Iluminación a precios cuidados

En su segunda novela, Juan Sklar lleva a su alter ego Jano Mark a un anti-viaje de descubrimiento atravesando una india infestada de falso espiritualismo, superpoblación y mugre.

FLAVIO LO PRESTI

Un porteño dinamitado pero canchero, sensible, impulsado casi todo el tiempo por una energía sexual que cuestiona pero contra la que casi no puede hacer nada, va a la India a mirar sobre el hombro a los miles de turistas que buscan en ese país sucio, maloliente, violento y extravagante (son juicios que se derivan de su constante queja) algún tipo de iluminación espiritual, pero fundamentalmente a pasar tiempo con la excusa de que es barato, baratísimo, al punto de que la supervivencia para un occidental de un país periférico está garantizada por el cambio monetario. Con habilidad, sin embargo, Sklar oculta de su propio narrador (su alter ego Jano Mark, también protagonista de su novela anterior) cosas que el lector sabe, cosas que, a través de un montaje ulterior de materiales (la intercalación de una serie decreciente de perturbadores recuerdos de sus padres), comprendemos que también quedan claras para él: su familia (conectada con su manía sexual y con la espiritualidad que el narrador encuentra en la India) es un torbellino de amor y dolor, de extravagancia e insania, y lo que Mark parece buscar es un punto en el curso de las cosas que muestre que hay algún sentido en la experiencia.

En un sentido, Nunca llegamos a la india es una adaptación del género (la crónica de viajes) a una idea que se puede leer en Respiración artificial: la única épica posible en un mundo sin épica es la conquista amorosa. Se preguntaba Piglia: ¿Qué otra cosa queda por contar que “levantes” y manías (en el caso de Mark, un irrefrenable onanismo, un insomnio de neurótico, la misma escritura)? Incapaz de aceptar los simulacros de felicidad a los que se entregan sus contemporáneos domesticados, Mark es esclavo del deseo que despiertan en él todas las mujeres con las que se cruza, y casi sin considerar sus respectivas personas las persigue y termina imponiendo ese deseo contra reticencias y hasta decisiones espirituales. De todos modos, ese ejercicio es un movimiento honesto de comprensión de una experiencia agrietada por la insatisfacción: en lugar de sancionarse desde algún punto de vista ajeno que lo impugne, Jano Mark intenta entender el deseo de maneras tremendamente gráficas, como intenta entender las alternativas que terminaron con él en ese lugar incomprensible.

El resultado es extraño, porque la vocación de profundidad del enfoque (encontrar un sentido a la experiencia, entender la configuración propia del impulso que sostiene la vida) parece tener un límite en la superficialidad del personaje central: su lectura de los esfuerzos por espiritualizar la vida de tanto europeo y yanqui enyoguizado reduce todo al concepto de  “viudez del cristianismo”, y su propio acercamiento a la experiencia de comunión con otros (una experiencia con un final forzadamente trágico) lo deja en un charco de paroxismo, un estado más parecido al agotamiento que a la calma.

El problema fundamental, sin embargo, es que se llega al final de la novela con la sensación de que hay falta de necesidad en la aventura vital de su protagonista, una especie de falla en la grilla aristotélica básica de confección de personajes: Jano Mark se busca todo lo que le pasa, hasta los momentos más espantosos, algo que le resta a la peripecia ese sabor coercitivo de la vida material que tendemos a confundir con el destino y que redime a los acontecimientos de la condición de capricho. Esa sensación parece darle un poco de razón a Milva en su carta a Jano: incluso en tu queja y en tu felicidad, estás lleno de vos mismo. Te revolcás en tu charquito de mugre y esperás que todos te tengamos lástima. Tu tristeza es sólo otro capítulo del show del niño malcriado.

Como Milva, son legión los que ponen alternativamente a Jano en su lugar, incluido algún yanqui sabiondo. Así y todo, las más de trescientas páginas de la novela pasan sin esfuerzo porque Sklar exhibe una técnica inusual (particularmente en la excelente construcción de los diálogos), y porque la honestidad que vibra en su tejido sostiene nuestro interés contra el desagrado que nos provoca su carismático protagonista.

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