El lujo, la vulgaridad

A propósito de la entrevista de Mario Vargas Llosa a Jorge Luis Borges

Sebastián Hernaiz
Dos sentencias

En los últimos días circuló (a partir de la publicación de un adelanto de su nuevo libro, Medio siglo con Borges) una entrevista “inédita” realizada por Mario Vargas Llosa a Jorge Luis Borges en 1981. Entre las muchas repeticiones a las que Borges nos tiene acostumbradxs en las incontables entrevistas que brindó entre mediados de los años sesenta y su muerte, dos cosas generan interés en esta ocasión.
La primera, que Borges responde a una serie de valoraciones del reportero con una sentencia hoy instalada en el imaginario colectivo como directa referencia a un popular tema de Los redondos:

MVLL. — Vive usted prácticamente como un monje, su casa es de una enorme austeridad, su dormitorio parece la celda de un trapense, realmente es de una sobriedad extraordinaria.
JLB. — El lujo me parece una vulgaridad.

La segunda sentencia que se vincula a la entrevista no está en el texto, sino en la historia posterior a ese encuentro. Luego de la visita de Vargas Llosa, según la versión de Ricardo Piglia, Borges habría resumido: “Vino un peruano, que debe trabajar en una inmobiliaria, porque quería que yo me mudara”.
Si bien el diálogo se divulga ahora como inédito –y como adelanto de una novedad editorial–, la entrevista tuvo ya una doble circulación: primero como nota(s), después como rumor.

El rumor

Podemos encontrar, al menos, tres versiones del rumor de lo que dijo Borges después de la visita: contado por Bioy, por Piglia y por el propio Vargas Llosa.
En su Borges (2006), Bioy le quita originalidad a la apreciación sobre el departamento:

Viernes, 19 de junio. D’Ormesson inició una tradición que consiste en encontrar que Borges vive en un departamento muy modesto. La segunda persona que irritó a Borges con parecidos comentarios fue un periodista mexicano (…). El tercero de la serie fue un periodista peruano, un hombre muy modesto. BORGES: «Yo notaba que estaba furioso y que protestaba, como si se doliera de la humildad de mi departamento. Cuando se levantó para irse, oí la gota de la gotera que tuvimos durante una o dos semanas (un caño roto en el piso de arriba). Me dijo Fanny que el hombre se iba con la cabeza empapada. De puro modesto no se había atrevido a cambiar de sitio, pero con indignación protestaba porque yo viviera en un departamento tan miserable».

Piglia difundió el rumor en las clases dedicadas a Borges emitidas por la TV Pública:

Borges era un hombre muy sobrio –¿no cierto?–, muy austero. Entonces Vargas Llosa lo fue a visitar una vez, a mitad de los años ochenta. Ustedes pueden leer esto que les voy a contar en la entrevista que le hicieron a Vargas Llosa en Paris Review (…) Lo cuenta un poco, no diría que preocupado –porque no creo que se preocupe Vargas Llosa–, pero sí un poco inquieto, yo diría. Lo fue a ver (…) y entonces Vargas Llosa estaba hablando con él y le dijo “Borges, pero cómo puede ser que usted viva en este departamento” (…) entonces Borges se levantó y le dijo: “Que le vaya muy bien. Nosotros, los caballeros argentinos no hacemos alarde”. Entonces Vargas Llosa lo cuenta. Y al día siguiente dijo Borges “Vino un peruano, que debe trabajar en una inmobiliaria, porque quería que yo me mudara”.

En la entrevista en The Paris Review (primavera de 1990) a la que hace referencia Piglia, Vargas Llosa recordaba así el encuentro:

La última vez que lo vi [a Borges] fue en su casa en Buenos Aires; lo entrevisté para un programa de televisión que tenía en Perú y tengo la impresión de que quedó resentido por algunas preguntas que le hice. Curiosamente, se enojó porque, después de la entrevista –durante la cual, por supuesto, fui extremadamente atento, no sólo por la admiración que sentía por él sino por el gran afecto que le tenía al hombre encantador y frágil que era Borges– dije que estaba sorprendido por lo modesto de su hogar, que tenía paredes descascaradas y goteras en el techo. Aparentemente, esto lo ofendió profundamente. Lo vi una vez más después de eso y fue muy distante conmigo. Octavio Paz me dijo que le había molestado en particular que destacara esas cosas de su casa. Lo único que puede haberle molestado es esto que acabo de contar, porque, por lo demás, nunca he hecho otra cosa que alabarlo.

La nota

La nota a Borges se realizó para mostrarse, junto a una entrevista a Ernesto Sabato, en el programa televisivo La torre de Babel, que Vargas Llosa condujo en la televisión peruana durante seis meses. El programa estaba producido por su primo, Luis Llosa Urquidi, y dirigido por Ricardo Figueroa. Se emitió para todo el Perú durante seis meses, desde el 7 de junio de 1981, los domingos a las 22hs, por el canal “Panamericana”. El dueño del canal, Genaro Delgado Parker –recuerda Vargas Llosa– lo había tentado con un buen salario, con la propuesta de experimentar en un medio que podía llegar a los públicos más diversos y con que “elevaría el nivel de la programación”.
La presentación del programa mostraba un Vargas Llosa que impostaba sus hábitos de escribidor, fingiendo redactar algo en una máquina de escribir sobre un escritorio detrás del cual conducía el programa:

Para no desperdiciar oportunidades, además de presentar la entrevista en su programa televisivo, Vargas Llosa aprovechó el encuentro con Borges para publicar rápidamente en la prensa gráfica una crónica de su visita. La nota, con eficaz subrayado inmobiliario, se titulada ya entonces como la entrevista “inédita” que ahora se puso en circulación: “Borges en su casa”. Se publicó ese año varias veces: primero el 6 de julio, en Lima, en la revista Caretas; luego, el 17 de agosto, en Río de Janeiro, en el Jornal de Brasil; y, una vez más, el domingo 23 de agosto en el suplemento cultural del diario La Nación, en Buenos Aires.

La introducción a la entrevista que se incluye ahora en el libro Medio siglo con Borges es una versión matizada de las preocupaciones inmobiliarias que mostraba el modesto periodista en 1981 para introducir la nota que repartió con tanta insistencia:

Vive en un departamento de dos dormitorios y una salita comedor, en el centro de Buenos Aires, con un gato que se llama Beppo (por el gato de Lord Byron) y una criada de Salta, que le cocina y sirve también de lazarillo. Los muebles son pocos, están raídos y la humedad ha impreso ojeras oscuras en las paredes. Hay una gotera sobre la mesa del comedor. (…) Su dormitorio parece una celda: angosto, estrecho, con un catre tan frágil que se diría de niño, un pequeño estante atiborrado de libros anglosajones y, en las paredes desvaídas, un tigre de cerámica azul con palmeras pintadas en el lomo, y la condecoración de la Orden del Sol.
(La Nación, 23 de agosto de 1981)

La superficialidad decorativa de Vargas Llosa no se limitó a la entrevista con Borges, como puede apreciarse cuando, en otra entrega del programa televisivo, festeja, con fervor publicitario, las características aparentemente distintivas de la Universidad de Piura:

dentro del panorama desolador de la universidad del Perú, la de Piura hace el efecto de un oasis: la pulcritud de sus instalaciones, que se limpian puntualmente cada mediodía, es como el reflejo de su vida académica, que transcurre apacible, solemne y eficiente, sin ninguno de los problemas que suelen dañar a las otras.

¿Y cuáles son los problemas que “dañan a las otras” universidades según el higiénico presentador televisivo? Lo detalla al entrevistar al rector de la Universidad:

Estoy sorprendido –insiste Vargas Llosa– y hasta algo incrédulo: no he visto un solo vidrio roto, no he visto una inscripción en las paredes, ni un papel en los corredores, y he visto que los estudiantes llegan a las 7 y media de la mañana para estar puntuales en sus clases. ¿Me quiere usted explicar a qué se debe este milagro?

Claro, la ausencia de papeles e inscripciones en las paredes no es más que un efecto ornamental de lo que preocupaba en el fondo a Vargas Llosa. A una estudiante le pide confirmaciones de lo que ve: “Esta impresión mía de que aquí prácticamente no hay actividad política entre los estudiantes, ¿es exacta o es inexacta?”
La estudiante, previsiblemente, acuerda: “No, de ninguna especie. Y es una cosa muy buena, es excelente, me parece, porque permite que nos dediquemos completamente al estudio, que para eso estamos en la universidad”.

El lujo es vulgaridad

Tal vez no hacía falta encontrar el fraseo ricotero en la entrevista a Borges para reconocer en él una potente reflexión estético política al respecto. En su obra, la idea del “lujo” –ya como sustantivo, ya en su lujosa inflexión de adjetivo o adverbio– aparecía trabajada con una lucidez asociada frecuentemente al oxímoron, la paradoja y la contradicción. Si la acepción habitual de “lujo” es de valoraciones positivas (“Elevada categoría, excelencia o exquisitez que posee algo por la calidad de las materias primas empleadas en su fabricación”, dicen los diccionarios, por ejemplo), la obra de Borges dedica prudentes pero sistemáticas intervenciones a desarticular esas valoraciones, ya desde sus primeras obras y hasta entrados los años ochenta.
La valoración más positiva que hay del lujo en la obra de Borges no es ajena a las contradicciones y es en la asociación con la muerte, el coraje y la idiosincrasia orillera: “La hoja del peleador orillero, sin ser tan larga –era lujo de valientes usarla corta–era de mejor temple que el machete adquirido por el Estado” leemos en el Evaristo Carriego. Sin embargo, ese lujo no deja de ser hediondo cuando adjetiva a los carros de las orillas de Buenos Aires (se movían “reinando a doce patas y cuatro ruedas sobre la fermentación lujosa de olores”) y no deja de ser crítica estética aplicado a la zona llorona de la obra poética de Carriego cuando ésta recae en el “lujo de afligentes detalles”. También se vuelve allí posición estética al hablar del tango que abandonó sus orígenes de milonga pendenciera: “el tango posterior es un resentido que deplora con lujo sentimental las desdichas propias y festeja con desvergüenza las desdichas ajenas”.
En otros relatos de “compadritos”, el “lujo” es adelanto de la derrota por venir: “Un buen día llegó a Puerto Ruiz un paisano lujosamente vestido al estilo de la época”. Lo leemos en una de las “cartas” incluidas en Evaristo Carriego: el paisano, que por lujo de compadrito busca una pelea, dos párrafos después es herido y debe tirar su facón en señal de abandono. Del mítico asesino Billy the Kid anota en 1935: “sabemos que debió hasta veintiuna muertes –“sin contar mejicanos”–. Durante siete arriesgadísimos años practicó ese lujo: el coraje” (Historia universal de la infamia).
El resto de las apariciones en la obra de Borges son directamente usando, irónicamente, al lujo como señal de defecto, como evidencia de una falta. Describiendo las traducciones de la Odisea, comenta: “La de Pope es extraordinaria. Su lujoso dialecto (como el de Góngora) se deja definir por el empleo desconsiderado y mecánico de los superlativos” (Discusión). Para presentar unos facinerosos en Historia universal de la infamia, anota: “Recorrían –con algún momentáneo lujo de anillos, para inspirar respeto– las vastas plantaciones del Sur”. Y para desmerecer una decorativa idea, compara: “esa eternidad coercitiva fue mucho más que un vano paramento sacerdotal o un lujo eclesiástico” (Historia de la eternidad). Para rebajar a unos burocráticos dioses de pesadilla, escribe en “Ragnarök”: “Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo” (El hacedor).
Las sentencias que oponen literatura y lujo son memorables centros gravitacionales de su obra. En Ficciones leemos el definitorio “El Quijote –me dijo Menard– fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo”. Y en el cuento “El Evangelio según San Marcos”, Baltasar Espinosa se enfrentará a la letal inutilidad del lujo: “En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra.” (El informe de Brodie). El “ejemplar de lujo del Tabaré” que se encuentra en la biblioteca de nada sirve. Como las lujosas ediciones del Quijote, pierde su potencia de libro, es ilegible y no será siquiera una opción de entretenimiento para los días de inundación y encierro en la estancia. Ya en sus últimas obras, Borges insiste en la idea de usar lo lujoso como injuria: “el Retrato de Dorian Gray, vana y lujosa reedición de la novela más renombrada de Stevenson” (Atlas).
En Historia de la eternidad, tras citar un texto árabe del siglo XIII que habla de una “luna mágica”, analiza Borges: “Mágica, para un hombre del siglo trece, debe haber sido una calificación muy precisa, no el mero epíteto mundano del galante doctor”.
Si bien en la frase de Borges, como en la de Los Redondos, requerirían ser repensadas las potencias relegadas de la vulgaridad –cuya etimología vinculada al vulgo, al común de la gente, no debiéramos dejar de lado– cuando habla de “lujo”, debemos leer en Borges no un mero epíteto mundano, sino una potente precisión estética, ética y política.
Los fraseos de las notas de Vargas Llosa –“la criada de Salta”, las condecoraciones que subraya, la pretenciosa repetición de las adjetivaciones del tipo “Su dormitorio parece una celda: angosto, estrecho”– aparecen bien respondidos por Borges: “El lujo es una vulgaridad”.
Tal vez a posiciones intelectuales como las de Vargas Llosa respondía también Patricio Rey diez años después en el cuadernillo que acompañaba al disco que incluye la frase “el lujo es vulgaridad”.

Compartir