Experimento Markson

A diez años de la muerte de David Markson, un ejercicio de mash-up que pone a dialogar el Diccionario de autores latinoamericanos de César Aira y el Diccionario biográfico de la izquierda argentina de Horacio Tarcus.

DIEGO ERLAN

Nunca consiguió leer el experimento Wittgenstein’s Mistress de David Markson, pero en McNally Jackson pudo comprar, en una edición doble con estética pulp, Epitaph for a Tramp y Epitaph for a Dead Beat, las dos novelas policiales de Markson escritas por encargo.

Habla mientras camina por el Mercado de Pulgas.
Solo. 
A veces ni le presta atención a lo que se dice a sí mismo.

Poesía no dice nada: poesía se está, callada, escuchando su propia voz.
Escribió Martín Adán en La piedra absoluta.

Martín Adán no era su verdadero nombre.

El escritor no tiene nombre.

Hermann Avé-Lallemant cambió su nombre a Germán al llegar a la Argentina donde fue conocido, además, como Isidro Castaño, Catilina, Marius, entre otros nombres y posiblemente también como Palladium, como Severo Catón, como Justus, incluso como Carlos Max.
El padre era amigo de Alexander von Humboldt.

Enrique Balbuena se apodaba El Negro.

Bernardo de Balbuena fue el segundo poeta mexicano aunque haya nacido en España. 
Porque el primer poeta mexicano tal vez fue Terrazas pero nadie sabe demasiado de él.

El Negro Balbuena dirigió la revista Ideas.
Y en 1931 organizó lo que se conoce como el pequeño congreso anarquista.

Ningún error: Max. Sin r.

El seudónimo de Diego Abad de Santillán era Sinesio Baudillo García Fernández.

Tenía siete años cuando fue designado pastor de ovejas en su pueblo.

Si nunca leyó Wittgenstein’s Mistress, ¿realmente quiso leerlo?

La soledad del lector

Cosme Budislavich fue el primer mártir obrero del siglo xx.

María Abella creó la Liga Feminista Nacional que, en 1909, exigía respetar los derechos de las mujeres en el matrimonio, proteger a las mujeres en funciones de madre y, además, divorcio absoluto.

La mujer proletaria esclava del hombre, esclava del esclavo mismo.
Dijo Virginia Bolten.

A Virginia Bolten le decían “la Louise Michel rosarina” por su oratoria implacable.

Olga era odontóloga.

Mercedes Bacal era odóntóloga.

Ida Isakovna Bondareff de Kantor.

Era el nombre completo de quien se hacía llamar Olga.

Teodoro Bronzini era masón.

Orsini Menotti Bertani publicó, en ocho volúmenes, los escritos de Rafael Barret.
Era anarquista. Como Barret.

Nadie sabe quién fue, en realidad, la escritora peruana Amarilis, autora de un poema de amor platónico dirigido a Lope de Vega.

Nadie sabe casi nada de la vida de Francisco de Terrazas, hijo de un mayordomo de Cortés.
Y quizás el más antiguo de los poetas mexicanos. Mal que le pese a Balbuena.

Nadie sabe que Enrique Eusebio, autor de una nota crítica contra Sebreli aparecida en la revista La Rosa Blindada, era en realidad Carlos Olmedo, uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Nadie sabe que Raymond Molinier vivió en Buenos Aires.
O casi nadie lo sabe.

¿Sabrán quién fue el Viejo?

Un poco de snobismo. Y de experimento.
Un laboratorio.

Teófilo Cid fue uno de los directores de la revista Mandrágora, órgano oficial del surrealismo chileno.

Sor Juana Inés de la Cruz aprendió a leer a los tres años.

La madre de Lucas Fernández de Piedrahíta era nieta de una princesa inca.

Susana Lesgart fue una de las mártires de Trelew.

Esto no es una novela

Importador de perfumes, agente inmobiliario, gerente de una embotelladora de agua mineral, editor periodístico, anticuario, diplomático.
Todo eso fue a lo largo de su vida el ecuatoriano Alfredo Pareja Diezcanseco que, al parecer, podía escribir una novela voluminosa en sólo tres meses.

Delmira Agustini estuvo cinco años de novia con Enrique Job Reyes.
Cinco días después de casarse ella abandonó al marido.
Un año después, los ex esposos se veían de forma clandestina en una habitación alquilada.
En uno de esos encuentros, Job Reyes la mató de un tiro y se suicidó.

Delmira fue la gran poeta erótica de la generación del 900.

Escribe cuando su hijo duerme.

Escribe, como si fuera un lugar común, con un whisky sin hielo en el vaso.
Un whisky barato.
Sin hielo.

A veces no escribe. Aunque esa noche no esté con el hijo y esté solo en el departamento.

En esos momentos llora.

Barre el piso y llora mientras suena A little soul de Pulp en la radio.

Nunca antes durmió en una habitación tan grande ni vivió en un departamento tan chico.

La soledad es un lugar común.

La soledad del lector y Esto no es una novela, de David Markson, fueron publicadas por La Bestia Equilátera.

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