La lectura y su doble

El autor de Teoría y práctica reflexiona sobre la condición irrepetible e irreductible de la lectura

Francisco Bitar
La rueda de la lectura de Agostino Ramelli
(Reproducida por el arquitecto Daniel Libeskind para la Bienal de Venecia de 1986)

Se ha dicho que el solo apronte para la lectura supone una disposición de signo contrario a los tiempos que corren: la de disminuir la velocidad por dentro, cualquiera sea ese adentro, mientras afuera reina la urgencia. Una de las formas de esa urgencia es la de hacer dos cosas al mismo tiempo, tal como vemos cuando alguien hace ejercicio con los auriculares puestos o maneja largas distancias por la noche mientras pone en altavoz un tutorial para hacer una torta; hoy no concebimos la posibilidad de no hacer dos cosas a la vez (ni siquiera en tiempos de cuarentena), lo que relativiza la importancia de ambas: si no se puede hacer una segunda cosa, mejor ni siquiera intentarlo con la primera. Al parecer, nos han dicho también, esto sería imposible con la lectura, desde que demanda toda nuestra atención y no puede desviarse con la mosca que pasa volando sin que todo se eche a perder: si se desvía, no es una lectura. Y bien, nuestra posición y nuestra experiencia nos demuestran otra cosa, porque mientras leemos… leemos.
Claro que, cuando hablamos de leer y leer, no nos referimos a la relectura: aquella actividad de segundo o tercer tiempo que vendría, cuando se lee literatura, a refrendar una emoción original. El fracaso sistemático de las relecturas, que siempre leen en lo ya leído otra cosa pero nunca más lo que se leyó en primer lugar, habla de la no identidad de la lectura consigo misma y pone a la acción inicial de leer en el mismo espacio que su acción complementaria, la de leer, o, si se prefiere, pone a una lectura, según la entendemos aquí, en el lugar de la acción y a la otra lectura, que se hace a la vez que la primera, en el lugar del accidente.

La máquina de leer
de Raymond Roussel

Leer y leer: como ambas operaciones hacen lo mismo, y lo hacen en el mismo lugar, aunque con resultados y efectos diferentes, intentaremos diferenciarlas hablando de lectura 1 y lectura 2. La lectura 1 es su misma ejecución, la que empieza, va hacia adelante por la línea y, al llegar al margen derecho, vuelve al margen izquierdo para recorrer la línea siguiente. Su tiempo es un ahora que en todo momento se disuelve en el pasado o, en todo caso, se desbarranca hacia el olvido. A tal punto su condición se presenta evanescente, a tal punto desaparece mientras avanza, que se diría que, antes que leer, la lectura 1 deslee: sin ella, el libro no existiría y, sin embargo, es por su incidencia que podemos archivar sin culpa el libro en nuestra biblioteca luego de terminarlo. Gracias a la lectura 1 no hay asuntos pendientes con el libro, y podemos pasar a otro libro o a ninguno. La lectura 1 es, a su manera, formularia: comienza con el título y termina en el último punto.
La lectura 2, en cambio, asume un carácter flotante: está siempre suspendida o, lo que es lo mismo, un punto adelantada, a la manera de una espera. A diferencia de la lectura 1 no tiene todavía una manifestación material: espera a la lectura 1, al tren de palabras que llega hasta su posición, para hacer su entrada, pero hasta entonces no hay en ella otra exigencia que la posibilidad. Por supuesto, desde que se trata de una espera sin objeto (no sabemos espera de qué), ese lugar donde la lectura 2 se sobreimprimirá a la 1 es móvil y resulta imposible saber a qué altura se hará manifiesta, dónde estallará. Por su condición de posibilidad, la lectura 2 también precede al libro: es justamente porque hay chances de que irrumpa que empezamos otro.
Podemos decir que existe entre ambas una relación similar a la que hay del género al caso, con el resto propio que se produce en el traslado de uno al otro: así como sin la lectura 1 no hay lectura en general sin la 2 no hay lectura en particular. O, dicho de otro modo: mientras a la lectura 1 puede realizarla cualquier individuo alfabetizado (y es por lo tanto in-diferente) en la lectura 2 irrumpe el sujeto específico, con un cuerpo y una historia propios. Pero ocurre lo siguiente: la lectura 2, a la vez que dice algo de mí, me deja sin palabras. No es donde puedo decir algo sobre el libro que me hago presente en él, al contrario: reconozco esa irrupción (o el lugar de esa irrupción) justamente al experimentar un distanciamiento respecto de mi subjetividad y de mi historia. La lectura 2 me dice pero, en ese mismo movimiento, me deja mudo.
Entonces: mientras la lectura 1 está afuera, la lectura 2 está adentro, aunque en algún lado; mientras la 1 lee a plena luz del día, la lectura 2 lee en penumbras, a escondidas; mientras la lectura 1 está permitida, la lectura 2 está fuera de la ley. Ni siquiera la tiene para con nosotros, sus lectores, desde que, como decíamos antes, no sabemos dónde estallará: leer es entregarse a lo imprevisible de ese azar. Y entregarse a ese azar no equivale a buscar lo propio en un libro sino que, muy por el contrario, corresponde al arte de esperar lo no conocido. Leer es cultivar esta extrañeza: el desconócete a ti mismo.
En resumen: sin lectura 1 no habría lectura en absoluto, porque de ella depende su realización; pero podemos estar seguros de que sin lectura 2 no seguiríamos leyendo, porque es en la lectura 2 donde se detiene para nosotros la in-diferencia de la lectura 1. El estilo, que es lo que volvemos a buscar en nuestros escritores amados, no es otra cosa que el espacio donde se prepara eso desconocido hacia lo que vamos, y que nos convoca desde lo más íntimo: el escritor amado es nuestro más querido extraño.

La rueda de la lectura
del ingeniero Agostino Ramelli
(Le diverse et artificioses machines, 1588)

Ahora bien, aquella espera que supone la lectura 2 no se traduce en un objeto determinado de antemano: la lectura 2 no se traduce en una vigilancia de la lectura 1. Esperar en un lugar determinado a que el libro diga lo que yo voy a buscar en él, a que sustantivice mis expectativas o mis intenciones, significa tenderle una trampa al libro, es salir de cacería en su interior. Esta es la impronta con que se rubrican algunas lecturas antes de empezar, producto de una presión externa (periodística, académica o desde la más llana doctrina cultural), y cuya incidencia hace necesario un decir compulsivo sobre el libro. Aquí no sólo se hace pasar a la lectura por una primera mediación, la del lenguaje mismo, sino que además, en una operación todavía más penosa, se somete el lenguaje a un segundo código, el de los fines superiores: luego de salir de cacería en su interior, con el objeto de obtener algo más de combustible para la máquina de reproducir discurso, se le arranca al libro una confesión. El del decir compulsivo equivale al lenguaje doblemente mediado del significado.
Pero no hace falta ir hasta el otro extremo, al decir compulsivo, para observar cómo el lenguaje se distancia del temblor producido por la lectura 2: todavía a su lado, en su resonancia pero amenazada por la regulación del código, crece la escritura crítica, que dice un valor pero tiene en el horizonte un saber que vendrá tarde o temprano a traer una certeza, incluso cuando se trate de un saber que se anuncia incierto. Sus géneros, del ensayo al paper, sugieren también este movimiento y se debaten en esa misma distancia, la que va de la precariedad de la escritura (desde su dificultad), a la seguridad del método, de la fragilidad de lo se va a decir a la solidez inequívoca de lo ya-dicho. Y bien, mientras más inestable permanezca la escritura crítica (su forma quizá sea la paradoja) más cerca se estará de la lectura 2; mientras más se diluya su misterio en los anatemas del decir compulsivo, más cerca se estará de las garantías del código.

Continuación de ideas diversas
César Aira

(Quizá se espere del ensayo de escritor este mismo sortilegio: si es que la artisiticidad del escritor se juega en el no saber con que avanza su escritura novelezca, el no saber de su juicio crítico pondrá también su trabajo ensayístico por fuera de los alcances de todo código; se diría que descompletará ese código al mostrarlo por partes o bien al mezclarlo de manera inesperada y hasta equivocada con otros discursos, pero siempre presentándolo en su anacronismo. También aquí el escritor es quien logra sostener la precariedad en tanto que precariedad, porque también el ensayo se escribe para poner en escena un ir sabiendo que se bate en retirada respecto de la sólida hipótesis inicial y que, en todo caso, nos acerca a las incertezas de un no-saber, aunque bien argumentado. De este modo puede leerse gran parte de la ensayística de César Aira, por ejemplo, en la que, por cada ensayo, se propone un tema que luego se desandará por medio de objeciones y excepciones a su regla, hasta hacer vacilar por completo la idea inicial. Al igual que en su narrativa, que con ello demuestra su propensión al pliegue (Aira es un barroco de la idea, no del significante), la palabra clave de su ensayística quizá sea el pero, no exactamente por su valor adversativo sino por lo que puede desprenderse de él, del pero, como matiz de las exposiciones).
Con todo, ni el decir crítico ni mucho menos el compulsivo arrastran tras de sí la irreductibilidad de la lectura 2, y es porque esta duplicación no viene encadenada a un discurso. De hecho, si así es, si viene a imprimir discurso sobre la lectura, podemos estar seguros de que no se trata de una lectura 2. Aquí lo doble de esa segunda lectura debe entenderse en un sentido estricto, desde que la lectura 2 duplica la primera, remarcándola. En un sentido gráfico, aquello que la lectura 2 pone en foco se parece al subrayado, nunca a la nota que se agrega al margen. Subrayar (que corresponde al hábito de leer y leer, no al de leer y escribir), no equivale a acopiar texto para un uso posterior, es decir, no conlleva una utilidad futura: pertenece al aquí y ahora de la lectura y se pierde para siempre en el hiato del presente, como todo goce. Ese hiato es el texto que se abre entre la lectura 1 y la lectura 2, entre la Historia y la historia, entre el yo y el yo.

El discurso vacío
Mario Levrero

Pongamos un ejemplo, una cita extraída de El discurso vacío. No parece un ejemplo casual, desde que hablamos del diario de un calígrafo y nos recuerda, por su ocupación, la copia que hizo Fabio Kacero del manuscrito del Menard. Pero ya estamos diciendo demasiado. Vamos al caso:

Donde en la lectura 1 de Levrero se lee:
“Esta mañana, al despertar solo en casa, en medio de un gran silencio, de una gran paz, se me dio una colección de inutilidades, de esas que son gratas al alma. Mientras desayunaba leí algunas cartas de Dylan Thomas; en una de ellas, de su juventud, decía que no podía considerar hermosa ninguna cosa efímera; que la belleza es cuestión de eternidad. Yo no estuve de acuerdo pues no puedo pensar en nada que no sea efímero. Aun las formas puras necesitan de una mente efímera para existir.”

En la lectura 2 leemos:
“Esta mañana, al despertar solo en casa, en medio de un gran silencio, de una gran paz, se me dio una colección de inutilidades, de esas que son gratas al alma. Mientras desayunaba leí algunas cartas de Dylan Thomas; en una de ellas, de su juventud, decía que no podía considerar hermosa ninguna cosa efímera; que la belleza es cuestión de eternidad. Yo no estuve de acuerdo pues no puedo pensar en nada que no sea efímero. Aun las formas puras necesitan de una mente efímera para existir.”

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