La invención de la sorpresa

Un viaje a la imaginación de Sergio Aguirre

FLAVIO LO PRESTI

Sergio Aguirre vive en un PH hermoso en el centro de Córdoba, emplazado en un pasillo a cielo abierto, amplio, lleno de plantas: desde el momento (cuidados pandémicos mediante) en que me abre la puerta cancel que separa el vestíbulo de esta zona luminosa me doy cuenta de que parece al mismo tiempo distraído y alegre, un poco desenfocado, como una versión en punto muerto (relajada pero igual de hypster doofus) del Kramer de Seinfeld. Es uno de los pocos escritores argentinos que vive de sus derechos de autor, y la felicidad que uno imagina en el gozo de semejante privilegio se hace patente en una suerte de bonhomía que parece habitar en todos sus gestos y palabras y no cede un punto a ninguna oscuridad. Pero al mismo tiempo es el autor de cinco novelitas juveniles extraordinarias, en las que la oscuridad late en cada frase, y en las que se cruzan un don natural para combinar imaginación y tradición con trucos formales necesarios y un talento enorme para administrar el suspenso, para enganchar lectores. Esos libros le valieron, en 2018, el Premio Nacional de Literatura Infantil del período 2012-2015.
Es que desde hace un par de décadas los libros de Aguirre son material de lectura casi obligatoria en los secundarios, pero no como sucedía con aquellos clásicos incomprensibles de la literatura para escuelas de mis años de juventud, como Vaqueros y trenzas: a los chicos y a los profesores los libros de Aguirre  les gustan como nos gusta Volver al futuro.
Personalmente cada vez que puedo les recomiendo sus libros a los adultos lectores que me rodean, porque yo mismo he sido feliz leyéndolo: por eso nos hemos acercado con Cuaderno WHR a entrevistarlo, ahora que está por poner punto final a su sexta novela, La más callada de la clase. Mientras tomamos un café en su living me muestra la biografía de Philip Dick escrita por Emanuel Carrere en una edición en tapa dura y mientras reviso sus hojas encuentro unos dólares adentro. Él se alegra y le agradece a Dick el regalo abrazando el libro y diciéndole que también lo quiere. “Menos mal que no existía la Clozapina. Bien medicado, este hombre nos dejaba sin novelas y sin películas. Si lo hubieran medicado bien…”.
Después hablamos de todo, y empezamos por sus dos hits: La venganza de la vaca, un thriller extraordinario en donde la vaca es visto como un animal ominoso y aterrador, y Los vecinos mueren en las novelas, en la que un escritor bloqueado visita a una vecina aparentemente inofensiva y termina enredado en un siniestro ida y vuelta con una figura inquietante.  Pero es mejor escucharlo a Aguirre desgranar su propia y clarísima (antichejoviana, borgeana a su manera) teoría de la narración.

Literatura juvenil

¿Cómo se vive sin el espejo de la crítica a la que están acostumbrados los escritores de libros para todas las edades? ¿La extrañas a ese tipo de crítica, una devolución?

No, no la extraño. De hecho una de las cosas que me gustan en la literatura juvenil es eso, que no hay crítica. Los escritores y los artistas somos sensibles, somos narcisistas, y nos importa lo que hacemos y si a alguien no le gusta algo nos duele. Creo que los que escribimos literatura infantil juvenil… hay crítica, pero es distinta, nunca se agarra un libro y se dice esto es una porquería, sí, se señalan las virtudes del libro, se puede decir que en una de esas no es un libro extraordinario, pero no se hace mala crítica, hay un manto de piedad sobre esa literatura.

Y te parece bien.
No sé. Me gusta porque me da libertad. No estoy pensando esto lo va a leer tal, o lo va a leer cual, o este lo va a destrozar porque odia este tipo de cosas. ¿Me entendés? Es un infiernillo del cual estás libre.

¿Y cómo te decidiste a escribir en este género en particular?

Fue porque me presenté a un concurso de Norma/Kapelusz que era para novela juvenil, y justo yo me había quedado sin trabajo en el Neuro y había empezado a hacer talleres literarios para pacientes y escribí un par de cuentos que ganaron los concursos a los que me presenté, con sorpresa y todo, para adultos, unos sobre DDHH organizado por la legislatura de Córdoba y otro en Rosario. Eso me envalentonó, pensé “mirá, puedo ganar concursos”, y eso que yo no escribía nada desde adolescente. Hacía en el Neuro el taller con un poeta jujeño, Alejandro Morandini, con el que después hicimos un programa de radio que se llamaba La lágrima explota. Te hablo de cerca de 1990. 1988, 1989, 1990. Él estuvo un año. Había coordinación técnica y terapéutica, yo siempre hacía la terapéutica, pero me re metía a inventar consignas, , y después quedé directamente a cargo de lo técnico también. Todo de oídas, porque no sé nada, digamos: de literatura, te diría.

Y con el concurso viste que era de novela juvenil y te metiste.

Mirá, decía juvenil, y me pregunté qué leía yo cuando era joven, novelas policiales, dije: “escribo algo más o menos policial, y si hay personajes más o menos adolescentes va a ser juvenil, y si no qué importa” (Risas). Así que me fui al campo, a La Granja, en donde está ambientada la novela, a ese paisaje y ese clima. Tenía la estructura de la novela, que me gustaba mucho, pero no tenía tema.

¿Cómo tenías la estructura sin tema?

Sabía que había una reunión donde se contaban historias sobre algo, que todo era una conspiración, para que alguien en algún momento creyera algo sobre lo que se habló, pero a su vez no era una novela fantástica. Esa era la estructura, pero no sabía de qué iban a hablar.

¿Y cómo se te ocurrió esa estructura sin tema?  ¿Te acordás?

No, pero si me acuerdo porque en este momento también estoy pensando los fantasmas de qué libros, de qué películas, son los que están en mis libros, porque me estoy dando cuenta mucho tiempo después. Y digo: mirá, acá está esto. Me aparecen los libros que leí en algo de los míos. Yo me acuerdo que había visto una película con Donald  Shuterland y Peter Cushing (Dr. Terror’s  House of horrors), cuando era chico, que eran muchos tipos que estaban en un tren, la volví a ver ahora, y cada uno contaba una historia. Entonces en una película había como pequeñas historias adentro, y al final había algo que las unía a todas. Algo detrás de esa aparente coincidencia, de esa charla espontánea.  Es lo que tengo como referencia. Y la otra cosa era que también me funcionaba como truco, porque yo estaba acostumbrado a escribir cuentos y de golpe tenía que escribir una novela de ochenta páginas. Entonces digo: hago cuentos y por detrás hago que la trama siga. Fue de la mano de la necesidad, digamos.

¿Y el tema? ¿Viste una vaca en el campo?

Sí (risas), vi una vaca en el campo, y me pasó esto: venía caminando y veo tres vacas, y las tres que me miran. Una estaba parada al lado de la otra- raro-, las tres con la cabeza del otro lado del alambre, y las tres como mirándome. Y pensé, “mirá esas vacas”. Y a medida que camino me doy cuenta de que las vacas me siguen con la mirada. Viste que la vaca no te mira, tengo la sensación. Y cuando estuve cerca vi que me seguían mirando. Me dio un poco de cosa. Por qué: porque cuando yo era chico íbamos al campo de mi abuelo, mi vieja, mi viejo y yo,  en el auto. Y Colita, el perro que teníamos. En el campo de mi abuelo había siete vacas, nada más. No era un campo que producía. Había siete vacas, un molino, y una casa en la que ni siquiera se podía dormir (en Obispo Trejo, donde transcurre El hormiguero). Y bajamos, y Colita ve las siete vacas, perro citadino, y empieza a gritar. Y las vacas huyen. Y Colita volvía marcando territorio, inflado. Así el primer día, el segundo día, y varios días, pero un día, ponele el quinto, empieza a ladrar, empiezan las vacas a correr, y a los cincuenta, sesenta  metros se paran todas juntas y lo empiezan a correr a él. Y lo iban a reventar, era un cuzquito, pero se mete en un tajamar que había y se pone a nadar. Y las vacas lo siguen y atrás mi viejo y yo. Y llegaron las vacas y rodearon el Tajamar. Y cuando me acordé de esto dije: una vaca. Historias de vacas. Y eso me dio la idea. Porque todas las otras ideas que tenía eran clichés, qué se yo: “en esta zona hay una leyenda de que a la noche” y bueno, no sé. O que aparecía una sombra en la ventana. Todo cliché. Y bueno, esa experiencia de la vaca, y que suerte que fue así porque cuando me preguntan tengo una historia para contar. (risas)  

Ahí ganaste el concurso…

No, fue un accésit. Y esa novela gustó mucho y se empezó a vender en los colegios. Para mí el premio era la plata esa y que venía re bien y el libro, tener un libro publicado. Y Antonio Santa Ana me dijo “no, loco, tenés que darle. Tenés que dedicarte”. Así que bueno, seguí su consejo.

Tengo entendido que trabajas un poco en colaboración en tu escritura. ¿Acá ya empezaste con ese proceso?

Eso empezó a la mitad de Crantock. Porque no me ponía, me distraía con cualquier cosa o siempre tenía que hacer algo que me lo impedía. Y una amiga de toda la vida, también psicóloga, Liliana Macchione, un día me dijo: ¿Y si me siento y vos me dictás? Y empezamos a trabajar así y está bárbaro. Eso funcionó tan bien que le dije: “mirá,  me encanta trabajar así, voy a asumir este defecto de voluntad,  formalicemos”.  Y bueno, ella es como un trabajo que tiene y a mí me viene bárbaro. Es amiga mía desde los dieciocho, así que también es juntarse y charlar.Ella es como mi hermana,  o sea es como trabajar con mi hermana. No solo le dicto, sino que le cuento. Y hablo con ella, le cuento mis ideas, las cosas que hay que solucionar, está al tanto de todos los problemitas tanto de la novela como del autor (Risas).

¿Y no se te dificulta escribir frase por frase así?

No, lo que no puedo es ver la pantalla, ni el texto escrito: yo voy hablando, caminando, fumando, fumando, puedo asociar libremente y ella toma nota, o si me trabo en algo me espera con paciencia de enfermera. Si va para largo juega al solitario, y a veces me dice: Che, ¿y qué te parece si lo decís así…? Y tiene razón. Esas son las frases que decimos que deberían ir en azul. Ella se sienta acá (bueno, ahora en su casa, lo hacemos por Skype) y por ahí habla en voz alta,  toma nota. Lo hacemos con una frecuencia variable. Hemos tenido semanas de dos veces a la semana, otras todos los días, esta semana es de lunes a jueves. Hoy es el último día y hasta el lunes nada. Y ahora lo que estoy haciendo recién en esta novela es tomando notas con el grabador de audio del celular. Entonces ahí dicto como si fuera a ella, en frío, entonces cuando nos encontramos le cuento las novedades y le digo: te acordás en ese párrafo donde dice esto, va a decir esto. En fin, ella es como mi compañera en este viaje.

Con trama y con final. Y con diván.  

¿Cómo te apareció la trama de Los vecinos?

 Y, después de la vaca me pasó que todo muy lindo pero ya no me daba escribir otra novela con jóvenes. Y digo voy a escribir un libro de cuentos policiales. Y pensaba en una historia que siempre me gustó porque lo debo haber visto en algún lado, dos personas en una habitación y miedo, y no se sabe quién bien a matar a quién. Me gustaba mucho. Hay alguien aislado, alguien cae, desconocido, y lo va a matar. Uno tiene que ser un asesino, o mejor no… y ahí empezó.

Y fuiste entregándole contenido a esa estructura.

Sí.

O sea primero arrancás con las estructuras y después vas imaginando el contenido.

Estructura en el caso de La venganza. Pero después es como que la propia novela va buscando su estructura. En el caso de la venganza sí tenía la estructura porque además tenía tres meses, no había tu tía. Entonces dije: tengo esta estructura, necesito un tema, y además era un inconsciente. Yo decía: voy a escribir una novela de ochenta páginas en tres meses. Ahora, tres meses, no pasa nada.

¿Cuánto tardaste en escribir La venganza?

Tres meses. Por razones de obligación. Recurso que después usé para que me apuraran pero que nunca funcionó.

Le pedías a la editorial que te pongan un plazo y no lo cumplías.

Sí, no, no lo cumplía. Con una sola novela me pasó que a mi analista le prometía un capítulo por sesión, para El hormiguero, y llevarlo impreso.

¿Se lo entregabas para que ella lo leyera cuando terminaba la sesión?

Sí, o lo leía o no lo leía y nunca me dijo ni mu de ninguna novela, por supuesto.

¿Seguís haciendo análisis?

No, ya no.

¿Y cómo…?

¿Cómo llevo la angustia de estar vivo?

No, no (Risas), ya sabemos cómo se lleva eso.

(Risas) Y, uno se las rebusca.

No, no, cómo ves el proceso de análisis después de haberlo terminado.

Ah, cómo me llevo con el análisis. Mirá, hace poco me siento como más con la edad que tengo. O sea, un tipo  ya grande. En el sentido de que dejaron de importarme cosas.

¿Y pensás que viene del análisis?

No tengo el final de análisis, ni nunca me propuse tenerlo, pero sí siento que muchas cosas dejaron de importarme. Ese es un efecto del análisis, pero también de la edad. Básicamente dejó de importarme la opinión de los Otros te diría, los que están adentro, como en la película de Amenábar, y lo que esperan o no esperan de mí. No son nadie en particular, son ideales, sentidos, formas de ser de quienes lo construyeron a uno, sería. Pelearte con el arquitecto que diseño tu casa donde viviste toda tu vida para arreglarla como a vos te gusta sin sentirte culpable ni enojarte con el. Se me ocurre decirlo así.

Cortar el rollo

Claro, el rollo, en el que hay una mezcla entre lo que uno quiere y lo que debería y cómo estaría visto, no sé, si me va bien en el trabajo, si me caso con esta mina, si me voy, si me quedo, si digo que soy escritor, si no lo digo, viste. Es una cosa pero… Se ve que hay que pasarla. Porque no se puede empezar la vida toda de vuelta. Es una cosa que hay un modo… Hay como un alerta superyoico que es completamente innecesario, te das cuenta de que en realidad no le importas a nadie. (Risas). No le importás a nadie. En todo caso a vos sí sí te pueden importar algunas cosas, me gustaría sorprenderla a mi editora con esa novela, pero nada, es una ilusión, un acto amoroso, si no le gusta no me voy a morir.

Con las ilusiones tenés otro tipo de relaciones.

A esta altura del partido me doy cuenta de que lo más importante es la ilusión. Eso me gustaría tener siempre. De escribir una novela, arreglar algo, construir una casa, esperar el evento que va a hacer feliz a alguien, cualquier cosa. Ojalá. Ese me parece que es el secreto… ¡Vaya descubrimiento! Por eso sí, hay que estar…

Yendo a algún lado.

…o  en una temporada de algo.

Volviendo al tema de Los vecinos: demoraste  tres meses en terminar La venganza, ¿cuánto te costó Los vecinos?

Nueve meses. En realidad fueron ocho pero después corregí una cosa al final así que fueron nueve meses. Con Los vecinos me pasa una cosa: me di cuenta ocho o nueve años después de que lo escribí, de que el fantasma que está detrás de esa novela es Continuidad de los parques. Que es un cuento que me voló la cabeza cuando era chico, y me hizo acordar a algo que leí. Me parece que uno quiere escribir eso que le gustó mucho, que lo hizo gozar, aunque no sean más que fragmentos de imágenes, climas, ideas sueltas, o lo haya olvidado por completo. El otro día estábamos viendo intros de series de los 70 con unos amigos y apareció el de Thriller, que canal 12 lo pasaba como Tensión. Y la imagen era la de una casa inglesa y una chica subiendo las escaleras en un estado algo perdida, y yo dije: ¡La misma escena de un personaje en la novela nueva! Hay mil escenas así pero yo sentí que ésa era la que había visto cuando era chico, la que me había, en su momento, impresionado. La de Tensión en canal 12. Uno escribe una mezcla de recuerdo y olvido de lo que ha leído.

¿Y Crantock, cómo apareció? Es medio Dimensión desconocida.

Si, tiene esa naturaleza. Viene de la idea para un cuento para el cuento tenía en la cabeza, una especie de Chico Carlo, que por otra parte fue una de las primeras cosas que leí y que me fascinó. El protagonista era un chico enfermo al que le regalan un juego, una especie de maqueta para armar, y decide replicar en la maqueta la cuadra de su casa, que era lo único que podía ver desde la ventana. Y en un momento, sin darse cuenta, derriba por accidente un poste de luz de la maqueta y ve, al mismo tiempo, que el poste de la calle también se caía. Pero, una vez más, no me gustó como salió el cuento. No me salen los cuentos…

Es raro porque empezaste escribiendo cuentos y escribiste novela a partir de cuentos.

Sí, muchas son cuentos originalmente.  Pero bueno, volviendo a Crantock. Dije: sería más lindo contarlo desde afuera. Hay algo que se mueve, algo que se… Ocultar el mecanismo, mostrar en distintas épocas de un pueblo, que sea todo un pueblo así, porque eso en la urbe no puede pasar,  alejado, medio excéntrico, medio no sé qué, en una época con poca comunicación y bueno, que al final… colapso.

Pero ahí  hay algo: uno imagina que la literatura infantil tiene una obligación tácita de bajar línea, y quizás es un error conceptual. En tus textos tus personajes, incluso aquellos con los que uno se identifica, caen en perversiones, en contradicciones. ¿Cómo manejas eso en relación al público y las expectativas del género?

Sí, lo que pasa es que como bajar línea no me va hacerlo, ni para jóvenes ni para grandes, escribir grandes frases, no, no me da. Incluso aunque me guste leer cosas así. La venganza de la vaca termina muy mal. Y sin embargo uno puede decir que termina con un mensaje. Mi idea era: es una novela juvenil, personajes juveniles… Y aunque no me gusten los mensajes estos podrían ser: ¡La venganza no es buena! ¡Cuidado con las bromas pesadas! Y entonces uno se pregunta: ¿eso es lo más importante de la novela? ¿eso es lo que esperamos de una novela?  Me parece que la novela juvenil puede ofrecer tantas posibilidades que preocuparse por el mensaje es reducirla. Pero bueno, es una tradición como tantas otras, y a su vez cada género pide sus cosas y todo ese tironeo entre géneros me gusta mucho, porque nos da la posibilidad de transgredirlos, hacerlos crecer en el diálogo con elementos que les sean extraños.

Es bueno porque la novela supera ese mensaje que querías dar, al irse al desmadrarse.

Pero bueno, digo, por ahí ese pedazo de mensaje aparece. Me dijeron una vez, un profe, “¿qué mensaje tiene Crantock? Me gusta, quiero trabajarla, pero no sé cuál es el mensaje”. Ah, pensé. Y dije: ya sé. “Por más buena que sea una persona, no puede una persona gobernar a todos” (Risas).

Es un alegato a favor de la democracia.

Era un alegato a favor de la democracia (Risas). ¿Ves? Es cuestión de buscar, uno puede encontrarle un sentido a todo.

Pero en todas está ese toque siniestro. En los vecinos, por ejemplo.

De esos finales me enamoré leyendo a Cortázar. No era la sorpresa de saber quién era el asesino en una novela de Agatha Christie, ni el rostro del monstruo que estaba encerrado en el sótano de la casa al cual finalmente podíamos ver, era exactamente lo siniestro: la irrupción de la extrañeza en un ámbito cotidiano y que viene a romper la realidad en la que nos sentíamos seguros. Esa ruptura es el horror de lo siniestro. Vamos caminando por un supermercado y al dar la vuelta por una góndola nos vemos a nosotros mismos haciendo la compra unos metros más adelante. Es una experiencia siniestra porque la realidad se ha roto sin sentido. La realidad de John Bland pareciera también que ha ido rompiéndose toda la tarde, aunque no hubiera ningún elemento fantástico…

Me doy cuenta de que tenés el espíritu de que la historia corra, sin defenderte de la potencial truculencia.

Que la historia corra pero (me parece a mí a esta altura del partido) cuando escribo parto de alguna idea y después es como construir una máquina, una máquina que cuenta esa historia y que tenga que funcionar todo con alguna sorpresa al final. La sorpresa es el gusto que yo tengo por la literatura, el amor se daba cuando yo venía leyendo algo y no era lo que yo creía, me sorprendieron. Entonces es como armar una máquina para eso. Y que a su vez la sorpresa no sea siempre el mismo tipo de sorpresa. Inventar sorpresas.

La bolsa, la vida y la escritura

Te das cuenta de que sos una de las cinco o diez personas que vive de libros “literarios” en la argentina. ¿Cómo te llevás con esa idea?

Ni me llevo ni no me llevo. Me siento agradecido, afortunado, pero no pienso en eso porque no me aporta nada, en realidad, es más inquietante que otra cosa.

¿Y cómo te llevás vos con lo que has escrito?

Siempre me parece que está mal escrito.

¿Sí?

Además porque siempre tengo la idea de que todos escriben mejor que yo, leyeron más que yo, saben literatura más que yo, y seguro que leyeron más clásicos que yo, que en los 70 no dejaba best seller en pie. Es un complejito que tengo, pero en todo caso un complejo saludable, o por lo menos más saludable que el opuesto… (Risas).

¿Y no te reconcilian los elogios con lo que escribiste? ¿No pensás que tenés una obra?

Creo que he escrito novelas que pueden ser atrapantes y divertidas. Pero cuando veo cómo escriben otros, de ninguna manera me siento un gran escritor. Tal vez porque no le haya dado a la literatura todo lo que la literatura pide. Porque todo se aprende. Prefiero  ocuparme del montón de cosas que tengo que hacer, y que van cambiando con el tiempo de acuerdo a mis entusiasmos. Y con eso lleno la cabeza. El murmullo de quejarme de que no estoy trabajando como debería se terminó.

¿Cuánto hace?

Un año, más o menos.

Pero estás con un nuevo libro.

Sí, y ya lo terminé. Me da un poco de vértigo.

¿Qué es?

Un thriller psicológico. Pero tiene de todo (Risas).

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