Cualquier semejanza

Nuevo boom de la literatura alemana, Marc-Uwe Kling proyecta en la sátira QualityLand una sociedad futura totalitaria manejada por algoritmos y corporaciones

FLAVIO LO PRESTI
Marc Uwe-Kling

En QualityLand (una de las últimas bombas literarias de la literatura alemana)  Marc-Uwe Kling parece haber apuntalado su imaginación en tres “paisajes”: el consumo jocoso de las estrellas de la nueva teoría breve y omniexplicativa sobre nuestro presente postcapitalista, cuyos representantes deluxe son el coreano Byung Chul Han y Marc Fisher (y, en una medida mucho más densa, Slavoj Žižek); las distopías clásicas como 1984 o Un mundo feliz, que han tenido una deriva hacia la farsa tanto en la literatura (pienso en el Kurt Vonnegut de Dios lo bendiga, señor Rosewater, citado dos veces en el libro de Kling) como en el cine  (Demolition Man, Marco Brambilla, 1993) y finalmente la ficción cinematográfica y televisiva hacia la que la forma del libro (un relato heroico animado por un protagonista looser y un grupo de máquinas marginales que tienen que enfrentar al Poder) parece destinada.
Hay algo en la transparencia de su lenguaje que pone al libro más cerca del guión que de la escritura: uno percibe, más allá de la traducción a la que está expuesto, que la prosa de Kling es sencilla, declarativa, indicativa, y quizás hay dos razones nobles que pueden pensarse alrededor detrás de esta estrategia estilística. La primera es de índole diegética, por decirlo con un término difícil: hacia el final sabemos que las manos que han escrito la aventura de Peter Sinempleo no son del todo humanas (se me ocurren un par de novelistas populares argentinxs de los que podría decirse lo mismo); la segunda razón es que la cadena de ideas que componen la tesis sobre la que se sostiene la novela necesitaba una forma simple que no entorpezca su comprensión, aunque hay muchos contraejemplos que refutan la necesidad de una prosa trasparente para ideas más o menos complejas (pienso ahora en una novela bastante más breve y de composición semejante como La subasta del lote 49).

1984 (Michael Radford, 1984)

Y de todos modos, las ideas no son tan complejas: como en el presente mismo en el que vivimos, QualityLand es una porción “nacional” de un totalitarismo planetario encubierto en el que el capital financiero, las grandes empresas de datos, la corporación política y los medios de comunicación sostienen a toda la población en la ilusión de una vida cómoda en la que impera un ficticio libre albedrío, a pesar de que todas las elecciones han sido tomadas por apps y algoritmos: los personajes de QualityLand (bombardeados por la hipocresía y los eufemismos y compelidos a un optimismo que hace pensar en el Parque frenesí de Los Simpsons) no eligen sus parejas, no eligen sus alimentos, no eligen a sus amigos y, básicamente, engañados y conducidos como ratones en un inmenso laberinto sin paredes, no eligen nada.
A partir de una inconmensurable desigualdad generada por la concentración del capital y la desaparición del trabajo, golpeados por la desaparición de la religión y del sentido de comunidad, la enorme masa de “empleados “ y pobres diablos de QualityLand padecen “algoritmos de personalización” que “ impiden el crecimiento cerebral mediante la administración de una dosis insana de su propia opinión” y sostienen sus psiquis al borde de la anomia en creencias irracionales, impulsadas por las empresas de medios que alimentan al troll con noticias falsas en función de la necesidad de conexión umbilical entre el usuario y el consumo: decimos umbilical porque, bajo el modelo the winner takes it all (propio de los negocios en la Internet), las corporaciones de QualityLand ni siquiera tienen que seducir a los usuarios, que antes que clientes son “vendidos” como productos al poder. Como vemos, la capacidad de anticipación de Kling es igual a menos diez, y el mundo que “imagina” podría tener a sus puertas la leyenda autoparódica que adornara tanta película clase b: cualquier parecido con la realidad…

Demolition man (Marco Brambilla, 1993).

En Un mundo Feliz, de Huxley, la estratificación entre clases (producida por alteraciones durante la gestación) se rompía con un individuo Alfa que tenía características de Beta; en QualityLand, una doble grieta permite la aparición de la novela: por un lado, John of Us, un bastante gracioso robot keynesiano que es candidato a presidente y que incorpora a la discusión política la amenaza de una razón humanista, al mismo tiempo que aparece como una de las posibles emergencias de una máquina autoconsciente (el dios-máquina cuyo advenimiento es un juego de cálculo de los profetas de las ciencias);  por otro lado, Peter Sinempleo, un chatarrero que está al borde de la calificación de indigencia (oscila entre el nivel 10 y el terrible “un dígito”) y que cree descubrir que su algoritmo está descalibrado al recibir un envío que no entra en el horizonte concebible de sus deseos  (un vibrador con forma de delfín).  

Peter Sinempleo enfrenta a partir de ahí la ordalía que Mark Fisher describiera en Realismo capitalista al caracterizar a las burocracias corporativas como la verdadera profecía kafkiana: el centro de la corporación, la respuesta al usuario, parecen inaccesibles, y mientras Peter la busca y soporta la humillante burla de la positividad estridente de QualityLand, descubre también los resquicios (el amor, la camaredería) por los que ese mundo puede imaginarse habitable.
El tercer paisaje sobre el que proyectamos la novela  de Uwe-Kling (que es además compositor de canciones y humorista) era la ficción para las pantallas, y la novela dio ese paso  forma casi automática. HBO anunció que Mike Judge (creador de Beavis&Butthead  y la sitcom SIlicon Valley) va a producir QualityLand para su señal, algo que (dadas las características de la escritura de Kling) apenas requerirá de algún ajuste. Es probable que la realización sea retrasada por el actual impasse sanitario, cuyo comentario está previsto y camuflado proféticamente (como casi todo nuestro presente) en las entretenidas y redundantes páginas de QualityLand. Con su escritura insidiosamente atribuida a una máquina, la pregunta que la transparencia del libro deja flotando es si se trata de un juego autorreflexivo con el mundo “plano” de QualityLand o  es un síntoma del estado de cosas al cual pretende funcionarle como sátira.

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