“La memoria es un proceso creativo”

Justo cuando acababa de terminar su más reciente novela, “En una selva oscura”, Nicole Krauss mantuvo esta conversación en el hall de un hotel de Valparaíso. Escritura, placer y la construcción de nuestra historia.

DIEGO ERLAN

Es raro pensar en eso, dice Nicole Krauss. Está sentada en el sillón de un hotel en Valparaíso. La escena transcurre hace algunos años. Cuando el mundo era otro. Cuando nosotros éramos otros. Hablábamos de su primera novela, Llega un hombre y dice, donde un personaje introduce obras maestras de la literatura en el ADN de las cucarachas. Por esos días, yo había leído sobre un experimento de Christian Bök (Xenotext Experiment) que consistía en introducir un poema encriptado en una bacteria, un poema indiscernible para el ojo humano pero que eventualmente debería poder leerse en el futuro. Quería saber qué tenía para decir una escritora como Krauss frente a ese tipo de experimentos.
Me hace cosquillas pensar en estas cosas, dijo ella aquella tarde a punto de volver a Nueva York. “Me hace cosquillas porque sólo somos capaces de pensar la literatura como humana y, cuando tomamos eso que consideramos esencialmente humano y lo ponemos en otro ser viviente, se nos vuelve extraño. Sin embargo, con respecto a lo que decís, es interesante si recordamos que gran parte del ser humano está compuesto por bacterias. Si lo mirás de esa manera podés pensar que la literatura no es tan humana después de todo”.

Sonreía. Se la notaba con la tranquilidad de haber terminado una nueva novela. Esa cuarta novela, luego de Llega un hombre y dice, La historia del amor y La gran casa, aún no tenía título pero poco tiempo después se conocería como Forest dark y se traduciría al español como En una selva oscura (Salamandra) para ser elogiada por The New York Times Review of Books, por The Guardian y por escritores como Philip Roth: quien la señaló como una novela brillante.
Empecemos por el final.

¿Cómo sabes cuándo un libro está terminado?

Escribo mis libros página a página, una página tras otra. Acepto que ese modo de escribir es extraño, incluso diría que demasiado ordenado; pero la verdad es que al ser todo tan complejo necesito ordenarme de esa manera, construirlo así. No me gustar trabajar en piezas sueltas y luego mezclarlas y después construir la narración. Por eso creo que sé que he terminado un relato cuando llego al final, cuando digo: ya está, este es el último punto, el punto final. Una vez visualizado eso, entonces sí puedo editar algunas cosas, por lo general detalles, escenas; son cambios realmente minuciosos en el gran esquema del libro.

Imagino que sos una persona paciente para trabajar de esa manera.

Soy paciente con las cosas que requieren paciencia; no creo que lo sea con todo. Soy muy paciente con mis hijos, por ejemplo, pero no lo soy para nada conmigo misma. Ojo, tampoco creo que sea tan paciente con mi trabajo. Tengo puesta demasiada presión en la escritura. Tener paciencia es como un ejercicio; pero hay veces que no tengo paciencia con el comportamiento de otras personas, ni con el mío tampoco. Sin embargo, trato de tener mucha paciencia para comprender a los otros. Puedo sentarme con algo durante mucho tiempo, durante años tal vez, para tratar de entenderlo: soy muy paciente en esos procesos de pensamiento. De todos modos, reconozco que resulta difícil cuando no puedes ver con claridad la novela. Puedes perderte en la discusión de los personajes sin saber hacia dónde vas. Eso implica paciencia pero también coraje. O no sé si coraje pero al menos cierta actitud para no ceder ante el miedo, para enfrentrarse al miedo de pensar que, quizás, esa novela no funcionará, el miedo de que todo el esfuerzo y el tiempo invertido en la escritura sea en vano o lo que una está haciendo sea un absoluto fracaso. El problema es que ese miedo a veces pone en riesgo el placer del trabajo. A medida que me hago más grande y tengo más años de oficio en la escritura, pienso más en esta idea del placer. En definitiva, lo único que me queda luego de escribir un libro es el recuerdo de la sensación de placer que experimenté durante el proceso. Nada más. A ese libro nunca lo leí como una simple lectora. Una vez terminado, el tiempo dedicado a la escritura del libro no está más. Si no encontrara placer en el proceso, sería un desperdicio. Ese tiempo es la posibilidad de crecer como escritora, de expandir mis sensaciones sobre el mundo y, también, algo tan sencillo como disfrutar de lo que es. Entonces pienso que lo que entra en conflicto con el placer es el miedo; por eso trato de dejarlo de lado cuando trabajo.

Mencionaste recién a tus hijos. ¿En qué aspectos se modificó ese proceso de escritura con la maternidad?

El verdadero cambio tiene que ver con la forma en que sos capaz de escribir. Cuando no tenés otra responsabilidad más que escribir, gobernás tu propia vida y manejás el tiempo como querés. Podés quedarte en tu mundo interior hasta el momento en el que decidís salir para ver a tus amigos. Cuando tenés hijos esa ya no es una opción: estás constantemente llamado a salir de vos mismo. Es como una escisión: por un tiempo estás obligado a olvidarte de vos mismo. No deja de ser interesante ese cancelarse y estar absolutamente entregado al deseo, el pensamiento y la necesidad de otras personas. Es un desafío, sin duda, porque en algún momento los dejás en la escuela y tenés que volver a trabajar, a sentarte frente al escritorio para reencontrar ese mundo interior, para empezar de nuevo y preguntarme: ¿qué pienso?, ¿cómo me siento?, ¿en dónde estaba? Es un péndulo extraño. Como las condiciones climáticas afectan un paisaje, las condiciones de tu vida afectan tu proceso artístico. Volviendo a la paciencia, cuando esas circunstancias se modifican una tiene que ser paciente para entender qué efectos se producen en tu escritura. Te reconozco que a veces añoro escribir a la vieja usanza. No lo niego. Pero me gusta enfocarme en cómo cambió mi trabajo, quiero entender ese proceso, y me doy cuenta de que, al reducirse mi tiempo, mis posibilidades de concentración también se reducen y el lenguaje se vuelve menos excesivo, más esencial. Quizás sea optimista verlo de ese modo.

Al leer tus primeras tres novelas, “Llega un hombre y dice”, “La historia del amor” y “La gran casa” uno observa que son muy diferentes.

Sin duda.

“La historia del amor” tiene una particularidad en la voz de Leo: y son esas oraciones rotas, como que a partir de esa característica del discurso se empieza a construir al personaje. ¿De qué manera vas definiendo los personajes a partir de sus voces? ¿Cómo es el proceso de esa construcción?

Es muy intuitivo. En verdad no creo tener una lógica para eso. Pero también descubro que mi estilo ha ido cambiando con el tiempo. Las oraciones breves de mi primera novela fueron el resultado de mi esfuerzo por escribir en prosa. Sentí que estaba demasiado bien compuesta, así que después quise romper esa compostura, romper esa fluidez y agregarle una brutalidad que me diera, a su vez, esa libertad repentina de romper oraciones bien construidas. En La gran casa volví a cambiar y construí oraciones muy largas. Ahora es diferente: tengo un ritmo completamente distinto. En la búsqueda de estas voces hay algo que, para mí, como si me dedicara a la música, es fundamental: el ritmo. El ritmo es lo primero que busco, incluso antes del personaje. La voz de Leo tenía este ritmo, y simplemente entendí que hablaba de esta manera entrecortada, y la personalidad entró en ese ritmo.

El arte de la memoria

El problema de la memoria atraviesa todas tus novelas, ¿qué significa para vos ese concepto y qué creés que significa la memoria para un escritor?

No podría hablar en general pero puedo decirte lo que me pasó a mí cuando investigué para estos libros: entendí que trabajar con la memoria es un proceso creativo. Es algo fundamentalmente humano, una capacidad para crearnos a nosotros mismos. Al pensar en nuestra vida, lo que sucede en verdad es que los recuerdos se inventan, se ajustan y se editan para que se ajusten a una idea de unidad, a cierta coherencia. Creo que es fascinante que hagamos esto, y estamos tan atados a él, estamos tan atados a nuestra idea de nosotros mismos, a nuestros sentimientos, y cómo somos, y cómo era nuestra infancia, que a menudo eso está muy lejos de la realidad. Y después viene, obviamente, la pregunta: ¿qué llamamos realidad? En la tradición judía existe la idea de que todo debe existir con el lenguaje. No hay creación sin lenguaje, y creo que en el acto de nombrar nuestras vidas, nombrarnos, describirnos a nosotros mismos, estamos creando nuestra realidad. Eso es algo que me interesa. Los escritores toman ese proceso humano y lo expanden, porque es mucho más deliberado. Mientras que el trabajo de la memoria es un poco más inconsciente en el escritor porque lo está haciendo de una manera muy consciente. Pero creo que existe esta sensación de que cuando estás escribiendo y te estás acercando mucho a algo, sentís que estás a punto de tocar algo de la realidad. Estás a punto de tener una revelación sobre la realidad. Lo que estás inventando llega a tal grado de plenitud que crea un sentimiento de credibilidad absoluta. Y esa realidad que nació de tu mundo interior se refleja en la realidad del lector.

La memoria no tiene una función de grabación sino una función creativa.

¿Y qué pasa con la pérdida de memoria, como le ocurre al protagonista de “Llega un hombre y dice”, Samson Greene, un profesor de literatura que se encuentra vagando por el desierto y de algún modo tiene que descubrir su identidad?

Mi primera novela fue como una especie de liberación del pasado. Cuando era joven, el pasado me resultaba una mochila agotadora; me quitaba la oportunidad de autodefinirme. Siempre lo sentí como una carga, y a la vez sentía nostalgia, como si hubiera perdido algo. Entonces entendía que no solo estoy formada por él, sino también que, de alguna manera, soy parte de ese pasado y no del presente. La primera sensación que tuve con esa novela es notar que el olvido es aterrador. Cuando entendí que tenemos la capacidad de inventarnos, empecé a pensar en la memoria como un elemento activo y no pasivo. No tiene una función de grabación sino una función creativa. Me pregunté hasta qué punto somos el producto y el resultado de nuestras historias. En qué medida somos el producto de nuestra elección, de nuestras decisiones, de nuestro libre albedrío. Esa tensión entre estas dos ideas se puede encontrar en todas las novelas. Leo Gerski, en Historia del amor, dice en algún momento que la verdad es algo que se inventó para poder sobrevivir. Desde ese lugar pienso en la forma en que modificamos la verdad o creemos en la verdad. Pero también la forma en que, en su conjunto, podemos crear nuestra propia historia. Vuelvo a una idea del judaísmo porque leí mucho para el libro que acabo de terminar: y es la idea de continuidad. Siempre decimos que la de los judíos es una historia de cinco mil años, pero no es realmente cierta: es una continuidad afirmada. Hace cinco mil años las personas eran completamente diferentes, no eran judías en el mismo sentido. Pero a través de la fuerza de la narrativa eso se va afirmando. Cuando miras el hebreo diferente, es una narración que inventó un mundo, del que todos todavía reverberamos, tanto cristianos, musulmanes, judíos. ¿Qué pasaría si Moisés no fuera Moisés sino alguien más? ¿Qué pasaría si Abraham no fuera Abraham sino alguien más? Todos reverberamos de esta narrativa original, escrita por algunas personas? Es fascinante pensar en eso. Por supuesto, lo modificamos, lo hacemos más normativo, lo cambiamos por razones políticas o por razones religiosas, modificamos la narrativa para adaptarnos, y en el proceso nos creamos a nosotros mismos.

¿Cuál es el desafío en el nuevo libro?

¡Son sólo dos voces! Pero el desafío es que se abre con un misterio en un sentido muy fuerte en una sola voz, y el gran trabajo fue desentrañar este misterio para mí. Acabo de empezar con un misterio, construí este misterio y ahora tengo que entender cómo y por qué sucedió, cuál fue el proceso. Eso es lo difícil: empezar por el final y entender cómo fue el comienzo. Una de las voces es la de un hombre mayor, una persona muy fuerte que hace algo muy radical en su vida, y tengo que entender por qué, por qué hace eso y de qué manera lo hace. La otra voz tiene algo más autobiográfico: nunca lo había hecho. Es una voz muy cercana a la que soy yo en estos últimos años. Si bien es invención, tiene algunos elementos muy cercanos a mi vida e incluso el personaje tiene mi nombre. Escribir eso también fue desafiante.

¿Más difícil que escribir algo más autobiográfico?

Mucho más difícil. Es diferente pero muy interesante. Me encanta cada dificultad que tengo que resolver. Fue muy complejo escribir  también La gran casa, tanto estructural como emocionalmente. Los personajes eran muy difíciles de entender porque son difíciles. Conseguir a tener empatía con ellos fue un proceso largo. Esto es diferente, no creo que sea lo mismo, ya sabes, los personajes, los sientes, creo; pero es mucho más difícil intelectualmente para mí entender lo que está sucediendo, las ideas que contiene. Y para sostener, volviendo a la metáfora musical, algo de la nota. Comencé con una nota muy arriba, y mantener esta nota durante un tiempo largo es un desafío que me absorbe y me fascina.

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