La memoria de Chesterton

Luis Gusmán señala ciertos elementos de la Autobiografía de G. K. Chesterton que parecieran haber sido escritos por el más célebre de los personajes del escritor inglés: el Padre Brown.

LUIS GUSMÁN

El lector podría leer la autobiografía de Chesterton como una autobiografía del Padre Brown. En la infancia de Chesterton hay caballos de cartón pintado. Quizás se parecen a cualquier otro juguete de los niños de aquella época. Kafka tiene una foto al lado de un caballo, no de madera sino de paño. Cuando visité la casa de Lezama Lima en La Habana, en un extremo de su habitación de niño-grande había un caballo de juguete que atrajo mi mirada: podía haber sido el de Chesterton o el de Kafka. 
Como dije, en la infancia de Chesterton hay un caballo de cartón, pero podemos decirlo con sus palabras, los niños saben: “Yo no recuerdo la muerte de mi hermana, pero recuerdo haberla visto caer de un caballo de cartón. Sé por una experiencia que sufrí poco después que los niños sienten con exactitud sin una sola aclaración verbal, el tono o tinte emocional de una casa de luto”.
Se trata de la muerte de su hermana, y lo sabe porque “lo amado se convierte, instantáneamente, en aquello que puede perderse”. 
Lo rememora como un recuerdo trágico y su imaginación de infancia lo transforma en una escena inquietante: “como si la hubiera tirado y matado un caballo de verdad”. Pudo procesar la muerte de la hermana como si hubiera sido un accidente.
Desde entonces, los caballos están en la vida de Chesterton. Pero también están los colores. El negro del luto contrastando con el blanco del caballo. Sí: los caballos y la muerte, para Chesterton, tienen un color determinado. 
Los colores, los caballos y los teatros de juguete: ya estamos sumergidos en la vida de ese niño. Chesterton cuenta que en su infancia lo llevaban a los grandes balnearios de caminos residenciales donde había un señor con sombrero blanco que realizaba todos los días la misma representación, llamémosla cómica, y en el teatro de su memoria lo asocia con un muñeco mecánico gigante. 
En su recuerdo la escena está como pintada por la luz que envuelve la descripción. Pero Chesterton no sólo habla de él sino también de “ese chico llamado Robert Louis Stevenson”. Basta evocar ese nombre para que nos encontremos con tesoros sin que haga falta una isla. Dice que a Stevenson le gustaba dibujar con lápices de colores. Él tenía su propio tesoro: “Pero cuando recuerdo que aquellos olvidados lápices de colores contenían una mina de rojo claro, según parece un color más vulgar, la punta de aquel soso lápiz rojo me pincha como si me sacara sangre roja”.

Desde la muerte de su hermana tiene visiones de una habitación llena de una luz nunca vista ni en la tierra ni en el mar. En esa habitación iluminada con colores que no son de este mundo “alguien talla o pinta de blanco al cabeza de un caballito de madera, una cabeza casi arcaica de puro estilizada”.
Así como del lápiz sólo recuerda su punta roja, en la imaginación del niño el caballo ha sido reducido al diminutivo: caballito.
Cuando camina por calle, si ve un poste de madera pintado de blanco experimenta y recuerda aquella visión del caballito de madera, y cuando ya Chesterton ha dejado de ser un niño, y todavía se inquieta mucho más si ve un caballo blanco por la calle. Es como si la madera y el color hubiesen cobrado vida. 

La balada del caballo blanco

Será por esos tropismos temporales que tienen las autobiografías cuando no están dominadas por una linealidad cronológica que recuerda que en su luna de miel se encontró bajo un letrero del hotel “Gran Caballo Blanco, en Ispswich”. Entonces escribe: “Pero por esa misma razón, esta imagen ha permanecido y la memoria ha vuelto reiteradamente a ella y eso que yo he hecho todo por deteriorar y manchar la pureza del caballo blanco escribiendo una interminable balada sobre él”.
Olvidar aquel detalle es tratar de despintarlo mediante una balada interminable: “El cartel del Caballo Blanco se ha repintado, y solo en ese sentido se ha despintado”. Casi una locura, como la de Ahab detrás del resplandor blanco de una ballena.
Chesterton nunca dice que aquel caballo de cartón del que vio caer a su hermana era blanco, posiblemente al escribir ya no las baladas sino su autobiografía lo haya, como dice, despintado, manchado. Es probable que toda autobiografía que se precie de tal, sean manchones en la vida de alguien a través de los años. Pero no sucede así con el lápiz de color con el que cada vez que se pincha es como si en presente, saliera sangre roja.
Insiste entonces con que algo debió haber pintado y repintado de aquella escena en su memoria para que a los dieciocho años la convirtiera en la escena de “Amy Robsart tendida al pie de la escalera después que Varney y otro villano la empujaran”. La historia da al menos tres versiones distintas de la muerte de Amy Robsart: murió en circunstancias misteriosas al caer de la escalera; fue asesinada; hoy día, los historiadores afirman que fue suicidio.
Todavía no había inventado al Padre Brown para descubrirlo pero el joven Chesterton, llevado por el manchón blanco, asegura que se trató de un asesinato.

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