Sea realista, especule

¿Qué queda en el mundo fuera de la relación con lo humano? Todo. Todas las cosas. Un paseo vertiginoso por el mapa del realismo especulativo.

DARIO SANDRONE
En el centro, Graham Harman y Quentin Meillassoux

La cosa “en sí” y la cosa “para nosotros”  

Desde hace unos años, han comenzado a editarse en español una serie de libros que se enmarcan en una novedosa corriente filosófica, el Realismo especulativo. Como sucede con toda corriente de pensamiento, no es fácil determinar en qué momento se originó, a pesar de lo cual suelen destacarse dos hitos fundacionales.
El primero, fue un coloquio desarrollado en Londres en 2007, donde se reunieron los que hoy aparecen como los principales referentes. Allí, entre otras cosas, los participantes decidieron ponerle ese nombre al conjunto de ideas que compartían, aunque más bien se trató del “debut público de algo preexistente”, que se extiende hacia atrás y alcanza a otros autores que no siempre son reconocidos dentro del Realismo especulativo.
El otro acontecimiento fue la publicación de Después de la finitud: Ensayo sobre la necesidad de la contingencia (Caja Negra), el libro del filósofo francés Quentin Meillassoux, cuya rápida traducción al inglés aceleró la difusión de estas ideas en la filosofía angloparlante. A partir de allí, el Realismo especulativo se convirtió en una suerte de boom editorial que empujó a la fama internacional a autores cuyos textos, hasta ese momento, deambulaban por actas de congresos y revistas especializadas con pocos lectores.

En términos generales, la actitud realista suele atenerse a los hechos “tal cual son”, sin pretender anteponerles interpretaciones o percepciones subjetivas que los violenten o deformen. Sin embargo, Immanuel Kant argumentó en favor de que el conocimiento de toda realidad requiere de una percepción, y que la percepción ya impone cierta adecuación del objeto al sujeto, que nunca podrá conocer el mundo “en realidad”. Desde este punto de vista, a lo máximo que podemos aspirar como filósofos es a comprender la particular conexión entre las cosas y nuestra manera de percibirlas. Cualquier intento de pensar la cosa “en sí”, más allá (o más acá) de cómo la experimentamos, es mera especulación, y bajo ningún concepto debe ser considerado un método del que pueda surgir algún conocimiento. En ese sentido, y por esas ideas, Kant es el adversario teórico de todo realismo, y por lo tanto también (y sobre todo) de su variante especulativa.
En base a eso, Meillassoux sostiene que desde Kant, el quehacer filosófico ha estado dominado hegemónicamente por esa perspectiva que denomina “correlacionismo” (esta noción tal vez sea su aporte filosófico más valioso).  “Por «correlación» entendemos la idea según la cual no tenemos acceso más que a la relación entre pensamiento y ser, y nunca a alguno de estos términos tomados aisladamente”. En la actualidad impera, según el francés, el “primado de lo inseparado”.
Ya nadie se pregunta cómo son las cosas: “después de Kant, y desde Kant, desempatar a dos filósofos rivales no resulta de preguntarse cuál de los dos piensa la verdadera sustancialidad, sino de preguntarse cuál piensa la correlación más originaria”. La filosofía ha confundido, entonces, “la cosa” con la cosificación de la relación entre la cosa y el sujeto. Esa tendencia es la que desea revertir el Realismo especulativo que, como todo realismo y tal cual lo decía Hegel, cree que es posible “sorprender” al objeto “por detrás”, sin darle tiempo a que se nos muestre, a que se convierta en fenómeno.
Este tipo particular de realismo, además, reivindica la especulación filosófica denostada por Kant, que permite conocer la “cosa sin mí”. Esta suerte de voyeurismo intelectual, así entendido, considera que “el pensamiento puede pensar lo que debe haber cuando no hay pensamiento”.

Una Ontología Orientada a los Objetos

El Realismo especulativo no es una corriente homogénea y presenta líneas internas. Una de las posiciones realistas críticas con Meillassoux (por motivos que exceden a esta nota) es la del filósofo norteamericano Graham Harman, cuyo libro Hacia un realismo especulativo (caja negra) reúne una serie de conferencias traducidas al español.
El principal interés de esas intervenciones tiene que ver con una crítica hacia la ontología pos-kantiana, entendiendo a la ontología como la rama de la filosofía que se pregunta por el ser de las cosas. Kant se jactaba de haber llevado adelante en Filosofía un cambio similar al que Copérnico había hecho en la Astronomía. Sin embargo, Bertrand Russell solía decir que más que una revolución copernicana, la de Kant fue una contrarrevolución ptolemaica, porque había puesto al sujeto en el centro del universo nuevamente. Efectivamente, las preguntas ontológicas se orientaron hacia las condiciones cognitivas de los sujetos, tomando esa orientación como única para obtener alguna certeza sobre cómo es el mundo y las cosas que lo componen. Harman, en cambio, propone retomar interés por las cosas, en otras palabras, propone una Ontología Orientada a los Objetos (OOO), entendiendo por objeto “aquello que tiene una vida unificada y autónoma por fuera de sus relaciones, accidentes, cualidades y momentos”.
Pongamos un ejemplo. ¿Qué es un martillo? Tal vez la forma más rigurosa de conocerlo sea considerarlo desde el punto de vista de las teorías físicas, como una correlación de fuerzas descriptas matemáticamente. Pero en ese caso, “lo rebajamos a una caricatura, extrayéndolo del mundo en el que actúa a un nivel más profundo”. Podría decirse, entonces, que quien verdaderamente sabe qué es el martillo es quien sabe utilizarlo, pero también al reducirlo a su función se lo caricaturiza: “mis maniobras con el destornillador y el taladro tampoco agotan la realidad de estos objetos”.
En todo caso, como también afirmaría Heidegger, cuando la cosa se vuelve objeto de la teoría o de la praxis, deja de ser cosa. Esto significa que el ser-martillo es una substancia, más allá de las relaciones que establezca con los conceptos o el lenguaje teórico (sistema de fuerzas) y con los propósitos y acciones humanas (artefacto para golpear). La mente humana no puede agotar o tocar de lleno el “principio organizativo” del objeto, por eso es real.
Esta definición de objeto abarca “a un árbol, un átomo, una canción, un ejército, un banco, una franquicia deportiva, y un personaje de ficción.”. Esto no significa, evidentemente que todos los objetos sean igualmente reales (físicamente hablando) sino que todos son igualmente objetos. Además, el acceso sesgado a los objetos no solo es por parte del humano (algo que Kant ya había planteado en cierta forma), sino que además “el fuego y el algodón tampoco logran hacer contacto pleno el uno con el otro, a pesar de asociarse en una reunión destructiva que hace caso omiso de los colores y los perfumes que los humanos y algunos animales pueden detectar en ambos”. ¿Y cómo llegar a lo que es una cosa en sí? Bueno, especulando sobre las relaciones entre ellas y con los humanos que, por cierto, “sólo son un tipo más de objeto entre millones de otros tipos en el cosmos”.

Hiperobjetos y máquinas

Quine solía decir que la pregunta ontológica por antonomasia es “¿Qué hay?” y que la respuesta era sencilla: “Todo”. El problema venía cuando había que definir cómo son las cosas que componen  el todo. Siguiendo esa inquietud, podemos decir que si algo existe es un objeto, en el sentido de que se nos presenta de manera sesgada, pero parafraseando a Orwell, algunos son más objetos que otros.
Al menos así parece pensar Timothy Morton, representante de la que puede considerarse una nueva línea interna del Realismo especulativo, quien en Hiperobjetos (Adriana Hidalgo) ha señalado que en nuestra era existen (precisamente) los hiperobjetos, entre los que se puede incluir “la suma de toda la chirriante maquinaria del capitalismo”, aunque también el plutonio, el hollín de las fábricas, las bolsas de plástico que anegan los países y todo tipo de “cosas que se distribuyen masivamente en tiempo y espacio en relación con los humanos”, pero que “son reales más allá de que alguien piense en ellos”. Un virus podría ser un buen ejemplo en nuestros días.
Estas entidades “son cosas en sí mismas, pero no podemos señalarlas directamente” o, en otras palabras, “no son simplemente constructos mentales (o ideales) sino entidades reales cuya realidad primordial es retirarse de los humanos”. En ese sentido, los hiperobjetos son “una buena plataforma para pensar lo que Harman llama objetos en general”, porque nos permiten “descubrir cosas reales, sobre las cosas reales”: entrañan una realidad que excede la capacidad humana de percibirlos plenamente, aunque es su propia naturaleza y no solo un sesgo cognitivo humano el que los coloca en ese lugar.
Por último digamos algo sobre textos que aún no han sido traducidos a nuestra lengua. The Democracy of Objects y Onto-Cartography son dos importantes libros que ha publicado recientemente Levi Bryant, el último de los exponentes del Realismo especulativo de que hablaremos aquí. Bryant también ha propuesto reformular las ideas de Harman, incorporando lisa y llanamente la noción de máquina allí donde Harman usaba la palabra objeto. Buceando en la cibernética, en la teoría de sistemas de Luhmann, en la biología de Maturana y Varela, en el pensamiento de McLuhan sobre los medios, en la filosofía de Deleuze y Guatari, en la ontología de Latour y hasta en las teorías del sujeto de Lacan, Bryant se las arregla para afirmar que  “«Máquina» es, por lo tanto, nuestro nombre para cualquier entidad, material o inmaterial, corpórea o incorpórea, que exista. «Entidad», «objeto», «existencia», «sustancia», «cuerpo» y «cosa» son todos sinónimos de «máquina»”. Esto permite evitar la noción de objeto, que “evoca connotaciones de un ser opuesto o postulado por un sujeto”, mientras que la máquina es simplemente “un cuerpo que funciona como un cuerpo independiente”. Esta Ontología Orientada a las Máquinas (OOM) expande el concepto hasta hacerlo omniabarcante: “La naturaleza o el ser no consiste en nada más que fábricas -micro y macro máquinas- a menudo envueltas unas en otras -aprovechando los flujos de material de otras máquinas y produciendo flujos con nuevas formas como sus productos en el curso de sus operaciones”.
Como vemos, el Realismo especulativo puede pensarse de dos formas desde el punto de vista del lector ajeno a las arduas discusiones filosóficas. La primera es como un conjunto de ideas inalcanzable e incomprensible si no se manejan algunos conceptos filosóficos básicos. La segunda, que considero más acertada, es como una serie de discusiones entretenidas, excéntricas y por momentos psicodélicas que permiten, de a poco y con paciencia, ir conociendo buena parte de los debates filosóficos tradicionales. Ayuda, además, el estilo de escritura desenfadado de los autores, que teje alusiones a películas con géneros musicales, novedades científicas y hechos anecdóticos. Sobre todo, es una corriente que nos invita a sumergirnos en el placentero mundo de la especulación filosófica, en el que no muy rara vez aparece una que otra buena idea.

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