológico definitivo. Fue, sin embargo, lo primero que me vino a la cabeza después de leer esa noticia y todas las demás.

Supe, cuando mirándonos decidimos quedarnos esa última noche pese a que nuestros amigos sin dudarlo habían decidido dejar la playa, que me costaría dormir. Pasé varias horas de esa mañana tratando de recordar la noche de dos días antes. Saber que a las 22:30, mientras nosotros cocinábamos, mientas íbamos y veníamos y a cada rato alguno caminaba hasta la arena, como para confirmar que sí, que el mar estaba ahí, que lo que escuchábamos era el mar, en ese mismo momento, en la otra punta de esa playa de esa isla y sin que oyéramos nada (pero el ruido del mar lo tapa todo), mataban, porque sí, a un hombre. En realidad, primero torturaban a quien de ahí en más sería para la prensa local “el Lituano”, luego lo ataban, violaban a la mujer y luego lo terminaban y dejaban viva, dándola por muerta, a ella, saber todo eso no era lo que me impediría dormir, era más bien el comienzo del verdadero recuerdo, el acceso inesperado e involuntario a la verdad de un día cualquiera de la vida en vacaciones, una verdad que era el origen y el fin del miedo.

Pero el miedo, pensé, es siempre un miedo originario –ser un niño, temer por primera vez–, mítico. Ya que la novela se había terminado de poner, en la nueva situación, insoportable, decidí pasar la noche –había renunciado al intento ridículo de dormir– entre la simulación (estaba vigilando) y el juego (leí La dimensión mítica de Joseph Campbell, que un querido amigo me había regalado el diciembre previo a esas vacaciones). Lo recorrí del único modo en que para mí se recorre un libro como ése, desde el índice temático, en el que la opacidad de la prosa del libro se hace poema y triunfa el concepto. Quería saber el origen de todo lo que ese día me importaba: la muerte, el miedo, el asesinato, el sacrificio. Busqué, mientras esperaba –pero las noches de verano en ese lugar son muy largas– la primera manifestación de la luz:

Busqué matar.
Los seres mitológicos de las eras primitivas aparecen en las ceremonias de estos caníbales cazadores de cabezas representando los sucesos de las eras primigenias de los mitos, acompañados por el son ininterrumpido de muchas voces, el vibrar de idiófonos de madera y el zumbar de los bramadores, que son las voces de los seres mitológicos mismos, que se elevan desde la tierra. Cuando finalizan los ritos de la pubertad de los varones, que culminan con una orgía que dura varios días con sus noches, se lleva al recinto de la danza a una bella joven con las pinturas y atavíos ceremoniales y se la coloca debajo de una plataforma construida con pesados troncos. A la vista de todos los asistentes, los iniciados se unen sexualmente con ella, uno después de otro y, mientras el joven destinado al último lugar la está abrazando, se retiran los pilares de los troncos y la plataforma se desploma acompañada por el batir de los tambores. Se eleva de todas las bocas un alarido, y la pareja muerta es extraída de entre los leños, cortada en trozos, asada y comida (84).

Busqué pecado mortal.
¿Qué es el pecado? Según el Catecismo de la Doctrina Cristiana [Catechism of Christian Doctrine] que aprendí de memoria en la escuela primaria: “El pecado es una infracción contra la ley de Dios” y que puede ser de tres clases: venial, mortal y original. Nos preguntaban: “¿Qué es un pecado venial?”. Respuesta: “el pecado venial es una infracción leve contra la ley de Dios en cuestiones de importancia menor o en cuestiones de gran importancia si la infracción fue cometida sin reflexión suficiente o sin el pleno consentimiento de la voluntad”. “Y qué es el pecado mortal?”. “El pecado mortal es una infracción grave contra la ley de Dios”. Para que esa infracción sea mortal debe cumplir tres requisitos: “que sea grave; que haya suficiente reflexión y que haya consentimiento pleno de la voluntad”. “¿Por qué decimos que tal pecado es mortal?”. Respuesta: “Llamamos mortal a este tipo de pecado porque nos priva de la vida espiritual, que es la gracia santificadora, y acarrea la muerte y condenación eterna para el alma”. Pues bien: “¿qué es el pecado original?”. La respuesta dice así: “El pecado original es el pecado que heredamos de nuestros primeros padres; llegamos a este mundo con esa culpa sobre el alma”. “¿Y cuál es el efecto de esa culpa?”. Respuesta: “Nuestra naturaleza quedó corrompida por el pecado de nuestros primeros padres que enturbió nuestro entendimiento, debilitó nuestra voluntad y nos legó una fuerte inclinación por el mal” (264).

Busqué temor.
Lo mismo ocurre con nosotros; si no hemos superado nuestro apego ego, de modo que el temor a la muerte y el deseo de continuar viviendo todavía gobiernan nuestra experiencia y nuestras acciones, no estamos preparados psicológicamente para atravesar las puertas custodiadas del Punto Inmóvil, donde Buda está sentado. Podemos, desde luego, atravesar físicamente las puertas y caminar por el ancho sendero que lleva el templo para tomar fotos allí adentro o ponernos a rezar, pero ese acto físico no implica que hayamos atravesado las puertas psicológicamente. Incluso podemos viajar a la India e ir en peregrinaje a Bodh Gaya, donde todavía está el árbol bajo el cual Gautama alcanzó la iluminación; podemos ver el árbol, podemos fotografiarlo y adorarlo y, sin embargo, no estaremos viendo el mismo árbol bajo el que estuvo sentado Buda. Pues ese árbol, el
bodhi, no está en ningún lugar geográfico –como se creyó alguna vez que estaba el Edén–: está en nuestro interior y allí debemos buscarlo. Lo que nos impide acercarnos a él es el apego que tenemos a nuestra vida individual, a nuestro ego, al ahamkāra, como dicen en la India, “la formación del sonido ‘yo’” (272).

Busqué otra cosa y encontré El triunfo de la vida sobre la muerte.
Para cualquier pueblo que viva de la caza –y trate con la muerte mano a mano– semejante mitología tendrá una gran importancia psicológica porque, aun cuando “el hombre sea un animal de presa”, como dijo Spengler, sabe como ninguna otra bestia qué está haciendo cuando mata. Como ningún otro animal de presa, tiene conocimiento de la muerte y cuando mata sabe a ciencia cierta que está matando. Por lo tanto, visto desde hoy, pareciera que la primera función del mito era la de conquistar la muerte, es decir, superar la conmoción psicológica del acto de matar y de la necesidad de hacerlo. “Hace falta una magia muy poderosa para derramar sangre sin que nos afecte su venganza”, dijo Leo Frobenius.

Pensé, con la calma poderosa que da la primera luz sobre el mar, en el asesino –la isla ya sabía quién era y todos parecían tan sorprendidos como impasibles ante eso–, en que ya por fin no tendría una noche para nosotros, en cuántas veces lo habríamos cruzado (nuestro amigo, antes de subirse a la lancha, había insistido como justificativo para abandonarnos, en que había hablado con él en el quiosco) y en por qué fuerza primitiva no nos había elegido a nosotros y sí al Lituano y su pareja para confirmar la fuerza de esos relatos.

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