Cómo me hice escritor

En la serie dedicada a las lecciones de los maestros, el autor de “La isla del tesoro” recuerda, sin piedad y con una cuota de humor, sus comienzos como autodidacta.

ROBERT LOUIS STEVENSON
Robert Louis Stevenson
Robert Louis Stevenson

I

Durante toda mi infancia y juventud yo era conocido –y destacaba por ello– por ser un haragán. No obstante, estaba constantemente ocupado en lo que era mi personal propósito, que era aprender a escribir. Siempre llevaba en el bolsillo dos libros: uno, para leerlo; el otro, para escribir en él. Al caminar tenía siempre la cabeza entretenida, buscando las palabras adecuadas para anotar lo que veía. Cuando me sentaba al borde del camino, o bien leía, o bien sacaba un lápiz y cuadernillo barato donde apuntaba los rasgos de la escena o improvisaba algunas estrofas dubitativas. Así vivía yo con las palabras. Y así lo que escribí no tuvo utilidad alguna posteriormente: lo había escrito a sabiendas de que era sólo para practicar. No era tanto que deseara convertirme en escritor (aunque lo deseara) como que había hecho el voto de aprender a escribir. Era una competencia que me atraía mucho adquirir, y practicaba para llegar a alcanzarla de la misma manera que hacen los que quieren aprender a tallar: era una especie de apuesta conmigo mismo. La descripción era el principal ámbito de mis prácticas, porque para cualquiera que esté dotado de sentidos siempre hay algo que merece la pena describir, y tanto el campo como la ciudad son un tema inagotable. Pero también trabajaba en otros ámbitos: solía acompañar mis caminatas con diálogos dramáticos en los que yo hacía varios papeles, y me ejercitaba también en la transcripción de conversaciones de memoria.

Página manuscrita de “El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde” (The British Library)

Todo esto era fabuloso, sin duda, como los diarios que trataba de llevar, pero de los que siempre acababa deshaciéndome porque me parecían una escuela de afectación y melancólico autoengaño. Y aunque no estaban mal, lo único que me enseñaron (si es que he aprendido algo de ellos) fue algo sobre los elementos más bajos y menos intelectuales de la escala del arte: la elección de la nota esencial y de la palabra exacta. Cosas estas que a una constitución más acertada que la mía tal vez vengan dadas, por otra parte. Contemplados como una forma de entrenamiento adolecían de un grave defecto, puesto que no arrojaban ningún registro de logros. De modo que el beneficio –aunque también requería más esfuerzo– estaba en mis tareas secretas, las que hacía en casa. Siempre que leía un libro o un párrafo que me complacía especialmente, donde se decía una cosa o se presentaba un efecto con propiedad, donde se agazapaba una fuerza evidente o un feliz rasgo de estilo, tenía que sentarme enseguida y ponerme a imitar aquello. Claro que no lo conseguía, y yo lo sabía bien. Lo intentaba, una y otra vez, y volvía a fallar una y otra vez. Pero en todos estos intentos vanos logré al menos adquirir cierta práctica en el ritmo, la armonía, la construcción y la coordinación de las partes. Así he copiado con diligencia a Hazlitt, Lamb, Wordsworth, Sir Thomas Browne, Defoe, Hawthorne, Montaigne, Baudelaire y Obermann. 

Recuerdo uno de esos trucos de mímica simiesca, que titulé La vanidad de la moral; iba a tener una segunda parte, y todo, titulada La vanidad del conocimiento; y como yo no tenía ni moral ni erudición, los títulos eran perfectos. Pero la segunda parte no llegó ni al intento, y la primera la escribí (razón por la cual la invoco para que surja de sus cenizas, como si fuera un fantasma) al menos tres veces: la primera, a la manera de Hazlitt; la segunda, a la manera de Ruskin, que en aquel momento ejercía sobre mí un hechizo pasajero; y la tercera fue un laborioso pastiche de Sir Thomas Browne. Lo mismo ocurrió con mis otras obras: Cain, de tema épico, que era (¡no se lo pierdan!) una imitación de Sordello; Robin Hood, una historia en verso, siguió un curso a medio camino entre Keats, Chaucer y Morris; en Monmouth, una tragedia, me recliné sobre el pecho de Swinburne; y en mis innumerables poemas, escritos en pies aquejados de gota, seguí a otros tantos maestros. En el primer borrador de The King’s Pardon, también una tragedia, seguí la pista de nada menos que John Webster. En el segundo borrador de la misma pieza, con dudosa versatilidad, desplacé mis lealtades hacia Congreve y, naturalmente, concebí mi fábula con vena menos seria: porque no era la poesía de Congreve lo que yo admiraba y trataba de imitar, sino su exquisita prosa. A los trece años ya había yo intentado hacer justicia a los habitantes de la famosa ciudad de Peebles, al estilo del Book of Snobs. Y así podría seguir hasta el infinito, enumerando todos mis abortos de novela, hasta llegar a mis últimas obras de teatro, de las que tengo una opinión más tierna, porque no sólo fueron concebidas en un principio bajo la acogedora influencia del viejo Dumas, sino que han conocido la resurrección. Una, extrañamente mejorada por otra mano, llegó a los escenarios y fue representada por actores de carne y hueso; la otra, originalmente conocida como Semiramis, a Tragedy, la he visto en los anaqueles de las librerías bajo el alias de Príncipe Otto. Pero creo que con lo dicho hasta ahora basta para que se hagan una idea de las artes imitatorias y los esfuerzos de ventrílocuo gracias a los cuales llegué a ver mis primeras palabras impresas en papel.

Carta a Henry James.

Esa, nos guste o no, es la forma que aprendí a escribir y si le he sacado provecho como si no, así ha sido. También fue esa la forma en que aprendió Keats, y nunca hubo un temperamento más adecuado a la literatura que el de Keats; así ha sido, seguramente –nos daríamos cuenta si pudiéramos comprobarlo– como han aprendido todos; y por ese motivo, cada vez que hay un revival literario va acompañado o anunciado por una mirada retrospectiva a los modelos anteriores. Tal vez alguno gritará que esa no es manera de ser original. Desde luego que no. No hay manera de ser original, salvo nacer siéndolo. Y aún así, si se nace original, siempre hay algo en el período de formativo que acaba cortando las alas de esa originalidad. No puede haber nadie más original que Montaigne, ni más especial que Cicerón. Y sin embargo, a ningún experto en la materia se le escapará un detalle: cuánto tiene que haberse esforzado el uno, en su tiempo, por imitar al otro. Burns es un ejemplo perfecto de fuerza excepcional en literatura: y fue el que más imitó de todos. Hasta Shakespeare mismo, el imperial, procede de una escuela. Sí, de una escuela de la que –cabe esperar– salen buenos escritores; de una escuela que, casi de modo invariable, produce buenos escritores, salvo alguna buena excepción. Antes de que pueda decir qué cadencias prefiere, el alumno debe probar todas las que existen; antes de elegir y mantener una clave que se ajuste a él, tiene que haber practicado toda la escala literaria; y sólo tres muchos años haciendo este tipo de gimnasia podrá sentarse al fin, mientras llegan legiones de palabras zumbando a su llamada y docenas de estructuras de la frase se le ofrecen simultáneamente para que escoja. Y entonces, sabiendo lo que quiere hacer y dentro de los estrechos límites de la capacidad humana, podrá hacerlo.

Y la cuestión con estas imitaciones es que son el modelo inimitable que brilla a lo lejos, más allá del alcance del aprendiz. Dejémosle intentarlo si eso quiere, porque sabe que no lo logrará. Y es proverbio antiguo y acertado el que dice que no lo logrará. Y es proverbio antiguo y acertado el que dice que el fracaso es la única ruta hacia el éxito. Uno ha de tener cierta disposición a aprender, claro: yo condenaba mis propias obras con gran perspicacia. Me gustaba trabajar en ello, eso es verdad. Pero una vez terminado el trabajo, me daba cuenta de que no era más que basura y, en consecuencia, rara vez se lo enseñaba a nadie: ni siquiera a mis amigos. Y aquellos amigos que yo elegí como confidentes debieron constituir una elección óptima, pues tuvieron el amistoso detalle de ser muy claros conmigo: “Paja”, dijo uno. Otro escribió: “No entiendo por qué escribes tan mal las frases”. ¡Ni yo! Tres veces me expuse a un rechazo lleno de autoridad, enviando mis escritos a una publicación: me los devolvieron. Y no me sorprendió que eso ni siquiera me hiriera. Si no los habían mirado (lo que sucede normalmente con los aficionados, que fue lo que yo creo que pasó) no tenía sentido repetir el experimento; si los habían mirado bien, yo no había aprendido a escribir aún, y tenía que continuar aprendiendo. A escribir y a vivir. Al final tuve un golpe de suerte que fue el que propició este artículo, gracias al cual pude por fin ver mi obra impresa, y comprobar, para hacerme una idea, lo lejos que estaba del favor del público.

II

La Speculative Society es un organismo de cierta antigüedad, y ha contado entre sus miembros con Scott, Brougham, Jeffrey, Horner, Benjamin Constant, Robert Emmet y una serie de celebridades locales y del mundo jurídico, además. Debido a un accidente del que se ha dado abundante cuenta tiene su sede en el edificio de la Universidad de Edimburgo: un salón revestido con alfombras turcas y pinturas que, cuando se iluminan por la noche a la luz de las velas y del fuego, adquiere el aspecto de un comedor señorial; tiene una biblioteca en forma de pasillo, con los libros metidos en sus jaulas de alambre, y un distribuidor con una chimenea, bancos, una mesa, varios grabados de sus famosos miembros y una lápida que enumera las virtudes de algún antiguo secretario. Aquí los socios pueden calentarse, pasar el rato o leer; aquí, desafiando a las Senatus-consulta, se puede fumar. El Senatus mira con recelo estos privilegios; de hecho, contempla avinagrado casi todo lo que atañe a la sociedad, arguyendo que existe una desproporción en la mente instruida, pues el mundo –podemos estar seguros de ello– concederá mayor premio a esta cacería de leones muertos que a la de todos los perros vivos del profesorado.

Una mañana de diciembre estaba yo sentado en la biblioteca de la Speculative; era yo un joven muy humilde, aunque la humildad era una virtud a la que nunca di mucho crédito; sin embargo, estaba orgulloso de mis privilegios como miembro de la “Spec”, y de la pipa que estaba fumando en los morros del Senatus; y sobre todo, orgulloso de estar en la misma habitación con tres distinguidos estudiantes que en aquel momento conversaban junto a la chimenea del distribuidor. Uno de ellos puede ver impreso en el lomo de varios volúmenes y su voz, según he sabido, es muy influyente en los tribunales. De la muerte del segundo ya han leído ustedes todo lo que yo pueda decir.

El tercero también escapó de una batalla en la que luchó encarnizadamente, aunque con gran insensatez. Los tres eran, ya lo he apuntado, estudiantes notables. Pero este último era el más destacado de todos ellos. Adinerado, guapo, ambicioso, aventurero, diplomático, lector de Balzac y, de todos los hombres que he conocido, el más parecido a uno de los personajes de Balzac: vivió su vida y sufrió esas desventuras que sólo pueden exponerse adecuadamente en La comedia humana. Tenía entonces sus aspiraciones puestas en el Parlamento, y poco después de ese momento del que escribo, pronunció un rimbombante discurso en una cena con políticos, le pusieron por las nubes al día siguiente en el courant, y al otro día se le hizo caer más bajo que el suelo, acusándole de plagio en el Scotsman. Según dicen los anales (y –añado yo– se equivocan) fue traicionado por alguien en quien confiaba especialmente, y el autor de la acusación supo esta verdad de sus propios labios. De manera que al menos un día estuvo en lo más alto y fue admirado y envidiado por todos: al siguiente, aunque no era más que un muchacho, cayó en desgracia. El golpe hubiera hecho añicos a cualquier espíritu que no estuviera tan finamente templado y supongo que incluso a él le volvió temerario, pues se marchó a Londres; allí se deshizo, en un club, de la carga de su considerable patrimonio en lo que dura un invierno. Durante muchos años vivió yo no sé cómo: siempre bien vestido, siempre en buenos hoteles y frecuentando la alta sociedad, y siempre con los bolsillos vacíos. El encanto de sus maneras seguramente le dejaba siempre en buen lugar mientras yo, aún siendo las mías más agradables, nunca he hallado en ellas la forma de ganarme la vida. Y para explicar el milagro de esta existencia suya debo remontarme a la teoría del filósofo que, en este caso, es de esa misma índole: “en el fondo había un sufrimiento relativo”. No hace mucho salió de su dulce eclipse y reapareció en escena, transfigurado en generoso editor: y así acudió en mi busca. Es en este papel en el que mejor le recuerdo: alto, esbelto, con un porte no exento de gracia, con el aspecto de un caballero refinado y la apariencia de un aventurero urbano, sonriendo con encantadora ambigüedad; ladeando la cabeza con una ceja en alto y un aspecto impresionante de finesse, hablando bajo, con suavidad, arrastrando las frases con un ligero runrún, contando extrañas historias con singular deliberación y, para un oyente entregado, con excelentes resultados. Después de todos estos altibajos aún parecía aquel estudiante rico que fue un día y que nadaba en dinero; parecía perfectamente seguro de sí mismo y convencido de su fin. Y, sin embargo, se encontraba al borde de su última caída. Se había propuesto encontrar lo más extraño de nuestra sociedad: una de esas hojas de los periódicos con las que se supone que el género humano forma su opinión, y en las que los jóvenes caballeros que asisten a las universidades encuentran el impulso necesario para embrollar los hechos, insultar a los países extranjeros y calumniar a los individuos. Y que ahora son, por cierto, fuente de gloria de tal manera que si el nombre de un caballero aparece en ellas impreso con suficiente frecuencia, se convertirá en una suerte de semidiós. Y la gente le perdonará cuando hable de esto y aquello, como hacen con el señor Gladstone; y se arremolinarán en torno a él hasta casi ahogarle en la estación del tren, como hicieron el otro día con el General Boulanger; y comprarán sus obras literarias, como espero que hagan conmigo. Nuestros padres, cuando se embarcaban en una gran empresa, empeñaban en ella su vida y hasta contaban, posiblemente, con su esclavo preferido para asentar los cimientos de su palacio. Y con su propia vida neutralizó mi compañero la envidia de los dioses: peleó su batalla con una sola mano, sin confiar en nadie, pues era algo cínico. Se levantaba temprano y se acostaba tarde, porque no era más que un haragán. Comiendo la oreja a diario a los influyentes, porque era un maestro de la conciliación. En ese tipo esbelto y aterciopelado tenía que haber una extraña vena de coraje, porque hubiera muerto por su trabajo; sin duda, la ambición le hablaba al oído: y también el amor, porque parece que tenía planes de matrimonio por si las cosas le iban bien. Pero murió, y con él su personaje. Toda su gracia, tacto y coraje, quedaron literalmente en nada ante nuestros ojos ciegos.

Estos tres estudiantes estaban sentados, decía, yo, en el distribuidor, bajo la placa que reproduce las virtudes de Macbean, anterior secretario. A menudo sonreíamos ante aquella conmemoración nada elocuente y pensábamos lo triste que era estar en el mundo y no dejar detrás de uno más que lo que dejó ese Macbean. Sin embargo, de esos tres, dos ya no están, y han dejado menos que él; y tal vez, cuando este libro sea viejo y sabio y alguien lo tome de un rincón de una librería para echarle un vistazo, sonriendo ante esos viejos giros de expresión sin gracia alguna y llevado tal vez por el amor de Alma Mater (que puede estar aún ahí, resistiendo y floreciendo) tal vez alguien lo compre, no sin antes regatear un poco: por unos cuantos peniques, este libro puede ser el único que guarde la memoria de James Walter Ferrier y Robert Glasgow Brown.

Sus pensamientos, aquella mañana de diciembre, llevaban otro camino: todos ellos ardían de ambición, y cuando me dijeron que me uniera a ellos y me hicieron encajar en la estructura que estaban montando, yo también me emborraché de orgullo y esperanza. Íbamos a fundar una revista universitaria. Había un par de jóvenes hermanos muy atractivos, de nombre Livingstone, que tenían el hábito de patear el suelo y frotarse mucho las manos y que regentaban una librería frente al edificio de la universidad: les convencieron con malas artes para acometer la empresa editorial. Nosotros cuatro íbamos a ser editores conjuntos y, lo principal del caso, a imprimir nuestros propios libros; entretanto, por una simple regla de aritmética –esa aduladora de la credulidad– la aventura tenía que tener éxito y traernos buenos beneficios. Bueno, bueno, una visión ideal. Aquella noche regresé a casa caminando sin tocar el suelo. Haber sido elegido por esos tres estudiantes tan destacados era para mí un avance indescriptible: era la primera vez que se me tomaba en consideración, y fue un gesto que me reconcilió conmigo mismo y con mis congéneres. Y a medida que avanzaba, bordeando la verja del Tron, no pude evitar que mis labios esbozaran una pública sonrisa. Pero en el fondo de mi alma yo sabía que aquella revista sería un completo desastre, sabía que no merecería la pena leerla; sabía, incluso, que nadie la leería, y ahora todavía me pregunto cómo fui capaz, con mi exigua asignación de doce libras anuales, pagaderas en cantidades mensuales, de satisfacer mi parte del pago. Me reconfortaba saber que tenía un padre.

La revista apareció con portada amarilla: esa era la mejor parte, porque al menos era modesta. Durante cuatro meses vivió en la oscuridad, sin ser molestada, y luego murió sin un gemido. El primer número lo editamos entre los cuatro en medio de un prodigioso ajetreo; el segundo nos cayó sobre todo a Ferrier y a mí. El tercero lo edité o solo, y desde entonces ha sido un solemne misterio quién editó el cuarto. Aunque tal vez sea más difícil saber quién lo leyó. ¡Pobre hoja amarilla que miraba esperanzada desde la ventana de los Livingstone! ¡Pobre papel inocente, que podía haber ido a la imprenta y haber salido de allí con un Shakespeare! Sin embargo, fue torpemente deshonrado con unas cuantas bobadas. Y ¿pobres editores, debo decir? De mí no puedo sentir lástima, porque para mí todo fueron ganancias. Cuando la revista cayó enferma en el momento en que pugnaba por salir adelante y quedó sumida en las tinieblas, para mí no constituyó sorpresa alguna, sino la pura confirmación de mi recelo. Yo había enviado un ejemplar a la mujer que en aquel momento era dueña de mi corazón, y que hizo cuanto pudo por destrozarlo. Y ella, no sin cierto tacto, ignoró en silencio el detalle del regalo y mis preciadas colaboraciones. No voy a decir que esto me complaciera, pero sí voy a decirle a ella, en este momento, si por ventura se dignara leer la obra de su anterior esclavo, que había tenido sus gustos en mejor estima. Tras esta entrega fallida hice una limpieza a fondo: tuve la consabida conversación con mi padre, que transcurrió con normalidad, liquidé mi parte de los gastos con los hermanitos –que se frotaron las manos como siempre, pero creo que patearon el suelo menos de lo que acostumbraban, tal vez por haberse embarcado en esa empresa con cierta ilusión– y me fui de nuevo a trabajar en mis libretas baratas: en sólo un día había retrocedido y, después de ser un autor publicado con obra impresa volví a ser un estudiante que escribía a mano.

[“How Stevenson Taught Himself to Write”, extraído de “A College Magazine”, en Memories and Portraits, Londres, Chatto & Windus, 1887. Versión en español publicada por Páginas de Espuma en el volumen de ensayos Escribir, con traducción de Amelia Pérez de Villar]

Para conocer más

Compartir