La dinastía flotante

Autores como Joseph Joubert o Roberto Bazlen padecieron lo que se llama “El síndrome Bartleby”: no publicaron en vida pero dejaron como legado una impresionante serie de reflexiones sobre la literatura y el arte.

DIEGO ERLAN
Joseph Joubert

En el principio hay un altar, una dinastía flotante. Aparecen nombres: Joubert, Vaché, Bazlen, Pepín Bello. Algunos son mencionados por Enrique Vila-Matas en un libro, otros fueron absolutamente olvidados. Sufren (si eso acaso puede sufrirse) el “Síndrome de Bartleby”. Me gustaría confirmar la cita pero no tengo el libro a mano. Ni internet. Tanto Fogwill como Gusmán aseguraron que lo primero que uno pierde en una separación es la biblioteca. Lo segundo podría ser la dignidad. En definitiva, lo que me interesa de ese altar, lo que me fascina de esos personajes, es el gesto, esa huelga pacífica manifiesta en la frase: preferiría no hacerlo. La voluntad de ser nadie de Pepín Bello, que según algunos era el genio oculto detrás de genios como Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel. De algún modo ese gesto es una operación contra al ego: no publicar ni convertirse en escritor. Algunos dirán, tal vez, que en realidad es una manifestación de cobardía. No sé. Hebe Uhart decía que no habría que pensarse como escritor sino como un hombre que escribe. Esa actitud podría mantener el ego a raya para dedicarse a lo único que importa: el texto.

El primer lector

Cualquiera que pretenda dedicarse a escribir sobre libros en medios debería leer los informes de lectura de Bobi Bazlen. Son gloriosos. Un lector valiente e implacable, un crítico que no conoce la palabra condescendencia. Vertiginoso. Sutil. Con una envidiable claridad para identificar la sustancia o la banalidad de un libro. Y una forma de escribir sus juicios que no ahorran gracia ni inteligencia ni conocimiento. Por ejemplo, cuando lee El mirón, de Robbe Grillet. “Luego de casi dos semanas, se borró casi completamente de mi memoria. Considerando lo poco que recuerdo, puedo decirte que: 

–lo leí muy distraídamente, no logró atraparme, y no creo que eso hable mal de mí;
–en cuanto a su verdadera sustancia, me pareció un fragmento insignificante, vergonzosamente tardío, de Dostoievski o de los decadentes daneses.”

Esos son los lectores editoriales en los que uno puede confiar. Su amigo, el ensayista Sergio Solmi no dejaba de sorprenderse por la extrema libertad de los juicios de Bazlen, de su completa independencia a las modas culturales para ir siempre “un poco más allá”. Lo que quedó de Bazlen fueron cartas, un conjunto de poemas, un diario discontinuo, unos dibujos indefinibles y esos informes que hace años publicó en español La Bestia Equilátera. Escribía, según dice Solmi, en unas hojas sueltas o en cuadernos secretos. Nunca pretendió publicar, incluso algunas de sus traducciones las publicaba con seudónimo. Sin embargo, interpreta Solmi, no destruir esos materiales antes de su muerte, abandonarlos a su suerte como huellas o testimonios enigmáticos de un paso por este mundo, era propio de su gusto por lo inconcluso que para Bazlen era tanto más revelador que las obras terminadas y “construidas”. Es posible que eso mismo pensara Joubert.

El extraño señor Joubert

Nacido el 7 de mayo de 1754, Joseph Joubert murió setenta años después, un 4 de mayo de 1824. Pocos días después de su muerte, en el Journal des Débats, Chateaubriand despidió a su amigo de esta manera: Joubert, dijo, era “uno de esos hombres que atraen por la delicadeza de sus sentimientos, la benevolencia de su alma, la estabilidad de su humor, la originalidad de su carácter y la viveza y la claridad de su espíritu.” Uno de esos hombres, agregó, que “se interesaron por todo y todo lo comprendieron.” La descripción que hace de él en sus Memorias de ultratumba es acaso menos hagiográfica e incorpora algunos detalles deliciosos.

 Allí dice que Joubert estaba lleno de manías y originalidad, y ejercía un extraordinario ascendiente sobre la cabeza y el corazón, y una vez que se había adueñado de uno, su imagen permanecía como un hecho, como una idea fija, como una obsesión de la que uno no podía ya librarse. Su gran aspiración era la calma, y nadie vivía con tanta turbación como él; estaba al acecho para detener las emociones del alma que creía perjudiciales para su salud, pero los amigos echaban siempre por tierra las precauciones que tomaba a este respecto, pues no podía impedir emocionarse ante la tristeza o la alegría de estos: era un egoísta que solo se ocupaba de los demás. Con objeto de recuperar fuerzas, a menudo se creía obligado a cerrar los ojos y a no hablar durante horas enteras. “Dios sabe qué ruido y qué movimientos tenían lugar en su interior durante el silencio y el reposo que se imponía. Cambiaba a cada momento de dieta y de régimen, un día tomaba solamente leche y otro carne picada, y se hacía conducir a un trote rápido por los caminos más duros en un permanente traqueteo, o llevar al paso por las alamedas más suaves y llanas”, cuenta Chateaubriand y agrega, además, un dato encantador: cuando Joubert leía, rompía las hojas que le desagradaban; de esta forma tenía una biblioteca para su uso personal compuesta de libros deshojados metidos en cajas demasiado grandes. 
“Soy como un arpa eólica, que produce hermosos sonidos, pero no ejecuta ninguna melodía”, escribió Joubert en los cuadernos que fueron encontrados después de su muerte y de algún modo describe ese síndrome Bartleby que padecía. Madame Victorine de Chastenay afirmaba que parecía un alma que por casualidad hubiese encontrado un cuerpo, y se las apañaba como podía. Era un metafísico profundo cuya filosofía se convertía en pintura o en poesía; como un Platón con el corazón de La Fontaine, se había formado una idea de la perfección que le impedía acabar cualquier cosa. Lo inconcluso, entonces, como el atributo más revelador de una obra. El crítico Saint-Beuve señaló que “aunque los pensamientos de este hombre notable hayan sido impresos solo para los ojos de la amistad, siento que están destinados a ver extenderse de tal forma el círculo de amigos que el público terminará por conocerlos. Nunca escribió un libro, pero leyó los de los otros. Era el público de sus amigos, el lector más refinado, original e inspirador. Pertenecía a esa dinastía flotante de espíritus delicados cuya seña de identidad consiste en no dejar su nombre.”

Muestras de talento

Tres condiciones son necesarias para hacer un buen libro, entendía Joubert: el talento, el arte y el oficio. “Es decir: la naturaleza, la factura y la costumbre”.
Elias Canetti le atribuía a los textos encontrados de Joubert seriedad, encanto y profundidad, cualidades que participaban equilibradamente de su pensamiento, y por eso, según él, daba la impresión de hallarse más cerca de la Antigüedad que cualquier otro autor de aforismos. “Capta lo espiritual como si fuese un movimiento del aire. Siente las ideas y las palabras como aliento, como vuelo de aves que subieran o bajaran planeando”.

Entre la infinidad de reflexiones subrayables diseminadas en sus Carnets bien podría elegirse una sola con el peso suficiente para aceptar su genialidad. En Sobre arte y literatura, Joubert escribió: “El gusto en literatura se ha vuelto tan doméstico y la aprobación tan dependiente del placer que, para empezar, buscamos al autor en un libro, y en el autor, sus pasiones y sus humores; si éstos son parecidos a los nuestros, los apreciamos; si son distintos, los rechazamos. Lo verdadero y lo bello solos no nos interesan, porque son bellos y verdaderos en sí mismos; ya no es la paz del corazón y del espíritu lo que buscamos en los libros, sino la confusión de las emociones. Ya no es a un sabio a quien buscamos y deseamos hallar en un autor, sino a un amante y a un amigo, o cuando menos a un actor que se representa a sí mismo y cuyo papel y manera de actuar seducen nuestro gusto más que nuestra razón. No deseamos que los libros nos vuelvan mejores, sino más felices que aquellos que los hicieron; que tengan carne y sangre, ingenio y alma. Odiamos –o, cuando menos, ya no sabríamos admirar– los talentos puros.”

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