Promesas cumplidas

Romain Gary conoció una forma intensísima del amor materno y trató de salir del laberinto transformando el mundo

FLAVIO LO PRESTI

En unas conferencias dictadas probablemente en el año 97, la canadiense Regine Robin un poco se compadecía de los vaivenes de la identidad que habían aquejado a uno de los mistificadores más extraordinarios de la historia de la literatura, el diplomático, héroe de guerra, escritor, cuasi playboy Roman Gary. En su semblanza de Gary, Robin ponía el acento en la invención del pseudónimo más problemático de la historia de la literatura, el escritor Emile Ajar, pero considerando el resto de su vida, y su complicada relación con su madre, era muy difícil que no tuviera los problemas que tuvo con su identidad.
Gary nació como Romain Kacew en Vilna, Lituania, y a muy temprana edad ya hablaba polaco, idish y francés. No conocía a su padre, pero cuando iban al cine a ver las películas de Iván Mozzhujin (una suerte de Rodolfo Valentino ruso) su madre insinuaba que, en un pasado probablemente imaginario como diva teatral, ella y Mozzhujin habían tenido un romance, y Mozzujin era su padre.
Su madre, Mina Owczynska, era costurera y, si le creemos algo a Gary después de una vida de traficar con pseudo datos, lo torturó en la infancia convencida de que él debía ser francés, escritor y embajador. Hoy que solemos asustarnos de padres que demandan demasiado de sus hijos y los llenan de actividades extraescolares (quizás no precisamente hoy) puede decirse que la madre de Gary hace ver a cualquier neurótico aspiracional que manda a inglés, natación, fútbol y danza artística a su hija como un nene de pecho: el  niño Kacew aprendió esgrima, tiro, violín, cuatro idiomas, protocolo, danza, y fundamentalmente que había solo tres cosas por las que valía la pena batirse, por una dama, por el honor, y por Francia. Y por supuesto por su madre, a quien los vecinitos trataban de judía loca.

Roman Kacew junto a su madre Mina

Una tarde en que alguien la denunció a la policía en 1924 y su taller fue allanado, Mina sacó a Romain al patio y después de increpar a los vecinos les dijo que ese que veían ahí, su hijo, sería embajador de Francia, un escritor de la talla de Tolstoi y se vestiría en Londres. Lo último provocó una carcajada que marcó a Gary de por vida: fue la peor vergüenza que sufrí, dice Gary en las memorias que le dedica a su madre, pero me hizo el hombre que fui; aprendí que un hombre es alguien de quien los demás no se pueden reír.
Fue entonces cuando tuvo lugar la primera gran mistificación de su vida: su madre tenía como amante a un actor francés y lo entrenó para que apareciese como Paul Poirot, el modisto francés de moda en la época, quien inauguró el salón de moda La Maison Nouvelle para luego desaparecer de la vida de los Kacew como había llegado. Eso les permitió un pasar relativamente holgado hasta que el creciente antisemitismo los expulsó y terminaron cumpliendo el sueño de vivir en Francia, en la hermosa Costa Azul. Mina cargaba con unas baratijas que no valían nada, pero al tratar de venderlas a un anticuario por lo que no eran, el hombre entendió que esa mujer tenía un talento natural para una de las formas más ventajosas de la mentira: la venta. Le propuso entonces personificar a una noble rusa en desgracia para vender, por el diez por ciento, antigüedades en los hoteles de la zona. La señora Kacew era una asfixiante promotora de su hijo, pero de nuevo, si creemos en Gary, en su más tierna infancia él tomó una decisión: adecuar el mundo al deseo lunático, exagerado, quizás irrealizable de su madre. En Francia estudió derecho y escribió como un poseso tratando de entregar a su madre un trofeo literario que valiera sus sacrificios: Mina era diabética y su salud era frágil, y Gary temía que no legara a verlo publicado.

Gary y Jean Seberg

Para defender el honor de Francia entró al ejército y desertó tras la capitulación de Pétain, fue a parar al norte de África y después de zafar del tifus terminó piloteando heroicamente aviones de combate y publicando su primer libro, La educación europea, al que misteriosamente su madre no hacía alusiones en las cartas que llegaban al frente de combate. Cuando la guerra estaba cerca del final, Gary tuvo baja con honores y al volver a Niza descubrió que su madre había muerto, y que las cientos de cartas que había recibido habían sido escritas por la mujer con la convicción de que él no sobreviviría al conflicto sin la certeza de que ella lo esperaba en Niza.
A partir de ahí Gary impuso al mundo el deseo de su madre. Fue un Casanova, como ella quiso, y quizás eso le impidió ser embajador (fue cónsul francés en California). Se casó primero con la escritora Lesley Blanch y después con la actriz Jean Seberg, ganó el premio Goncourt con el alegato protoecologista Las raíces del cielo en 1958 y sus novelas fueron llevadas al cine por Peter Ustinov, John Ford y Costa Gavras. Novelas, por otra partem en las que el problema de la identidad era central: un héroe de guerra que al dar un discurso lo da con la voz de la reina de Inglaterra; un oficial nazi que empieza a hablar en idish y corre el riesgo de ser fusilado, y que tiene que traducirse lo que dice a sí mismo.

Maníaco y torturado, sabedor (como recuerda Regine Robin) de que su yo siempre había sido una ficción e incapaz de asumir públicamente el cambio hacia un nuevo estilo literario, Gary creó al heterónimo Emile Ajar con la novela Mimos, en 1974 (la envió a Gallimard desde Brasil a través de un amigo). Luego, consiguió burlar los reglamentos al ganar un segundo premio Goncourt con La vida por delante (La vie devant soi, 1975), algo que está permitido solo a los pseudónimos que, además, consiguen ser encarnados por otra persona: Gary convenció a su sobrino, Paul Paulovich, de personificar ante el mundo a Ajar, y de conseguir que la prensa literaria juzgara que los libros que escribía con su propio nombre eran actos de imitación del talento de su pseudónimo (algo que el propio Gary juzgaba como una variedad enrevesada de antisemitismo). En La promesa del alba (llevada al cine por Eric Barbier en una puesta convencional) se lee: “No es bueno ser amado de esa manera, tan joven, tan pronto. Uno se acostumbra mal. Mides, confías, aguardas. Creemos que eso existe en otra parte, que lo podemos encontrar. Con el amor materno, la vida te hace al alba una promesa que jamás cumple. Después nos vemos obligados a comer frío hasta el final de nuestros días. Después de eso, cada vez que una mujer te abraza y te aprieta contra su corazón no hace más que darte el pésame. Uno siempre vuelve a aullar sobre la tumba de su madre, como un perro abandonado. Nunca más, nunca más, nunca más, unos brazos adorables te rodean el cuello y unos labios dulces te hablan de amor. Tú ya sabes de qué va. Fuiste muy temprano a la fuente y te lo bebiste todo. Cuando vuelves a tener sed, por más que busques por doquier, ya no quedan pozos, sólo hay espejismos. Desde el primer resplandor del alba, has hecho un estudio muy riguroso del amor y dispones de documentación. Vayas donde vayas, llevas contigo el veneno de las comparaciones y pasas el tiempo esperando lo que ya recibiste”.
Gary se suicidó a los 66 años, meses después del políticamente sospechoso suicidio de su ex mujer Jean Seberg. Dejó un testamento literario, La vida de Emile Ajard, en donde aclaraba una de las bromas literarias más grandes de la historia.

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