Las memorias de Woody Allen

Una carta de amor apasionado en tiempos de cordura y corrección política.

Luján Stasevicius
Woody Allen

El asunto es que toda la gente que discute el legado de un artista y lo espectacular de su obra lo hace mientras está viva y pidiendo pastrami, mientras el artista en cuestión está en una urna o se pudre bajo tierra en Queens.
Woody Allen

“Aunque espero que no te lo hayas comprado por esto”, dice la voz narrativa de Apropos of Nothing (2020), anticipando que en algún momento se ocupará de su escandaloso matrimonio con Soon-Yi y la acusación de pedofilia posterior por parte de Mia Farrow a quien se interne en una lectura de las memorias de Woody Allen. Es una admonición justa y necesaria. Comprarse el libro para volver a leer lo que ya se definió hace 28 años es una mala inversión. Leerlo a partir de eso, una oportunidad desaprovechada. Si bien es cierto que el escándalo ocupa casi 90 de las 392 páginas del volumen editado por Arcade, definir una obra por un tercio de ella es, cuanto menos, un gesto bastante miope.
Desgraciadamente, no de otra manera se ha escrito sobre esta biografía, publicada hace unos meses en Inglaterra y que verá la luz en mayo en Argentina bajo aval editorial de Alianza. El libro, que narra la vida de un octogenario director y guionista de cine con casi 50 películas en su haber e innumerables premios, ha recibido una monótona serie reseñas que se acotan a leer la biografía en clave moral y apurando el juicio para no perderse la oportunidad estar siempre del bando de “los buenos”. Dwright Garner, por ejemplo, uno de los primeros en reseñar el libro, lo califica de sordo y banal, y se escandaliza ante cada descripción física femenina hallada en el libro —ademán que fue amplificado y reproducido sin demasiada elegancia por la mayoría de los lectores americanos posteriores. En Argentina, corrió la misma suerte, al punto que, ya a principios de abril de este año, se lo presentó como un libro “imprescindible también para aquellos que defienden al cineasta” después de tantos años de acusaciones. Apoyadas en la chismografía y el buen sentido, ninguna lectura agrega nada a las acusaciones previas, y quienes le “creen” a Woody Allen —y a dos investigaciones policiales paralelas que descartaron su culpabilidad— no encontrarán a través de ellas nada diferente a lo que ya saben para argumentar su apoyo. Hacen felices a lectores que no buscan más que ratificar la opinión que ya han tomado al respecto —aunque, nobleza obliga, buscando y rebuscando en la marea de contenido digital aparecen a veces notas atendibles, como la que Peter Tonguette firma en National Review.
Es cierto: la dedicatoria a Soon-Yi es un poco extraña, irónica, provocativa, casi surrealista: “Para Soon-Yi, la mejor. Pensé que la tenía comiendo de mi mano, para luego darme cuenta de que mi brazo ya no existía”. Pero censurar las descripciones físicas femeninas —sugiriendo o declarando que no debería haberlas escrito— es creer que se puede hacer de Woody una figura sumisa a las demandas de un contexto lavado por la corrección política. ¿Es Woody Allen un viejo verde? Probablemente; pero afirmar que se pasa toda su biografía baboseándose por mujeres es, al mismo tiempo, demagógico, falso e injusto. En Apropos of Nothing, las mujeres forman parte de todo aquello estéticamente perfecto que atrae la mirada de Allen; como la ciudad de Nueva York, la música, la radio y el cine. Pero lo cierto es que no todo lo bello corre por parte de las mujeres y no todo lo que se destaca de las mujeres es la belleza física. Sin ir más lejos, la propia Mia Farrow, aparece incansablemente ponderada por su talento actoral a lo largo de todo el texto. Pero además, habiendo visto su performance en Match Point, ¿puede realmente objetarse una descripción de Scarlett Johansson que subraye su arrolladora belleza y su sex appeal?

Woody Allen, Scarlett Johansson Scoop – 2006 Director: Woody Allen BBC Films/Focus Features UK/USA Scene Still

Pero para eso falta. Antes, Woody se presenta. Acorde con su naturaleza “impecablemente pesimista”, la cronología que Allen elige para glosar su vida se remonta incluso hasta mucho antes de su nacimiento, relatando la cantidad de veces en que sus padres estuvieron a punto de perder la vida y, por ende, cancelar la posibilidad de su existencia. Tras el relato de una serie de peripecias familiares, y de pedirnos paciencia, finalmente anuncia: “Ahora estoy listo para nacer. Finalmente entro al mundo. Un mundo en el que nunca me voy a sentir cómodo, al que nunca voy a entender, y al que nunca voy a aprobar o perdonar”.
Desde ese anatema inicial, el libro se deja leer de una manera ágil, frugal, sumergiéndonos en el Woody encantador, en el personaje vacilante e inseguro que habla por horas en su ya famoso estilo neurótico y desordenado. Un niño criado en Brooklyn que encuentra el amor de su vida la primera vez que se aleja del barrio, y ya no puede abandonarlo: “Unos años después, a los 11, había perfeccionado la práctica de tomar el subte hacia mi ciudad adorada a través del río, y de gastarme la mensualidad en un día en Manhattan. Esta era una práctica inaudita para un chico de esa edad”. Un candoroso prepúber que “soñaba despierto” con llevar a sus compañeritas a tomar martinis secos a la gran ciudad, sin saber muy bien para qué. Un nene que odiaba todo lo que tenía que ver con la ortodoxia judía casi tanto como odiaba la escuela; pero que, religiosamente, de la mano de su prima, asistía a cualquier función de cine desde los 5 años,: “la ciudad a la que crecí escapándome era la Manhattan de las películas de Hollywood”.

Con su “natural” y característico estilo de self-deprecation, Woody otorga a la suerte un inmenso papel a la hora de explicar su vertiginoso ascenso como guionista. De ese modo, consigue despegarse también de la figura de intelectual, que con frecuencia le ha sido adosada. Y, tras enumerar una larga lista de clásicos de la literatura universal que no ha leído, agrega: “No estoy menospreciando estas obras; estoy apreciando mi ignorancia y explicando por qué los anteojos no te hacen una persona particularmente leída, ni mucho menos un intelectual”.
Su única ética de trabajo —ya no podríamos llamarla filosofía— es trabajar y no parar: “Con respecto a la escritura, y para aquellos interesados, me levanto y después de desayunar, escribo a mano en blocks amarillos tirado en la cama. Trabajo todo el día y generalmente todos los días, o al menos alguna parte de todos los días. Esto no es porque sea un adicto al trabajo, sino que trabajar me aleja de la obligación de enfrentar al mundo, uno de mis lugares menos favoritos”. En el relato biográfico, Allen pasa en pocos años de escribir chistes para el diario —mientras terminaba a duras penas la secundaria— a escribirlos para adjudicárselos a celebrities; de “intentar con el teatro” a exigir “total control artístico a los estudios” ya en su segunda película. Trabaja, produce, crece. Así sortea casi cuatro décadas de actividad, esquivando críticas y elogios; avanzando siempre: “¿Cómo resumiría mi vida? Afortunada. Muchos errores estúpidos salvados por pura suerte. ¿De lo que más me arrepiento? De haber tenido millones a mi disposición, total control artístico sobre mi obra, y de jamás haber hecho una gran película.”
El ritmo del libro no consigue ocultar el hastío. El texto parece cargado por la obligación de tener que referirse al escándalo que ha marcado su vida desde los años 90. Se nota en el humor de Allen. Al acercarse a esa instancia, el tono se vuelve más parco y más amargo y la manera que Allen encuentra para sortear esa incomodidad es apelar a su diestra ironía: “Cuando pude alejarme un poco de la situación, debo decir que me resultó bastante entretenido ver a toda esa gente corriendo desbocada para ayudar a que una mujer desquiciada llevara a cabo su plan de venganza. Fascinante y, debo decir, no una mala idea para una sátira”.

Mia Farrow y Woody Allen

La historia es casi mitológica a estas alturas. Después de descubrir que su ex novio tenía un affaire con su hija adoptiva de 21 años, Mia Farrow levantó los cañones y la batalla por la custodia de los hijos en común de la pareja se volvió tema nacional. La situación llegó a su punto álgido cuando Dylan, de entonces 7 años, refirió un abuso sexual por parte de su padre. Dos investigaciones paralelas concluyeron que, si bien quizás la niña no mentía —era una realidad para ella, y por cierto, ese dolor es respetable en todo momento, sin entrar a considerar si su causa es real o no—, las memorias sin embargo habían claramente sido implantadas y “coacheadas” por un adulto.

Dylan Farrow en brazos de Woody Allen

En el 2014 resurgió el escándalo, con motivo de un homenaje a Woody Allen en los Golden Globes (2013) y en el contexto del éxito arrollador de Midnight in Paris, la película que más dinero le dio al director newyorkino en toda su carrera. Dylan Farrow, ahora adulta, renovaba la acusación por medio de una diatriba pública aparecida en el New York Times, medio que, tras esa publicación, jamás volvió a aceptar textos de Woody Allen en sus páginas. En esa carta abierta, Dylan Farrow agregaba al relato del abuso detalles casi cinematográficos —“irreales”, según el testimonio de uno de sus hermanos— y acusaba a su padre por haberla abusado pero también a la élite de Hollywood por haber encubierto el abuso. “Te quiero ver a vos, Cate Blanchet, si la abusada fuera tu hija” —decía, al tiempo que recriminaba a Diane Keaton no haberla defendido aun conociéndola desde chica. Poco importó que la acusación —que ya había agotado su curso legal por falta de pruebas— fuera incluso desmentida por otro de los hijos de Mia Farrow. El morbo público por su relación con Soon Yi Previn había preparado el terreno y el escrache ya había sido consumado y comercializado como “justicia popular”: Woody Allen iría a parar sin escalas al rabioso fango donde chapotean por igual culpables y acusados. El reguero de consecuencias no se hizo esperar; películas canceladas o prohibidas en Estados Unidos —de hecho, es sugestivo que desde Estados Unidos en el gigante Netflix no se pueda acceder a ninguna de las 45 películas de Allen—, apariciones suspendidas y, últimamente, el recule editorial de Hachette que llevó al cineasta americano a publicar sus memorias en Europa.
Ese derrotero de mezquindades y banalización está también narrado en Apropos of Nothing. Allen no rehúye al tema, lo aborda desde cierta incomodidad. No es de eso de lo que preferiría hablar, pero habla. Da su versión de los hechos y advierte: “si te creés lo todo lo que dicen los diarios, un poco te merecés la vida que tenés”.
Pero la lectura de estas memorias permite además reconocer otra ironía del destino. En los últimos años, para angustia de derrideanos ortodoxos, la palabra deconstrucción fue desangelada en la vulgata cotidiana. En el traslado, sufrió una mutación sensible y paradójica; ya no sustantiva un proceso, sino que se impone como un mandato. Deconstruíte, así, en Imperativo, se presenta como una intimación al destinatario a borrar o cancelar lo que es o puede resultar incómodo desde la perspectiva del sujeto enunciante. Nada más alejado de lo que proponía con cierta tracción en su momento el bueno de Jacques Derrida. Lector agudo y mordaz, Allen tradujo en 1997 el sentido preciso del concepto en Deconstructing Harry. En esa memorable película el espectador asiste a la decompartimentalización —concepto que, como lo notó Robert B. Wiebe en su documental del 2011, las personas del entorno de Woody usan para describir su resiliencia— del personaje principal, para después, al final, ver nuevamente los pedazos integrados en su todo. Que Apropos of Nothing haya sido leído bajo la demanda de corrección política acorde a los tiempos que corren —exigiéndole lo que el texto no dice ni dirá, proponiendo un recorte desde fuera al relato de una vida y aislando fragmentos para representar un todo homogéneo y cerrado donde lo que hay es el relato necesariamente inacabado, opaco y contradictorio de una vida contada en primera persona, habla más de la pobreza ideológica de la época en que vivimos que de la propia vida del personaje.

Deconstructing Harry (1997)

Pero en Apropos of Nothing también puede leerse una larga y sensible carta de amor. Desde la dedicatoria a su compañera de vida hasta las más de 300 páginas en que el trajinado escándalo mediático pasa a segundo plano, la obra exhala la frescura y la sensibilidad literaria de Allen; emotivo aunque jamás cursi, siempre con un remate preciso. Esta carta de amor no conlleva ninguna revelación. No trae ninguna novedad a quien estuvo escuchando lo que Allen sostuvo todos estos años. La confesión siempre estuvo a la vista. Por eso Allen no duda en describirse una vez más, arrebatado por pasiones cuya voluptuosidad no comprende y cuya verdad le resulta esquiva: Nueva York, el jazz, la radio, el showbusiness, las mujeres, en ese orden. No hay Nueva York más bella y más incomprensible que la de las películas de Woody Allen. No hay amor más profundo y más contradictorio que el que expresa cuando describe el arribo de las diferentes estaciones a las calles de Manhattan. Esos fueron, son y serán los amores que viven en la memoria de Woody. Quien busque amarillismo barato deberá hallarlo en otra parte. Apropos of Nothing es el relato de una pasión única e irredimible. “Hay algo en el aire de Nueva York que hace que dormir se vuelva inútil”, decía Simone de Beauvoir en 1949. Y agregaba que quizás fuera el hecho de que en esa ciudad el corazón te late más rápido que en cualquier otra. La vida también. Y Woody coincide: “Más que vivir en el corazón y la mente del público, prefiero hacerlo en mi departamento”.

Woody Allen y Soon-Yi Previn
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