Claudio Zeiger: fuiste mío un verano

El periodista y escritor Claudio Zeiger acaba de publicar el libro de cuentos Verano Interminable (Planeta). Cuaderno WhR conversó con el editor del suplemento Radar de Página/12 sobre su paso por la mítica revista V de Vian, el futuro de la literatura gay, la forma literaria del cuento y por qué ya no quedan escritores que salgan de las redacciones de diarios.

Damian Huergo y Fernando Krapp

A los treinta años Claudio Zeiger escribió un cuento que marcó su carrera como escritor. Fue la primera vez, asegura, en donde dijo “hice algo”. Antes había tenido algunos acercamientos carverianos con un cuento titulado “Poco antes de seguir viaje”, trabajaba en la sección Espectáculos del diario Página/12 después de un largo camino como empleado telefónico, y cursaba, intermitentemente, la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. El cuento se tituló “Muchacho skinhead”, se publicó por primera vez en la Revista V de Vian (luego formó parte de una antología llamada La selección argentina editada por Sergio Olguín para Tusquets) y supuso un punto de inflexión en la carrera de Zeiger. Era un cuento duro, callejero, que retrataba la relación entre un chico skinhead y una periodista veterana, escrito bajo el ala de Fogwill.
Varios años después de aquel inicio, con una carrera como periodista cultural y novelista que suma títulos importantes, sorprende que Zeiger vuelva a las formas breves. Verano interminable, su último libro y -si nos ponemos rigurosos- el primero de en el género es, de algún modo, un nuevo punto de inflexión en su carrera literaria. Formado en las redacciones periodísticas, Zeiger ha sabido construir una obra que funciona como una cartografía, un mapa del lado B de la ciudad Buenos Aires. Sus primeras dos novelas, Nombre de Guerra (1999) y Tres Deseos (2002), rastrearon el mundo urbano y gay de fines de los noventas en la ciudad. Luego vino una novela barrial titulada Adiós a la Calle (2006) y, con Redacciones Perdidas (2009) construyó un bildungsroman a la vieja usanza, sobre pasantes de redacción, periodistas que buscan ser escritores y escritores que se pierden en el mundo de los cables y las noticias.
En el año 2014, Zeiger publicó el libro Los inmortales. Una interesante mezcla entre el relato autobiográfico y la novela sobre el padre, las formas híbridas y el ensayo; un canto de cisne, breve y muy bello, a la calle Corrientes, que supo albergar a los máximos exponentes de los grandes debates literarios de la década del sesenta. Ese libro parecía contener en su centro lo que vino después, y que ahora se materializa en Verano Interminable. Un regreso y al mismo tiempo un punto de partida a una forma literaria más breve; un nuevo modo de narrar de uno de los escritores argentinos más interesantes de los últimos treinta años.

Fotografía: Sebastián Freire

¿Cómo fueron tus inicios con el cuento? ¿Y cómo fueron tus inicios en la revista V de Vian?
La verdad que la primera vez en donde yo dije “hice algo” en términos literarios fue con “Muchacho skinhead”. Por aquellos años yo no formaba parte de la revista. La historia es así. La revista ya existía. El equipo de ese momento, los que la hacían, digamos, eran Sergio Olguin, Pedro Rey y Karina Galperín. Esto era 1993, yo ya estaba en Pagina/12, era redactor de Espectáculos. “Muchacho skinhead” lo escribí más o menos a los 30 años. Cuando ellos hacen V de Vian me vienen a ver. Y ahí arrancó mi relación con la revista.

¿Con qué te encontraste? ¿Con afinidades?
No quiero meterme en esa discusión de “babélicos” y “v de Vián”. Nos unía un poco una mirada, como decirlo, menos tilinga de la cultura. Me pasó que cuando yo los conozco a ellos, gracias a mi trabajo en periodismo, empiezo a conocer escritores. Yo pensaba que los escritores eran más parecidos a mi. Pibes que estaban en la Bienal de Arte Joven, más laburantes. Y me encuentro con gente mucho más burguesa, con gente muy instalada. Lo cual tampoco estaba mal, y con los años, con muchos de ellos, tuve muy buena relación. Pero esa primera impresión fue un shock. Porque pensé: “yo estoy mucho más abajo de lo que yo mismo pienso”.

¿Estudiaste Letras, también?
Intermitentemente, habré estudiado 10 años en la facultad. Yo entré a los 17 años, al fin de la dictadura,  Guerra de Malvinas, más o menos. Agarré la buena época de la facultad, el cambio del plan de estudios. Y la tuve que ir dejando porque trabajaba en el diario, no tenía tiempo. Me acuerdo que tenía que cubrir la feria del libro, y en cada abril, me anotaba en una materia. Cuando empezaba el año lectivo, me mandaban a cubrir la feria. Y entonces, chau; perdía el año. Así que finalmente tuve que dejar por trabajo.

Hay una frase muy hermosa en tu novela Los inmortales que dice: “No hay nada que hacerle, hay que vivir el tiempo de uno, y si se quiere más adelante, encontrar un sentido en el pasado de los otros”. Uno entiende que tiene que ver con una lectura “contornista” del pasado, ¿cuál pensás que es tu generación?
La pregunta es “¿cuál es tu clase?”, me parece. ¿Cuál es tu fracción? ¿Cuál es tu grupo de pertenencia, en términos socioliterarios? Ahora, en ese sentido es más complejo. Porque yo puedo ser amigo de un escritor, pero no sentirlo de mi generación. Y te das cuenta que lo generacional no pasa por el año, o por los segmentos de tiempo, porque en la práctica después no ocurre. Con una persona, con la que yo me pienso muy ligado, aunque sea mayor que yo, es Aníbal Jarkowski, por ejemplo (y te diría que con Martin Kohan también). Lo siento muy afín en algunos temas: la marca de Malvinas, la experiencia de la Facultad. Ese tipo de cosas, de tres o cuatro personas, me da una afinidad generacional. Me parece que hay una actitud hacia la literatura que compartimos, cierta seriedad.

Definamos que sería “cierta seriedad”.
Eso. Ser serio. No cagarse en el realismo todos los días de tu vida. Esas rupturas que se fueron dando en donde nosotros tenemos más afinidad con Ricardo Piglia que con César Aira. La gente que vino después, los noventa digamos, tuvieron una afinidad, real o impuesta, con César Aira. Me parece que en lo generacional, y la relación con esas figuras faro que pudieron haber sido Beatriz Sarlo, Ricardo Piglia, César Aira, Juan José Saer y algún otro (Fogwill después), hizo que en esos cruces se definiera algo. Si naciste en los sesenta y pico, te marcó Piglia, te marcó Fogwill, Aira te marcó y te desencantó, bueno, hay algo ahí.

Hay una literatura argentina borgeana que se define en ese triángulo Aira, Piglia y Saer, que mencionás pero vos lo esquivás por arriba, y te armaste uno propio que puede ser Fogwill, Edgardo Cozarinsky y Rodolfo Rabanal.
Es interesante lo que decís, sí. Me parece que es cierto. Verano Interminable es un libro de cuentos pensado a partir de Fogwill. Y yo soy devoto de un libro que leí a los 17 años de Rabanal que se llama En otra parte, que pertenece a un díptico (forma literaria que alguna vez voy a hacer), que tiene un texto que se llama “Nueva York es un nervio desnudo” que me partió la cabeza. Ese texto de Rabanal me deslumbró mucho más que cualquier texto de Saer, por más que yo sea absolutamente hincha de Saer, que sí me deslumbró con Cicatrices. Totalmente. Aunque quizás El Entenado sea el más importante, pero a mi partió la cabeza ese. Me partió la cabeza La Reina de las nieves de Elvio Gandolfo. Me partió la cabeza Prisión Perpetua, y no Respiración Artificial. Y eso también es generacional, me parece.

Da la casualidad que los textos que mencionás son nouvelles.  Eso nos lleva a pensar la forma que tienen los relatos de Verano Interminable.
Nosotros somos hijos de Fogwill, en el sentido de que si hacemos novelas, son cuentos metidos dentro de una novela. Estructuras breves que se enlazan en un relato mayor. A mi se me dio tardíamente el cuento. Si bien en Los inmortales hay cuentos, no lo son. Tienen estructura de cuentos, pero es una novela. Y creo que en novelas anteriores, hay nouvelles dentro de una novela. Este es un libro de cuentos pero al mismo tiempo trato de evitar esa tendencia al cuento eficaz. Al cuento de “uy, te va a sorprender al final”. Ese cuento de taller. Y al hacer cuentos con estructuras un poco más porosas terminás generando un efecto novelístico. El libro fue escrito entre Enero y Octubre 2018 en el orden en que ustedes lo leen, y eso, creo, influyó en su escritura. No es un libro que fue tomando un cuento de acá, un cuento de allá, y en el medio pasaron 5 años. Es un libro de cuentos escrito y pensado como tal.

Contamos cómo fue un poco ese proceso.
Lo arranqué, como les dije, en el 2018. Estaba en una situación personal terrible. Habían pasado cuatro años de la publicación de Los inmortales (si no fueron más), y estuve un tiempo sin poder escribir. Cuando empezó el año, mi viejo entró en una serie de internaciones. El médico nos había dicho en Diciembre del 2017, “preparensé, esto va a ser larguísimo y penoso”. Llegó Enero y dije: voy a escribir cuentos. Algo de lo que pueda entrar y salir. Escribí “Lucía y el mar”, y salió en Verano12. El segundo cuento me había quedado de Los Inmortales. Y estaba escribiendo eso, y en Marzo, contra todo pronóstico, falleció mi viejo. Nos quedamos en una situación rara, entre el duelo y lo que nos habían dicho los médicos. Y yo me dije: me quedo todo el año haciendo un duelo por la muerte de mi viejo o me pongo a escribir este libro. Y en ese sentido el libro está teñido de un tono, no sé si decirlo de humor negro, pero se nota que fue escrito por alguien que tuvo una experiencia con la muerte. Tiene algo agónico y algo irónico, pero una ironía ligada a lo tanático.

Los personajes tiene la misma densidad que tus novelas. Oscuros, neurótico, pero ante los acontecimientos tienen la sabiduría de tomárselo con cierta liviandad. Y otra cosa diferente a tus novelas es que no está presente la ciudad de Buenos Aires, en donde vos forjaste tu voz. Acá pareciera haber otra luz. ¿Esa fue una decisión consciente?
La decisión consciente era salir de Los Inmortales. Salir del tono, de la melancolía, de esos universo un poco gris. Creo que en ese sentido el cuento “El hijo póstumo”, que es un cuento un poco diferente del resto, más allá de las coincidencias de las playas del sur de Brasil, a donde se va a exiliar el personaje de Matías, ese cuento, decía, es el eslabón y la despedida final de Los Inmortales. Algo que tiene que ver con el terminar por afuera de la historia, hacer una edición de mierda en una editorial chica. Y sí, por supuesto, el verano como estación me hizo funcionar con un imaginario distinto al de la Calle Corrientes, tan presente en Los Inmortales. En mi cabeza estaba presente esa idea de salir del mundo urbano que yo ya había transitado en muchos libros.

En el cuento “El futuro de la literatura gay”, el narrador dice que desde que se dictaminó la Ley de Matrimonio Igualitario la narrativa homosexual no tiene más sentido. ¿Estás de acuerdo con la hipótesis que desliza?
Yo me lo había planteado cuando salió el libro Contra Natura de Álvaro Pombo, poco después de que saliera la ley en España. El libro salió al calor de la Ley e incluso yo escribí una nota. El tipo planteaba un modelo, no de literatura Gay, sino de “gaycidad”, por así decirlo. Es decir, el gay que se va a acomodar a la paz del hogar, y el que no. El que va a decir incendiándose en el deseo incandescente. Todo planteado en unos personajes muy interesantes. Yo me empecé a preguntar por el futuro de la literatura, pero no en los términos negativos de “ya no tiene sentido”. Sino en que quizás lo que esté antes de la Ley del Matrimonio sea la novela histórica, una cierta dimensión histórica o epocal, una tarea de revisionismo por delante. Pero no solo revisionismo en el sentido de rescate del último marginal que fue preso en la cárcel x, sino que, me parecía, había llegado el momento de dividir una literatura gay contemporánea, que tuviera sujetos y características diferentes a la anterior. Pero cuando escribo el cuento de pronto vi otra cosa: vi la grieta en la comunidad gay. Vi cómo de pronto muchos se hicieron macristas. A eso apunta el cuento. Y me parece que es algo que fue apareciendo con los años, y en ese contexto apareció un personaje interesante. El gay, sobre todo masculino, con cierto estatus, que tiene tiempo y no tiene hijos, y ¿qué hace? Se vuelve macrista. Se separa de la trans pobre, de la lesbiana académica que gana menos, de los negritos que iban al boliche. Esto yo lo vi y por eso lo traje al cuento.

¿Cómo fue trabajar con elementos actuales?
Me siento cómodo trabajando con lo contemporáneo, pero no con elementos de agenda. Porque siempre, como escritor o escritora, la afiliación con el tema es muy personal. Pero agarrar un tema de agenda no me da resultados. Tampoco me cierra la actitud contraria, en donde todo tiene que estar envasado en la memoria. Me parece que eso que llamamos “lo contemporáneo” incluye varias acepciones. Porque mi contemporaneidad puede incluir a un cuento como “Verano interminable”, por ejemplo.

Se reeditó Nombre de Guerra después de veinte años, ¿qué sentiste con esta reedición, que haya entrado en la colección de Soy?
Una enorme satisfacción el recorrido de Nombre de Guerra, por supuesto. No lo considero mi mejor libro, pero le tengo mucho cariño. Tuve que revisar el PDF con un miedo, pero descubrí que me gusta mucho la prosa y la potencia que tiene. Cuando lo escribí tenía entre 29 y 32 años. Y lo escribí al mismo tiempo que Tres deseos. Me gustaba la idea de hacer dialogar a las dos novelas, ese cruce entre chicos de la universidad de la calle Corrientes y los taxi boys de Santa Fe. Pero llegó un momento en el que los protagonistas de ambos libros dejaron de hablar entre sí. Entonces me planteé terminar con Nombre de guerra, y salió. En su momento, la primera edición fue por V de Vian y representaba una de las líneas de la revista. Las griegas de Sergio Olguín representaba la línea “erótico francesa”. Y el primer libro de Pedro Rey, Círculo vicioso, estaba más en línea con la traducción de autores ingleses, Graham Swift, etc. Y yo representaba una de las líneas, también, que era más dura, más realista, urbana. Eran tres libros que hoy, vistos con el tiempo, tenían mucha coherencia estética con respecto a la revista. Después vino la edición comercial, en la editorial Destino, y a mi me pareció un buen salto para el libro. Y, como si fuera poco, termina en una colección totalmente política, en un contexto nuevo y muy interesante.

Sos uno de los últimos, digamos, escritores de redacción. No solo porque trabajes en un diario, sino porque muchos de tus personajes son periodistas. ¿Cuál es, te parece, el futuro de los escritores de redacción periodística?
(piensa) Probablemente, como decía en relación la literatura gay, haya dos líneas. Una que tenga que ver con el revisionismo y lo epocal. Y otra en la que seguramente haya una novela que surja de lo que se está viviendo hoy en periodismo. Quizás aparezca, en un futuro, la novela de un pasante de diario que le rompe la cabeza de un hachazo al jefe de mierda que lo explota, cosas que yo veo en los diarios. ¿Por qué no pensar que el pasante de hoy pueda escribir una gran novela que se titule El pasante? Yo creo que las redacciones, con sus innovaciones tecnológicas y todo, aún pueden generar algún tipo de literatura. Me parece que la escenografía y la iconografía van a seguir existiendo, lo que yo no sé es si van a seguir existiendo es el escritor periodista. Digo, el pasante que entra en un diario y al mismo tiempo empieza a leer literatura, y quiere tener su novela. Yo creo que este país, con poesía, literatura, periodismo, psicoanálisis y fútbol, da para todo. Hay cosas que son inagotables. Entonces, a mi me parece que sí, seguirá como tema pero no como figura. Vos fíjate que mientras el mundo se va extinguiendo, la Argentina tarda 50 años más en extinguirse (risas).

Quizás ese modelo se esté moviendo hacia el periodismo narrativo.
Sí, puede ser. No sé. Me parece que hay una mitología en marcha del cronista que escribe tan bien, etc. Yo soy orgullosamente de redacciones, en ese sentido, porque no siempre se puede escribir “tan bien”. Y si escribís así es porque en el fondo estás rentado, como si estuvieras escribiendo un libro por encargo. Y lo que vos producís bajo un sueldo, es una cosa muy diferente. Entonces, cuando sos escritor de redacciones, tu literatura se mantiene a salvo; lo que vos producís, tu escritura, no está a sueldo. Es una situación que es buena y mala, al mismo tiempo. Ahora, esa autonomía para mi puede ser muy beneficiosa. En términos concretos que son los de escritura. Y que son, al final, lo único que importa.

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